
Pedro Sánchez se ha pasado meses echando la culpa de lo que todos veíamos al empedrado. Bueno, al empedrado, a la ultraderecha, a los seudomedios, a la ofensiva judicial y, como dice una rendida votante socialista, a los envidiosos de que fuera alto, guapo y hablara bien inglés. Ah, y también a Ayuso, el comodín que lo mismo le servía para poner en duda el liderazgo de Feijoo que para responsabilizarla de todas las plagas de España.
El PSOE, con Óscar López a la cabeza, el amigo que fue de Sánchez y que le traicionó cuando el no es no se convirtió en un sinsentido, llegó a esbozar la teoría de una «UCO patriótica» y unos jueces prevaricadores que habían respondido a la proclama de José María Aznar de que «el que pueda hacer, que haga». El argumentario valía para todo y para todos. Si el fiscal general era imputado, allí estaba la ministra portavoz, Pilar Alegría, para negar el auto y defender la inocencia de empleado del presidente, que siempre tuvo claro de quien dependía. O el ministro de Justicia, Félix Bolaños, presto a atacar a los jueces que osaban investigar a la mujer de Sánchez, Begoña Gómez, o al hermano, David, que aún no ha sido capaz de encontrar el despacho del puesto que le adjudicaron en la Diputación de Badajoz.
Si había que defender el aforamiento exprés de Miguel Ángel Gallardo, les quedaba el comodín de recurrir al turbio pasado del PP, ignorando, claro, los antecedentes del PSOE, con Juan Guerra, los ERE o el resto de casos en los que casi siempre acababan aflorando las drogas y las prostitutas.
El mismo Sánchez tiró de todos esos comodines 24 horas antes del demoledor informe de la UCO que todo el socialismo llevaba meses negando. «Que usted me llame capo con el álbum que tiene...», le dijo con el rostro ya contraído por la ira y pocos minutos después de negarle el saludo a Santos Cerdán cuando subía a su escaño.
Pero los audios conocidos este jueves no dejan lugar a dudas. La realidad ha hecho sucumbir a Sánchez y su argumentario solo le salvará ante los incondicionales. Al Gobierno solo le salva que son más los aliados que están ansiosos por repartirse el botín que aún le queda por entregar a los separatistas.
Pedro Sánchez no está dispuesto a rendirse. No lo hizo cuando sus propios compañeros le echaron del partido y menos lo hará ahora, que se siente ungido para la misión de frenar a la ultraderecha que avanza en todo el mundo. Ayer pidió perdón con la boca pequeña, pero se le olvidaron todos los reproches que le hizo a Rajoy por no enterarse de lo que ocurría a su alrededor. Sus dos responsables de Organización, los que han controlado el partido durante los últimos nueve años, están camino del banquillo. Y él no sabía nada. Dice. Hasta el próximo sumario.