El gatito de Leo

Paulo Alonso Lois
Paulo Alonso Lois EL TERCER TIEMPO

DEPORTES

Al niño no le gusta jugar en algunas posiciones, ni que fichen a determinados jugadores, ni que otros cobren más dinero del que figura en cada uno de los contratos que firma al ritmo de uno cada año y pico. Le apena que no renovasen de nuevo a su amigo el portero, le duelen los cambios que se generan en el cuerpo técnico, en puestos que van del utillero al asistente de los viajes, le incomoda regresar de vacaciones cuando el resto, le crispa que le sustituyan, la entristece que le exijan desgaste en tareas tan prosaicas como la defensa. Al maniqueo retrato que poco a poco se dibuja del Messi no futbolista, el intrigante de los sótanos del Camp Nou, le falta acariciar un gatito mientras tuitea que le apena mucho no poder asistir al entrenamiento de Navidad para los niños -¡el único abierto!- ni a la visita a los hospitales porque le duele la tripa. En el universo paralelo del vestuario, encuentra hasta el respaldo de los capitanes, resueltos para pedir más «gestos» de cariño y ampliar las concesiones hacia Leo. Van para diez años en los que su tristeza del alma se cura con la firma de la actualización de su contrato, la marcha de alguna estrella que solapase (poco, es cierto) su brillo de prima donna. Pero quizá esta vez no baste con eso. Ahora su juego de silencios -porque para hablar, lo que se dice hablar, se prodiga poco- sitúa al Barça ante un plebiscito latente sobre la continuidad del entrenador, del presidente...

Celestial pateando el cuero, un arte en el que no admite discusión, nadie pide que Messi sea modelo de nada. Lo exponen siempre protegido de semejante burbuja que el personaje extramuros del estadio, aunque fuese fascinante, probablemente nadie se lo creería. Pero alguien le tiene que poner límites a sus prebendas, al margen de la Agencia Tributaria. Desde el palco, proclamar que el escudo está por encima de todo es fácil hasta que se imagina la portada del día siguiente si se metiese en cintura a Leo y se generase un incendio. Pero los clubes centenarios no se deben gestionar con pánico a cada tuit, a base de regate corto, con el sálvese quien pueda como credo y Leo como único mesías.

Entrenar abarca más que alinear y soltar cuatro tópicos ante el micro, e incluye la delicada gestión del grupo. Incapaz de sortear los primeros chaparrones, blando en todo lo que rodeó a las vacaciones y el fiasco de Anoeta, Luis Enrique no puede dejar la gobernanza de la tempestad en manos de los capitanes, un derecho de veto que excede su papel en el vestuario.

Y Messi, al menos, debe guardar ciertas apariencias antes de que sea demasiado tarde. Porque en Barcelona -donde jugaron antes Kubala, Cruyff, Maradona y Ronaldo- encontró el poder y los mimos de los que quizá no disfrutase en otro grande.