
Ya saben ustedes que en A Capela, en el santuario de Nosa Señora das Neves —que en su origen fue un templo medieval, del siglo XIII, aunque posteriormente sufrió grandes reformas en siglos tan distantes entre sí como el XV y en el XIX—, se conserva, dentro de un monumental y precioso relicario con forma de armario, el alba de San Rosendo. Alba que procede del monasterio de San Xoán de Caaveiro, al igual que la bellísima imagen del santo que se custodia, también en A Capela, en el mismo templo. El alba es enorme («San Rosendo debía de ser moi completo», solía decir nuestro amigo Xelo, un ser humano excepcional y un magnífico conversador, una persona estupenda). Y uno, al contemplarla, no puede dejar de pensar en cómo sería la vida monástica en Caaveiro cuando allí estaban aún los canónigos regulares de la Orden de San Agustín, que salían a diario del convento (cabe suponer que atravesando a caballo los montes) para colaborar en las tareas pastorales de distintas parroquias de la zona.

Cuando yo era niño, mi madre me contaba que en As Neves la Virgen se había aparecido donde está la fuente; y de Caaveiro me decía que allí estaba sepultado uno de los caballeros del Rey Arturo.
Un día tengo que escribir, en un cuaderno, el listado de las historias que me contaba mi madre y que todavía recuerdo (ya me resigno a pensar que la mayor parte las habré olvidado para siempre). Ella tenía una prodigiosa capacidad para hacer que todos los cuentos que contaba se volviesen, al instante, nuevos. A estas alturas de mi vida, la echo mucho de menos.