Más de la mitad de sus impolutos arenales son inaccesibles, ya que hay que descender 40 metros en vertical
18 oct 2009 . Actualizado a las 14:05 h.De repente se muere la carretera estrecha, muy estrecha, bien asfaltada y marcada -insólito en Galicia- por ambas márgenes. La primera impresión es que pone el punto final en una enorme pasarela de madera, preciosa, construida para facilitar el paso peatonal a la playa de Esteiro (¡que los pregoneros no lo silencien y cunda el ejemplo de norte a sur!). Pero no, por la izquierda nace una pista sin asfaltar, 600 metros que parecen algo más y que rematan en la punta de Lousido, la que cierra el imponente arenal más por la izquierda. Una vista salvaje, impresionante, la Galicia eterna y bonita, nunca mejor dicho.
Y marcha atrás. ¿Marcha atrás? Sí, porque esa, la punta de Lousido, es el mejor punto de partida si lo que se desea es investigar los acantilados de Loiba, quizás los grandes desconocidos de Galicia, nada explotados turísticamente y que resisten cualquier comparación con los de la Costa da Morte, que tampoco son mancos. Allá al fondo queda el faro de Estaca de Bares; aquí a la diestra, en la aldea de Picón, los restos de un molino de base circular que están a punto de quedar reducidos a escombros en cuanto sople el primer temporal del próximo invierno. Y más abajo aún, 40 metros en vertical rigurosa según los mapas del Instituto Nacional Geográfico, las olas rompiendo un día sí y otro también. Entre los pies del visitante y el Atlántico, acantilados cortados con cuchilla. Absténgase quien padezca de vértigo.
Claro que ya hubo tiempos «peores», si es que se puede utilizar el adjetivo; antes no había forma de bajar a la playa Picón si no era en plan cabra montesa, por un sendero que solo los mariscadores y otros valientes se atrevían a pisar. Ahora existe una pasarela, de tierra nuevamente, y unos escalones que le restan peligro a la aventura, que no fatiga. Subir ya es otra cosa, claro.
Y si se sigue la pista de tierra y se bordea el mar, jugando con él a distancia, no se tarda en doblar una punta y, por lo tanto, cambiar el panorama. Ahora son Os Aguillóns quienes mandan en el horizonte, pura sierra Capelada invadiendo el océano, el puerto de Cariño aplastándose tímidamente a ras de agua, la entrada a la ría de Ortigueira delimitada por la punta romana de Espasante y, ya más cerca, otros cientos de peñascos y arrecifes.
Claro que así se ven a bulto. Lo mejor es cruzar la aldea de O Loureiro con las playas de Fábrega y Furada, con las puntas de Os Castros y Pena Furada enmarcando ese arco de costa. Pero desde donde se ve mejor es continuando por la pista de tierra, y en el único campito que permite la parada volver la vista a la derecha. No es Estaca de Bares lo que llama la atención, no, sino los aguillóns. ¿Los de cabo Ortegal? Tampoco, sino otros más humildes pero, si cabe, más bellos.