31 oct 2012 . Actualizado a las 07:00 h.

Acaba de irse Sandy arrasándolo todo a su paso y veo con asombro, caso con pasmo, que los árboles de Nueva York que no han podido con la potencia del huracán, han sucumbido con honor y han terminado arrancados de la tierra de cuajo, pero enteros. En Vigo no hace falta ni una simple brisa, ni un soplo de viento subido de tono, para que la maltrecha colonia arbórea tienda a precipitarse sobre nuestras cabezas y nuestros coches. El extraño caso sucede de un tiempo a esta parte, un tiempo que coincide con una especie de incomprensible inquina hacia lo verde que cuenta con el inestimable apoyo del gobierno municipal. El Concello se ampara casi siempre en unos supuestos vecinos que no se cansan de transmitir sus continuas quejas al Ayuntamiento de Vigo motivadas por lo mucho que les molestan y el gran perjuicio que les causan los pobres arbolitos. Y prestos acuden con la motosierra a desfacer entuertos. Pero que se caigan tantos árboles en Vigo, además de los que nos arrancan por el bien de la humanización, que no de la humanidad, es síntoma de que algo se está haciendo mal, de que los que tenemos, no se cuidan. De que a lo mejor interesa que se caigan.

Es curioso que solo este tipo de supuestas demandas vecinales tengan tan rápido y eficaz eco en el consistorio. Cualquier otro tipo de reclamación cae de manera fulminante en el departamento Clamar en el Desierto, que está a tope. Así, tú llamas y cuentas, es un suponer, que no puedes dormir porque los bares de la zona generan mucho ruido, o que los restos del botellón son un peligro público y sanitario. O lo que sea. No pasa nada. Ahora, ¿que a don Baldomero le entra una rama por el balcón? ¡Allá vamos, no se hable más! El resultado es que cada vez hay menos árboles en Vigo. Y eso que tenemos como símbolo un olivo. Qué paradoja.

begona.sotelino@lavoz.es