El horror como espectáculo

José A. Ponte Far VIÉNDOLAS PASAR

FERROL

26 mar 2023 . Actualizado a las 05:00 h.

Se acaba de cumplir un año de la guerra en Ucrania. Lo que, según Putin, iba a ser un paseo militar del ejército ruso se ha convertido en una horrible matanza y destrucción. Y todos nosotros lo estamos siguiendo día a día por el telediario. Al principio, con verdadero horror; al cabo de un año, ya como algo esperado y habitual. Lo cruel se empareja con lo normal, lo cual no deja de ser otra gran tragedia, aunque esta sea incruenta.

Hoy la televisión se ha convertido en una fuente inagotable de noticias cuya característica principal es la violencia. Los telediarios no cesan de informarnos de violaciones, de casos variados de violencia de género, de desgracias naturales que ocurren en cualquier parte del mundo, y desde hace un año, una atención diaria a los bombardeos, asedios y crímenes de guerra que sufre Ucrania.

La reflexión que uno no puede dejar de hacerse es que la inmediatez y el abuso de la información que hoy tenemos puede llegar a hacernos ciudadanos perfectamente enterados de todo lo que ocurre en el mundo, pero al mismo tiempo puede transformarnos en personas fatalmente insensibles a la desgracia, al sufrimiento y al dolor de los demás. Corremos el riesgo de que nuestra sociedad, tendente a la comodidad y al hedonismo, con todos los medios tecnológicos de la comunicación a su alcance, acabe viendo con indiferencia la muerte de miles de ucranianos, de niños africanos hambrientos, de gente sepultada entre escombros de terremotos y otras desgracias naturales… Hoy lo sabemos todo, pero lo sentimos poco. A fuerza de ver lo insólito y lo cruel, acabamos contemplándolo casi como un espectáculo.. Y eso nos deshumaniza y nos aleja de la solidaridad y de la empatía con los que sufren. Un camino, sin duda, equivocado.

Es curioso cómo la percepción que tenemos de la realidad circundante nos ha sido cambiada por la tecnología en los últimos cincuenta años en mayor medida que en los últimos cinco siglos. Antes de que se inventara la radio y la televisión, es decir, antes de que pudiera oírse la voz y verse imágenes de hechos que ocurren a distancia, el habitante de un sitio concreto estaba limitado a ver y experimentar solo lo que sucedía en su entorno, sin más noticias del mundo circundante que las que traía el correo. En París, en el siglo XVI, hubo una gran matanza, la de los hugonotes, de la que se enteraron los habitantes del barrio donde se produjo, pero ya no los del centro de la capital, según nos cuenta Alejandro Dumas. El hombre antiguo conocía las calamidades de la guerra, pero solo por lo que él había vivido en la que se libró en su tierra. Y le llegaba y bastaba. En un cuento de Kafka, los habitantes de una remota región de China se enteran de la muerte de su emperador cuando ya estaba agonizando su sucesor. Quien contemplaba un hecho violento de una magnitud fuera de lo común lo plasmaba en poemas o en novelas, porque lo consideraba algo extraordinario, infrecuente. Y dejaba testimonio de ello como ejemplo de algo que no debería volver a repetirse, que habría que evitar en el futuro. Los ciudadanos de hoy deberíamos exigir una tregua en la exhibición del horror. No tenemos por qué vivir puntualmente los desastres que ocurren en los distintos puntos del planeta. Porque no es lo mismo informar de algo trágico que acaba de ocurrir, que convertir los telediarios en una sucesión ininterrumpida de desgracias, crímenes, robos, violaciones y demás calamidades que no se dan solo en las calles de nuestras ciudades, sino en cualquier lugar del mundo. Tenemos derecho a sobrevivir anímicamente a tanta desgracia.