
Por encima de las imágenes idílicas que enseña la televisión, Augusta National mostró esta semana, sobre todo durante las dos primeras jornadas, su auténtica cara, la de un campo endiablado. Se trata de un recorrido incluso más difícil que un links en estas condiciones. ¿Por qué? Porque en los campos sin árboles resulta algo más sencillo saber cómo sopla el viento en cada calle, pero no así en el Masters, porque el arbolado hace que lo que parecen unas condiciones a pie de campo, sean otras diferentes para la bola, que adquiere un vuelo enorme. Por eso, por su atractivo visual, por las tradiciones, por los condicionantes, por la dificultad, el Masters es ahora el grand slam más interesante, el más seguido por el público, por encima de nuestro admirado Open Británico.
En estas condiciones, a sus 48 años, Tiger Woods estuvo muy bien, al menos durante las dos primeras jornadas, cuando consiguió pasar el corte, con algunos golpes espectaculares, aunque flojease algo más en las dos últimas jornadas. Entre las leyendas, también resultó meritorio Chema Olazábal. Verle competir así, por delante de tantos y tantos jóvenes de primera fila, es un orgullo para los españoles. Le vimos disfrutar en el campo con un nivel competitivo soberbio a sus 58 años.
Pero la chaqueta verde se la enfundó el número 1. Scheffler es ahora el jugador del momento gracias a una fiabilidad que solo muestran los grandes campeones. Por eso bajo presión se comportó mejor que ninguno de sus rivales.
Pero no solo Scheffler se reivindicó con su victoria. Collin Morikaya, aunque no destaca por la continuidad de sus victorias en el circuito, es un jugador maravilloso, que no sumó esta semana su tercer grande, pero estoy convencido de que lo terminará consiguiendo pronto. Entre los europeos, da gusto ver jugar a Ludvig Aberg con tan solo 21 años, por su naturalidad y su talento. Y por último destacaría a Max Homa, por su regularidad y solidez. En definitiva, vimos un Masters estupendo y ya esperamos el PGA.