Excesos y caprichos en el país del oro negro

EXTRA VOZ

VÍTOR MEJUTO

El rascacielos más alto del planeta, una réplica del estadio del Bayern de Munich... En Arabia Saudí todo se hace a lo grande

28 feb 2016 . Actualizado a las 05:00 h.

Se cuenta que en Yeda, la ciudad portuaria más importante de Arabia Saudí (más de cuatro millones de habitantes) está enterrada Eva, la primera mujer, y a la que debe su nombre el lugar. Curiosa paradoja en un territorio en el que ellas, las mujeres, siguen ocupando un rol secundario. Siempre acompañadas, sin poder conducir, con acceso restringido a la universidad, con derecho a voto solo desde hace unos años, cubiertas de la cabeza a los pies con una capa negra... pero con teléfono de última generación en la mano. Otra paradoja, y posiblemente una buena imagen para describir un país de contrastes que se ha convertido en aliado estratégico para la inversión española en el exterior. Desde el metro de la capital, Riad, hasta el AVE entre Medina y La Meca, la explotación de petróleo, las nuevas tecnologías o el negocio militar, como esas corbetas que, salvo sorpresa, se terminan construyendo en los astilleros de Navantia en Ferrol. 

Arabia Saudí es uno de los países más ricos del planeta, el segundo mayor productor de petróleo. Y eso es ahora una fuente de problemas. De nuevo la paradoja. La extracción de crudo, que gestiona junto a Estados Unidos (hay unas estrechísimas relaciones entre ambos), le ha permitido comportarse durante décadas como un niño educado a golpe de capricho. En este país todo se hace pensando a lo bestia, para dar una imagen exterior grandilocuente. Un paseo por Yeda revela esa filosofía. Allí es fácil encontrar en una misma avenida ?gigantescas, y muy congestionadas?  una enorme torre de cristal con neones de colores junto a parcelas llenas de escombros; centros comerciales de lujo que obligan a cerrar los ojos ante los destellos de luz pegados a viviendas muy precarias. Sin planificación ni control. Una megaurbe similar a Madrid con un centro catalogado por la Unesco, una réplica del Allianz Arena en el que juega el Bayern de Múnich (aunque el equipo local no mueve ni la mitad de gente que el de Guardiola) y la que será, cuando se acabe (esa es otra) el mayor rascacielos del planeta, con casi un kilómetro de alto; solo para intentar superar la marca que tiene otro país. Así funcionan.

O funcionaban hasta ahora. Arabia Saudí, país miembro de los selectos G-20 (las economías más potentes del planeta) y OPEP (el club de los países productores de petróleo) afronta un reto que se barruntaba desde hace años. No es el problema de agotar las reservas de crudo, que queda para largo tiempo, sino a quién vender, y a qué precio, el oro negro, su fuente casi exclusiva de vida. También es líder exportador de dátiles, pero ese negocio es, en comparación, residual frente al petróleo. Las nuevas fuentes de generación de energía, principalmente el fracking, las tensiones geopolíticas en la región y la incertidumbre económica, sobre todo China (el mayor consumidor del planeta), han llevado el precio del petróleo a unas cifras ridículas. Se mueve en el entorno de los 30 dólares del barril. Cuesta ya más el envase que el contenido; o un litro de agua mineral que un litro de crudo. Esta situación ha forzado a algunos de los grandes productores a congelar la extracción, algo inédito. A Riad le va la vida en ello. Y esta sociedad empieza a ver en la calle algunos efectos. Por ejemplo, el precio de los carburantes ha subido, aunque para un europeo los precios en el surtidor asombran: entre 20 y 25 céntimos por litro de gasolina. 

LA PARADOJA KAEC

El gran exponente de la burbuja saudí es la ¿ciudad? de Kaec. El interrogante es necesario. Porque hablar de una urbe tal y como está ahora mismo es algo muy osado. A 100 kilómetros de Yeda en dirección a Medina (hacia el norte) y bañado por el Mar Rojo, se encuentra este enclave artificial que toma su nombre del anterior rey. Kaec es el acrónimo de King Abdullah Economic City. Una enorme maqueta expone lo que ansía ser: un gigantesco punto de encuentro para los negocios, el ocio y la segunda vivienda, con capacidad para dos millones de personas. El proyecto se inició hace diez años y asombra. Se accede en vehículo a través de un enorme arco, con seguridad, en el que se reproduce la imagen del monarca, con un paseo de varios carriles, con palmeras y césped exquisitamente cuidado a lo largo de una gran avenida... en medio de la nada. Durante kilómetros solo se advierte piedra y arena, alguna construcción ocasional, grupos de obreros llegados de Asia, y decenas de carteles animando a venirse aquí. Hasta desembocar en una pequeña área urbanizada en el que se encuentra un, claro, gigantesco centro de convenciones, una zona de terrazas y una playa artificial ante un mar de un azul soberbio. Un intento por levantar el gran escaparate de la Arabia del siglo XXI, que como toda urbe cosmopolita tiene hasta su propio maratón: en la última edición se apuntaron una docena de corredores, casi todos expatriados occidentales. Kaec es un quiero y no puedo. Un remedo de Abu Dhabi, pero con las restricciones de una monarquía absolutista regida por la sharia. 

Porque la religión lo es aquí todo. Este país se para ?literalmente? cinco  veces al día para el rezo. Veta por completo el consumo de alcohol. Y prohíbe a los infieles entrar en sus ciudades sagradas. Este es el lugar al que todo musulmán ha de venir al menos una vez en la vida, para rezar en La Meca y peregrinar hasta Medina. Lo hacen cada día miles de ciudadanos llegados de todas partes del planeta, que se mueven en rudimentarios autobuses cuyas rutas tiene en concesión, muchas de ellas, la poderosa estirpe  Bin Laden (la familia de Osama, sí). Para tratar de aliviar ese tránsito está en construcción un enorme AVE entre las dos ciudades santas en un lugar que no conoce el tren. Va a entrar en este medio de transporte a lo grande. Como en todo. El proyecto costará al menos 12.000 millones de euros, la mitad de ellos para empresas españolas que participan en la obra. A lo largo del recorrido, para darle la magnitud que precisa, cinco estaciones firmadas por Norman Foster, gigantescas. Calculen el precio.

La construcción ocupa a cientos de trabajadores españoles, pero también pakistaníes, bangladesíes, tailandeses... ¿Saudíes? Es improbable ver a alguno, porque no se meten en esas tareas. La abundancia de riqueza les ha permitido a los nacionales ?otra cosa son los emigrantes? vivir subvencionados por el Estado y poder así estudiar fuera, formarse y convertirse en rentistas. Hasta ahora. El país teme encontrarse con una generación pasiva ahora que ven las orejas al lobo, y se ha sacado de la manga una ley de saudización del empleo, de tal forma que toda empresa que contrata con la administración árabe ha de reservar un porcentaje (alrededor del 7 %) a población nacional. Entendiendo por ello solo a los saudíes 100 %. Y no vale haber nacido en el país para serlo; hay que tener estirpe. A los hijos de la emigración, de segunda o tercera generación, se les sigue considerando al margen, de tal forma que hasta tienen que renovar los papeles de residencia, y no pueden optar a una vivienda en propiedad. Es fácil distinguirlos: los saudíes visten con orgullo túnicas blancas hasta los tobillos y pañuelo cuadrado en la cabeza, con los cordones alrededor para sujetarlo. 

Así es uno de los últimos regímenes monárquicos absolutistas del planeta. Un país donde no hay libertad de expresión, se discrimina a la mujer y se ejecuta a reos en plazas públicas. Pero con asiento en la ONU. Paradojas.