«Ahora depende de vosotros». Con esta frase cerraba Sánchez este lunes el anuncio del adelanto electoral. Frase solemne, pero con letra pequeña: depende de nosotros, sí, salvo cuando lo que deciden nuestros representantes no le conviene. Y es que, aprovechando que la convocatoria electoral monopoliza desde este lunes el debate público, estamos pasando por alto la última tropelía del Gobierno: el presidente aprobó de nuevo en el Consejo de Ministros de este martes los decretos de vivienda que el Congreso tumbó el pasado viernes con los votos de PP, Vox y Junts. Mismos decretos (a lo sumo, con algún retoque cosmético para disimular), distinto escenario: la Diputación Permanente, donde, con las Cortes disueltas, el primer decreto podría salir adelante por 35 votos contra 34 (el segundo, que también rechazó el PNV, volvería a caer).
Analicemos el enésimo capítulo del Gobierno retorciendo nuestras instituciones. El pleno del Congreso, 350 diputados, la máxima expresión de la soberanía popular, dice «no» a los decretos de vivienda. Días después, un órgano de 69 diputados, apenas una quinta parte de la Cámara, donde el reparto de escaños concede al Gobierno la ventaja que no tiene en el pleno, dice «sí» a los mismos decretos. Es como si el presidente de una comunidad de vecinos, tras perder una votación en la junta de la comunidad, la repitiera poco después con una quinta parte de los vecinos y un reparto de sillas a su favor. ¿Lo aceptaría usted en su portal?
Hay precedentes, dicen algunos. Los hay: en el 2019, la Diputación Permanente convalidó varios decretos con las Cortes disueltas. Pero eran decretos nuevos o renegociados con quienes antes los habían rechazado, no clones —aprobados cuatro días después— de lo que el pleno acababa de tumbar. Invocar aquellos casos para justificar esto es, sencillamente, una tomadura de pelo. Aquí hablamos de usar una norma de cobertura para que el Congreso vote dos veces lo mismo y se contradiga en cuestión de días; dicho de otro modo, de aprovecharse de la mayoría pírrica que Sánchez sí tiene en la minirepresentación permanente del Congreso para burlar una decisión del propio Congreso. Vamos, un fraude de ley en toda regla. Recordemos que la Constitución (Artículo 78) encomienda a la Diputación Permanente «velar por los poderes de las Cámaras», no sustituirlos ni, por supuesto, enmendarles la plana.
La nueva cacicada del Gobierno encaja como un guante, una vez más, en lo que Levitsky y Ziblatt describían en Cómo mueren las democracias: las democracias no se sostienen solo sobre normas escritas, sino sobre dos convenciones tácitas: la tolerancia mutua y la contención institucional, esto es, la renuncia a exprimir hasta el límite las prerrogativas legales. Cuando esa contención desaparece, irrumpe el llamado constitutional hardball: respetar la letra de la norma para violentar su espíritu. Ejemplos no faltan. En enero del 2016, la Asamblea Nacional venezolana rechazó el decreto de emergencia económica de Maduro; menos de tres semanas después, el Tribunal Supremo lo declaró vigente porque el control parlamentario, sostenía, «no afecta la legitimidad, validez, vigencia y eficacia jurídica» de los decretos. Salvando las distancias, la lógica es la misma: el «no» del parlamento deja de ser un límite para convertirse en un obstáculo que sortear a través de un órgano más dócil. Y no es un caso aislado. Es el último episodio de la deriva iliberal de un Gobierno con los presupuestos prorrogados durante tres años preocupado por colonizar las instituciones, demonizar al adversario, manosear la Constitución y socavar la separación de poderes. Por ello, si la última bala para mantenerse en el poder exige gobernar sin parlamento, se gobierna sin parlamento; si exige retorcer las reglas, por supuesto, se retuercen. Y, si a alguien se le ocurre recurrir, ya sabemos qué Tribunal Constitucional le espera.
Puede que Sánchez no gane el 29 de noviembre, pero ha decidido morir matando: llevándose por delante, en su agonía, el principio más elemental de una democracia parlamentaria, a saber, que el Gobierno responde ante el parlamento, y no al revés. «Ahora depende de vosotros», decía sin despeinarse el lunes. Veremos. Y veremos si no guarda también un último conejo en la chistera por si lo que decidimos el 29 de noviembre vuelve a no gustarle.