Benito López de Abajo, forense: «Hice autopsias en cementerios, con dos caballetes, una tabla y entre azadones»

A ESTRADA

El miembro más veterano del Instituto de Medicina Legal de Galicia se jubila tras 37 años de servicio
11 jun 2023 . Actualizado a las 12:50 h.Será difícil imaginar los juzgados de Santiago sin la fina estampa, sin la alegría y la amabilidad de Benito López de Abajo (Albarellos de Monterrei, 1955) recorriendo sus pasillos y llevando de palabra y sonrisa lo que otros prefieren cursar vía oficio. El veterano forense del Instituto de Medicina Legal de Galicia (Imelga) se jubila. Y con su despedida la institución cierra sin duda la etapa más apasionante de una historia que arrancó con su creación en el 2006.
—¿Cuántos años ha trabajado como médico forense?
—Desde 1986. Me formé en la Facultad de Medicina, con [Luis] Concheiro, que fue mi maestro. Allí se hacían las autopsias de Santiago. Sus discípulos fuimos Rosa Rico, que hace años falleció, y yo. Era una enorme profesional y persona. Mi primer destino fue en A Estrada y Lalín. Aquellos tiempos eran tremendos. Al principio no tenía forma de que me localizasen. Tenía que llamar a la Guardia Civil y decirles dónde estaba. Después llegó un aparatito que pitaba, pero solo pitaba. Era un adelanto muy grande, pero tenía que ir llamando a todos los cuarteles de la Guardia Civil de A Estrada y Lalín, que eran como ocho o nueve, hasta localizar al que me había llamado. Así que siempre llevaba mucha calderilla encima. Posteriormente, cuando a partir de 1990 me pasé para Ordes, ya nos dieron un busca alfanumérico y ya ponía el número al que tenías que llamar. Así que salías del mundo maravilloso de la facultad, que tenía una sala de autopsias preciosa, al puro campo.
—A la cruda realidad...
—Mis primeras autopsias las hice en cementerios, en las casetas, con el cadáver sobre dos caballetes, una tabla y entre azadones y rastrillos.
—Con el maletín a cuestas.
—¡Con el de madera! En él llevabas el instrumental y lo único que pedías es que te pusieran un par de calderos de agua y, a ser posible, luz eléctrica. Recuerdo en Codeseda, en A Estrada, una señora que falleció al anochecer. Pregunté que dónde podía hacer la autopsia y me dijeron que en la caseta del cementerio. Les dije que no había problema si me ponían dos caballetes y unas tablas y si podían sacar luz de la iglesia. Y cuando llegamos, en lugar de tablas me habían puesto un retablo antiguo. Pues pusimos el cadáver encima, pero las hornacinas del retablo, que tenían volutas, no nos permitían llegar a todas las partes del cuerpo. Así que le dimos la vuelta al retablo, pero por el otro lado había unos clavos inmensos, así que tuvimos que darle la vuelta al ataúd y hacerla sobre él.
—Mucho ha cambiado todo.
—Pues sí. Con la creación de las asociaciones autonómicas de médicos forenses todo empezó a mejorar y a entrar en otra dinámica. En Galicia fue determinante.
—¿Cómo se decide uno a ser forense?
—Terminé Medicina y estuve haciendo alguna sustitución en urgencias y me encontré con un sargento de la Guardia Civil, un señor muy curioso y meticuloso, que me cuenta que él es muy amigo de Concheiro. Y es él el que me vuelve a presentar a Concheiro y el que me enseña que este es un campo curioso. Así que volví a la facultad y vi que me gustaba. Es un campo impresionante, en el que hay que trabajar de forma sistematizada, muy minuciosa y de forma lenta. De hecho, yo siempre digo que en medicina forense hay dos formas de hacer las cosas, o rápido o bien. La nuestra es una ciencia que necesita sus tiempos, su período de meditación y que nadie te presione.
—Ahora salen muchos forenses en series y películas. ¿En qué se parece su trabajo al del cine y la televisión?
—Prácticamente en nada. La medicina forense fue la gran desconocida y aún hoy lo es. Muchas veces me dicen que soy un médico de los muertos y esa es solo una parte. En las memorias del Imelga queda muy claro. Autopsias en Galicia hay alrededor de 2.000 al año. Lesionados vivos o personas vivas que vemos estamos sobre 55.000. La diferencia es brutal. Vemos muchísima más gente viva que muerta.
—¿Qué más cosas hacen además de autopsias?
—Las autopsias son una parte pequeña de nuestro trabajo. Muy importante, pero pequeña. También medimos la necesidad de apoyos que tiene una persona mayor para que tenga una vida digna y lo más autónoma posible. Es lo que antes se llamaba incapacidades. Intervenimos en todas las agresiones de todo tipo, de lesiones, sexuales... También en los detenidos y que están bajo efectos de algún tipo de sustancia y eso hace que la responsabilidad pueda variar. En la violencia de género, en las lesiones de tráfico, en la determinación de la edad de los menores no identificados. En las custodias de hijos, los divorcios y la cuestión de la imputabilidad. Miles de cosas. La medicina forense hoy es totalmente imprescindible para la judicatura.
—Hasta el punto de que los abogados dicen que en los juzgados mandan los forenses.
—Y en cierta forma es así. Porque ante un informe forense, la sentencia está prácticamente hecha.
«El Alvia por la magnitud, pero la muerte de un bebé es peor, eso es tremendo»
Casi 40 años de trabajo dan para mucho. Y más en la vida de un forense, siempre asomado al lado más oscuro de la humanidad. En este tiempo, Benito López de Abajo admite que el descarrilamiento de un tren Alvia en Angrois es su peor recuerdo «por la magnitud» del desastre. «Fue tremendo, son unos días que aún no tengo bien asentados. En cinco días debí de dormir ocho horas de media hora suelta en media hora». Sin embargo, hay sucesos que quizás le han dejado más cicatrices en el alma. «Por ejemplo, la muerte de un bebé es peor, eso es tremendo. Los malos tratos a un niño, eso es la leche», asegura.
—Esas vivencias se quedan con uno para siempre.
—Y han sido muchos años, porque hasta que se creó el Imelga estuve de guardia todos los días del año menos los treinta de vacaciones. A mi hija le preguntaron en el colegio que qué era su papá y dijo que guardia, porque yo siempre en casa decía que si me deja la guardia, que si me voy de guardia y ella se me imaginaba de guardia de tráfico en un cruce. Cuando es por una persona mayor tengo salido de una churrascada, trabajar, volver y como si tal cosa, porque es la forma que tienes de sobrevivir. No te puedes llevar a casa todo lo que ves.