Carla Simón deja ver en su nueva película una ciudad que tiene mil caras, buenas y malas
29 ago 2025 . Actualizado a las 00:50 h.Romería, la nueva película con la que Carla Simón cierra su trilogía familiar explorando la historia de amor de sus padres biológicos, también es un paseo por aquel Vigo de los 80 y por una ciudad que brilla en sus contrastes, en sus playas, en sus Cíes, en sus alrededores y, sobre todo, en su mar, que es un narrador más en la película. En la mayor parte del filme, que el público podrá ver en las salas a partir del 5 de septiembre, el océano Atlántico acaricia a los protagonistas y los acompaña en una historia de amor que se construye de a poquitos, que descubrimos a través de palabras cruzadas en medio de unas vacaciones de verano. El romance de los padres de Marina (Llúcia Garcia) se va dibujando junto a un Vigo, que la protagonista conoce junto al espectador.
La ciudad brilla en casi todo el primer tramo de Romería. Se descubre desde su puerto. Marina llega en un barco que cualquier vigués va a reconocer. Al poner los pies en el pantalán el primer plató del rodaje se vuelve infinito. «Vigo es increíble. Tiene localizaciones de muchos tipos. Cada día parecía que estábamos rodando en un sitio distinto», destacó Carla Simón mientras le recordaba al público que vivirían la película como un viaje por Vigo.

Y sí, Romería saca las mil caras que esconde la ciudad. Del puerto pasa a un registro civil, oscuro, frío, de los años 80, pero, al salir, la protagonista se sumerge en el mar. La ría de Vigo la enamora desde un velero, el Zorba, un antiguo barco de Greenpeace que Ignacio Bastos arregló y estrenó en el rodaje de la película hace un año. Casi todos sus travesías coinciden en un mismo lugar: las islas Cíes. Son uno de los refugios de la historia de amor de la película. Una parte del diario de la madre de la protagonista y de la de Carla Simón hablaba de ellas. El archipiélago brilla en la película, en un lugar de sol, cálido, un refugio del amor.

Desde el barco Marina también busca el edificio en el que vivieron sus padres. Era uno alto, a pie de mar y desde el que se domina toda la ría. «Vivían en Toralla», repite varia veces la protagonista. El edificio de la isla en el gigante de la película. Su imagen desde el mar es amable, pero conforme avanza la trama intimida. Es una cicatriz en el paisaje de Vigo y en la memoria de Marina. Un lugar en el que nunca pudo coincidir con sus padres, una ausencia, un lugar que debió ser común. Hay una imagen en Romería, un plano contrapicado (desde abajo) al edificio de Toralla que lo convierte en un navío a la deriva, en un gigante que naufraga y atemoriza. Una generación que buscaba libertad y encontró la droga.
El mar se pica. Tormenta. Adiós al sol y al verano. Marina se sumerge en aquel lado oscuro del Vigo de los años 80. Suena Siniestro Total. «Y bailaré sobre tu tumba. Y bailaré sobre tu tumba». Heroína. Un casco viejo oscuro. Sida, baile y muerte. Hay una coreografía en Romería que se entiende desde la música, que se siente desde las sabanas que las madres sacaban de las camas de sus hijos. Aquellas con las que, también, las madres de la asociación Érguete se levantaron para señalar a los narcotraficantes.

El consumo y el tráfico de drogas está muy presente en Romería, los padres de Carla murieron de sida, pero se dibuja como un mar de fondo, una amenaza que no se ve. La película es luminosa, es una hija descubriendo la historia de amor de sus padres, volviendo a una época que solo conoció en un relato sesgado y en un diario gastado. Romería duele, pero es una de esas heridas que pican cuando pasa el tiempo. Las que curan a los pocos y, también, de las que se aprende, las que no se deben olvidar. La película nos hace volver, como a los personajes, a un tiempo que nunca dejo de ser presente, a un problema que todavía está ahí, amenazante, como aquel contrapicado bajo el edificio de Toralla.
En la película de Carla Simón hay, también, un viaje abierto por la ciudad y los recuerdos. Se acompaña a Marina, mientras se bucea en un mar de recuerdos propios. Vigo es un protagonista más, una ciudad que, como tantas otras, se entiende desde las memorias compartidas de sus gentes. Romería también se sumerge en una casa familiar en lo alto de Nigrán y en una carretera infinita que discurre por la Serra da Groba, el hogar de los garranos, unos de los pocos caballos salvajes que quedan en el mundo. Animales que crecen aprendiendo a ser jardineros de una naturaleza que, como a Marina y a la generación de los 80, quieren vivir en libertad.