
Los navegadores o web browser tuvieron un papel fundamental en la popularización de Internet a mediados de los años noventa, cuando eran la única forma de entrar en la Red y pasear por su entonces limitada oferta. Todo era más inocente hace veinte años y la mayoría de estas herramientas no estaban enfocadas al negocio puro y duro; de hecho, en aquella época la batalla principal la libraban los motores de búsqueda, con nombres como Excite, Infoseek, Yahoo! o Altavista, que acabaron sucumbiendo ante los algoritmos aparentemente inocuos de Google.
También cayó bajo el yugo de la compañía de Mountain View (California) el ilustre Internet Explorer. Apoyado en su inclusión por defecto en todos los equipos con sistema operativo Windows -lo que equivale a decir a que estaba en más del 90% de los ordenadores-, se convirtió en el navegador dominante que arrasaba con todo, incluido el simpático Netscape Navigator. Digo lo de simpático porque en la industria informática algunos identifican menor cuota de mercado con una especie de altruismo tecnológico, como si determinados productos (y Netscape lo era) no pertenecieran a ninguna compañía, ni tuvieran otro fin que servirnos fielmente sin pedir nada a cambio. Es el mito del software libre, que existe, pero está mucho más limitado de lo que pensamos. Y, desde luego, en cuanto a los navegadores se refiere, la mayoría no son «libres», o mejor dicho independientes. Otra cosa distinta es que sean de código abierto (open source) y basados en Linux, pero eso no impide que recomienden software privativo o permitan la instalación de plugins de terceros.
Un ejemplo de estas extensiones interesadas que incluyen o promocionan los navegadores es Adblock Plus, considerada la herramienta más efectiva para evitar la publicidad cuando se surfea por la web, pero que, según un informe hecho público hace un par de años por el Financial Times, recibía dinero para no bloquear los banners de gigantes como Google, Microsoft o Amazon.
El Internet Explorer sucumbió a las acusaciones de monopolio -la Comisión Europea obligó a Microsoft, desde el 2009 hasta el 2014, a instalar una ventana multiopción para los usuarios de Windows para que pudieran elegir entre varios navegadores de Internet-, a las propias lagunas de seguridad y al empuje de Chrome. De un 94% de cuota en el año 2003 ha pasado a un irrisorio 6%. Y ahora la guerra de los navegadores se reproduce, con el heredero de Netscape, Firefox Quantum, haciendo frente a la todopoderosa Google.
Sin embargo, los tiempos han cambiado y ya no se necesita la asistencia de un browser para visitar las páginas de muchas compañías y proveedores de servicios y contenidos. Las aplicaciones móviles y las redes sociales conectan directamente al usuario con aquello que buscan, ya sea consultar su correo electrónico o comprar un producto. ¿Es el fin de los navegadores?