Nvidia se convierte en la primera cotizada del mundo en alcanzar los cuatro billones de dólares en Bolsa

José A. González MADRID / COLPISA

ECONOMÍA

Dado Ruvic | REUTERS

La empresa encadena ocho trimestres consecutivos de crecimiento de sus ingresos

09 jul 2025 . Actualizado a las 17:31 h.

Con cuatro millones de millones de dólares se puede financiar la NASA durante más de 150 años, se puede reconstruir —según datos del Banco Mundial en el 2023— diez veces Ucrania, se pueden construir 400 canales de Panamá o se pueden entrenar 40.000 modelos de inteligencia artificial como ChatGPT-4. O,también se podría comprar Nvidia. Esta cifra de cuatro billones es el valor de mercado que ha alcanzado la tecnológica, un hito nunca antes visto.

Los chips de la firma, que alimentan los principales sistemas de inteligencia artificial, han provocado que en poco menos de cuatro años la capitalización bursátil se haya multiplicado por ocho hasta superar esta barrera.

Lejos quedan los 12 dólares por acción con los que Nvidia debutó el 22 de enero de 1999 en Wall Street. Ahora, estos títulos cotizan diez veces por encima de ese valor. Atrás también queda esa compañía que se fundó a principios de los noventa para dar vida a los videojuegos, que empezaban a requerir mejores tarjetas gráficas para disfrutar de la nueva complejidad que traían a finales del siglo XX.

Nvidia nació con 40.000 dólares como fondo y se centró en la fabricación de unidades de procesamiento gráfico GPU, una apuesta que le permitió sobrevivir en un mercado saturado y que, sin saberlo, la convertiría en la reina tres décadas después.

¿Su apuesta? Hacer programables sus chips. Esto permitió adaptarlos a diferentes usos —como la minería de criptomonedas— y aprovechar el auge primigenio de la IA en el campo de la investigación. Sus GTX 1080 y 1070, con una nueva arquitectura, permitían que estas tarjetas fueran más rápidas, más eficientes y estuvieran listas para la realidad virtual. «Fue como cambiar de un coche familiar a un auto deportivo de alta gama, sin gastar más combustible», explican fuentes del sector. Este fue el principio del bum de Nvidia que aún llega a estos días.

Sin embargo, antes de alcanzar ese éxito, Nvidia vivió su particular viacrucis en los últimos años de los noventa y principios de los 2000. Con la llegada del nuevo milenio, la firma rozó la bancarrota tras una mala operación corporativa —la compra de su rival 3dfx provocó que los ingenieros de ambas compañías no trabajaran bien— y una disputa legal con Microsoft. El resultado fue un enorme fracaso comercial que colocó a la compañía al borde de la quiebra.

En esa época, y al borde del precipicio, Jensen Huang, uno de los fundadores y aún consejero delegado de la compañía, decidió dar un giro de 180 grados y apostar por la computación paralela, una tecnología que había truncado el futuro empresarial de muchas firmas en Silicon Valley. ¿La apuesta? Victoria para Huang y Nvidia. Los videojuegos vivieron una época dorada asentada sobre esta técnica, y la firma comenzó a hacer caja con su visión.

Así, Nvidia se convirtió en el compañero de viaje de Microsoft con su Xbox o de Sony con la PlayStation. Un viaje exitoso que llegó al bum de 2006: ahí, Huang decidió realizar otro salto al vacío con el lanzamiento de un software gratuito bajo el nombre de CUDA, con el que cualquiera podía usar sus tarjetas gráficas —originalmente creadas para videojuegos— como superordenadores.

Una apuesta que supuso una pérdida constante de decenas de miles de dólares, pero que a la postre fue un éxito empresarial, como se está demostrando estos días. Huang soñaba con que los gamers no fueran los únicos que utilizaran sus chips, sino que también lo hicieran científicos e investigadores. Un deseo que no se materializó hasta la segunda década del siglo XXI.

En 2012, tres académicos en Toronto usaron las tarjetas GPU de Nvidia para entrenar redes neuronales y dar una nueva vida a la inteligencia artificial. Su modelo arrasó y demostró que la IA funciona si se alimenta con datos y mucho poder computacional.

Huang vio otra oportunidad. «Envió un correo un viernes anunciando que el futuro era el deep learning y que dejábamos de ser una empresa de gráficos», recuerda un ejecutivo en el libro The Thinking Machine, de Stephen Witt. «El lunes ya éramos una empresa de inteligencia artificial».

Pero no fueron los ingenieros de Nvidia quienes consiguieron ligar el nombre de esta compañía al desarrollo de la IA. Fueron, sin querer, los directivos de Google quienes provocaron el bum de Nvidia. El gigante de los buscadores contrató al equipo de Toronto por 44 millones de dólares y luego lanzó un proyecto secreto para construir el mayor computador paralelo del mundo, alimentado por 40.000 GPU de Nvidia. Los chips de Huang se habían fusionado ya con la promesa de la IA.

Apenas cinco años después de que los investigadores canadienses descubrieran el potencial de las GPU de Nvidia con redes neuronales bien entrenadas, ingenieros de Google escribieron 20 líneas de código que se han convertido en la piedra Rosetta de la inteligencia artificial. Todas las herramientas que hoy se conocen se construyen sobre ellas y consiguen sacar el máximo partido de las GPU de la firma fundada por Huang.

La locura en Bolsa

Sin esperarlo, Nvidia se convirtió en el cerebro de la IA, y su peso en Wall Street comenzó a crecer a medida que los ChatGPT o los Gemini irrumpían en el imaginario colectivo. En el 2023, el valor en Bolsa de la firma alcanzó el billón de dólares; 180 días después llegó a los dos billones de capitalización y superó —en junio— a Microsoft y Apple como la empresa más valiosa. Un año después, duplicó su valor y logró por primera vez en la historia los 4 billones, cifra nunca antes vista. Y su fiebre parece no tener fin. «La acción no está cara», asegura David Rainville, gestor de carteras en Sycomore AM, parte de Generali Investments.

Nvidia juega en otra división y en otro campeonato. Ni las tensiones comerciales, ni la guerra arancelaria, ni tampoco la aparición de nuevos competidores pueden con sus números y su apuesta por la IA.

Tras atravesar una etapa complicada en los mercados, primero por la aparición de DeepSeek y después por el impacto de las medidas arancelarias impulsadas por Donald Trump —incluyendo las nuevas limitaciones a la exportación de sus chips H20 a China—, la compañía ha conseguido recuperar el terreno perdido. Estas restricciones obligaron a asumir un coste de 4.500 millones de dólares debido a un exceso de inventario. A pesar de que sus acciones llegaron a tocar un mínimo de 94,3 dólares, han repuntado un 74 % desde abril, lo que demuestra cómo la inteligencia artificial puede volver a encender el entusiasmo de los inversores.

O, más bien, la fortaleza de sus números. Los ingresos de Nvidia superaron los 44.000 millones en el primer trimestre fiscal de 2025, un 69 % más que hace un año.

O su cartera de clientes, porque Microsoft, Meta, Amazon y Alphabet (Google) aportan más del 40?% de los ingresos de Nvidia. Y ha conseguido esquivar los riesgos geopolíticos tras el veto a sus chips H20, que dejó un golpe de 15.000 millones en sus cuentas. «La acción sigue siendo atractiva en este contexto», explica Aziz Hamzaogullari, de Loomis Sayles. Nvidia ha vuelto a tachar un hito en su lista de cosas por hacer, pero no será el último. La barrera de los 5 billones es la siguiente frontera.