Lo importante pasa en la cancha

RAÚL CANEDA

DEPORTES

ES UNA TRAMPA muy socorrida apelar a la democracia y a la libertad del consumidor para legitimar la basura. A todos nos suena ese soniquete tan repetido últimamente:¡Es lo que quiere la gente¡, ¡la gente lo consume¡. A ninguno de estos sesudos comunicadores se le ocurriría reclamar méritos para la cocaína, la heroína o el alcohol, sólo porque una vez conocidos su cartera de clientes es mayor. En ese escenario estamos desde hace años, con famosos inventados, consumidos y reciclados, que apelando a los más bajos instintos consiguen convertirse en productos masivos en su consumo y baratos en su fabricación (un milagro comercial), igual que las drogas pero dignificadas como una elección de mercado. Su nombre es de sobra conocido, telebasura, y su última estación nuestro querido fútbol. Cuando el periodista argentino Victor Hugo Morales narró el gol de Maradona se quedó para siempre en la historia de nuestra memoria -«¡Barrilete cósmico, de qué planeta viniste¡»-, porque en ningún momento quería parecer él más importante que lo que estaba contando; por ello cuando concluía esa narración lo dejaba claro:¡Gracias Dios, por el fútbol ,por Maradona, por estas lagrimas¡ Lo trascendente era lo que pasaba en la cancha, ese lugar donde los únicos que tienen voz de verdad son ellos (Maradona, Zidane, Messi, Platini, Schuster..., y tantos otros que han regalado tanta emoción y belleza que han hecho de este juego un fenómeno cultural). Por ello, la gran tradición de locutores deportivos españoles, siguiendo la estela de Matias Prats sénior, no han hecho más que contarnos lo que pasaba sobre algo que conociamos, comunicaban con sus históricas voces a los únicos protagonistas: nosotros y el fútbol. Esta proliferación de lo zafio como rentable protagoniza hoy también la narración de nuestro litúrgico partido semanal. Te obligan a hacer una cosa u la otra: o ves el partido o los atiendes a ellos, suplantando sin recato el interés por el juego por un circo banal en el cual incluso se puede confundir una conducción de treinta metros de Robinho con una de Diarra. El problema no es la confusión, el problema es que no les importa y pretenden lo mismo de nosotros: ¡Que no nos importe¡ Algún directivo televisivo ha concluido que los payasos son esenciales en el circo, pero, narrando un partido de fútbol, además de grotesco resulta grosero (algún ex entrenador ha puesto precio a su supuesto prestigio oficiando de sabio y serio en medio de este marasmo). Podriamos apelar a la alineación de Marx, Ortega, Revel o a cualquier otro que teorice sobre el adocenamiento de la sociedad o acudir a esas sencillas verdades que sólo la sabiduría popular desentraña: ¡Mexan por nos e disque chove¡ Como entrenador y sobre todo como aficionado al fútbol se hace indispensable recurrir a nuestra libertad, para hacer valer el peso de nuestra capacidad de decidir y clamar (al mismo tiempo que aquel gran narrador que le daba las gracias a Dios por el fútbol y por Maradona) a los cuatro vientos que nos lo están robando, que algún día ellos querrán ser los protagonistas y no necesitarán de Zidane, ni de Maradona, ni de Messi, ni de Valerón... No será lo mismo. Aún estamos a tiempo de bajar el volumen.