Desde que el alcalde dijo que tomaba los mandos de Peinador, el aeropuerto de Vigo va en caída libre. Parece un chiste, pero no lo es. Caballero no tiene la culpa de la crisis ni del precio del carburante, pero ha tomado una dirección equivocada y convendría que corrigiese el rumbo porque, aunque le aplaudan ciegos palmeros, el siniestro puede ser total.
A uno se le ocurren, como mínimo, media docena de poderosas razones por las que el exministro de Transportes ha contribuido a que la terminal viguesa sea hoy la tercera de Galicia.
Una: ausentarse del comité de rutas de la Xunta. A un representante institucional cabe pedirle talante negociador. Las soflamas localistas reportan algunos votos, pero en este caso el resultado es que compites por libre y tu aeropuerto queda encajonado entre otros (Lavacolla y Sá Carneiro) que no paran de crecer a tu costa.
Dos: anunciar más planes. Al final resulta que los empresarios de la ciudad tienen su propio plan estratégico y la Xunta, también el suyo.
Tres: prolongar subvenciones improductivas. Pagar más de 750.000 euros por tres vuelos semanales a Londres en verano que apenas tienen un 50% de ocupación es un disparate si, además, desatiendes rutas consolidadas (Madrid, Barcelona, París) que son las que de verdad necesitan mimos para mantener el grueso de los clientes.
Cuatro: buscar titulares de prensa con promesas irrealizables. Nada se ha vuelto a saber de las rutas anunciadas a Fráncfort, Milan y otras capitales del mundo mundial.
Cinco: aplaudir a tu partido si no lo merece. El ministro Blanco no es el que más hizo por Vigo en la historia: invirtió 230 millones en Lavacolla y 55 millones ¡en un párking!
Seis: eludir problemas. El máximo representante de la ciudad no debe mirar a otro lado si la segunda compañía del aeropuerto pide apoyo institucional.
Si alguien busca una conclusión, sería esta: ¡Por favor, que Caballero deje de pilotar!