Libros

josé antonio ponte far VIÉNDOLAS PASAR

FERROL

26 nov 2017 . Actualizado a las 05:00 h.

Leyendo un ensayo sobre la gran importancia que han tenido algunos libros en la evolución de la Humanidad, me he quedado un poco sorprendido porque de la relación que cita el autor del trabajo (de la que he leído un porcentaje aceptable), ninguno de ellos ha influido en mí de forma especial, ninguno modificó mi visión del mundo en el que vivo. No cuestiono la lista que ofrece, pero sí la objetividad excesiva con que la confeccionó. Dicho de otra manera: creo que no todos los libros nos influyen del mismo modo a cada uno de sus lectores, porque la lectura es un acto muy personal y cada persona la vive de una manera distinta. Podemos coincidir en determinados aspectos del libro leído, pero siempre habrá algo que nos afecte individualmente, que no será transferible a otro lector. Cuestión de sensibilidad, de cultura y hasta del momento en que se lee esa obra, pues todos tenemos la experiencia de que en una segunda lectura vimos valores del libro que se nos habían pasado cuando lo leímos por primera vez.

En una lista que va desde Civitate Dei, de san Agustín (siglo V), hasta La interpretación de los sueños, de Sigmund Freud (1900), pasando por Hamlet (1601), de Shakespeare, El Quijote (1605/1610) de Cervantes, La Utopía, de Tomás Moro (1516), Los ensayos de Montaigne (1580), la Enciclopedia, de Diderot y D’Alambert (1751-1765), El Capital, de Carlos Marx (1867), los más de cincuenta títulos que se citan han tenido, sin duda, una importancia capital en el desarrollo de la cultura y de la sociedad. Para mí, también, claro, pero no recuerdo que ninguno me haya causado una impresión imborrable, como la que me produjeron en su momento algunos otros con menos reconocimiento universal. Puede que hayan influido decisivamente las circunstancias de la edad y del contexto vital en que uno se encontraba. Por ejemplo, tengo muy fresco el impacto que me dejó la lectura de Robinson Crusoe, del inglés Daniel Defoe, que leí en el colegio en una edición juvenil, en la que se cuenta solo la estancia en la isla, pero que poco después pude leer en su versión completa, de la que el naufragio es solo el tercer episodio de una serie de ellos. El contexto personal eran doce años y viviendo en un internado. Para mí, Robinson fue el ejemplo del hombre que siempre busca soluciones a los problemas que se le plantean. En vez de desmoronarse y darse por vencido, busca la forma de salir adelante en situaciones adversas: es capaz de dominar la naturaleza salvaje desarrollando una inmensa inventiva y agudiza su capacidad de pensar para sacarle provecho a los malos momentos y a los sufrimientos. La vida en el internado también era dura, y de Robinson aprendí que hay que sacar lo mejor de cualquier situación por muy adversa que parezca.

Más tarde, en mi primera juventud, quedé fascinado con una novela, en cuatro volúmenes, de la que hoy casi nadie habla: El cuarteto de Alejandría, de Lawrence Durrel. Aparte de su gran valor literario, recuerdo que me impresionó mucho porque me hablaba de ambientes y de personas que nos eran inaccesibles a los jóvenes de aquel momento, ansiosos por conocer mundo, porque el nuestro era reducido y provinciano. La novela nos descubría una Alejandría deslumbrante y cosmopolita, llena de vida y misterio.

Así como Santa Teresa afirmaba que cada día tiene su afán, se podría decir también que cada etapa de la vida tiene sus lecturas importantes.