José Estévez dejó sus negocios en Portugal hace 24 años para apostar por su café vigués
20 ene 2013 . Actualizado a las 06:00 h.La hostelería siempre ha sido el ramo en el que se ha movido profesionalmente José Estévez Ucha. Natural de la aldea ponteareana de Ribadetea, el dueño del Royal Atlántico dejó pronto su tierra para labrarse un futuro cruzando la frontera más cercana. Y aunque su padre emigró a Chile, él prefirió cruzar la raia, no el charco. Solo tenía 14 años cuando hizo las maletas y puso rumbo a Portugal, tras un paso fugaz por Lisboa, pero con la mirada puesta en un destino exquisito con el que soñaba desde que lo conoció estando de vacaciones: Estoril. Allí estuvo 23 años, hasta los 37. Comenzó como camarero, y poco a poco se convirtió en empresario. A los 18 años montó su primera empresa y llegó a tener hasta tres restaurantes junto a otros dos socios: Os Arcos, A Carula y O Toscano, enumera. Pero su familia lo arrastró hacia sus raíces de nuevo. «Mis hijos y mi mujer querían venirse para Galicia. Y volvimos, Desde luego, no fue por razones económicas. Allí ganaba diez veces más».
El regreso no fue a la aldea, sino a Vigo. Y la elección de su nuevo futuro, una decisión rápida e intuitiva. «Vine aquí a tomar un café una noche antes de Navidad. Me senté en la mesa 2», recuerda, «y me gustó todo, me gustó la loza que tenían, me gustó el ambiente, la decoración, de la que se encargó, por cierto, Puri del Palacio, y le dije al dueño que me lo vendiese. Me dijo que si estaba loco, porque me pedía mucho dinero y le dije que sí. En aquel momento los negocios eran carísimos. Pero me enamoré de este sitio y lo compré. Lo dejé todo como estaba, hasta el nombre. Solo llevaba funcionando un año».
José, que, por supuesto, domina el portugués, añade que también pesó en su decisión la zona, en pleno centro señorial y a la vera del teatro más importante de la ciudad, el Centro Cultural Novacaixagalicia (Caixanova, cuando él llegó, García Barbón, antes de que llegara la caja de ahorros).
El hostelero no se desprendió de repente de todo su pasado en Estoril. «Con uno de los restaurantes, todos de cocina europea y de alta gama, aún continué ocho años», explica. En la elegante población lusa tenían como clientes al presidente de la República, a millonarios futbolistas y a muchos pilotos de ralis. Pero en su cambio a Vigo no perdió mucho en cuanto al nivel de popularidad de la clientela. La cercanía del teatro le ha proporcionado siempre la presencia de numerosas celebridades de los escenarios -entre los que destaca a Pepe Sacristán, Carlos Núñez o Les Luthiers, que se han convertido en amigos y no dejan de acercarse a saludarle cada ver que vienen a Vigo-, además de artistas locales como Laxeiro o Lodeiro, que tenía su taller a unos cuantos metros, y a su vez, de los numerosos estudiantes que acuden a la biblioteca.
José reconoce que llevar un café es mucho más sencillo que un restaurante, pero a su negocio también le afecta la crisis. Y más le afecta el bajó de actividad en el teatro, que él cifra en un 30 %. «Este mes hay tres actuaciones», se lamenta. «Ahora tenemos que trabajar más horas, hemos tenido que prescindir de algún trabajador y estamos, mi hijo, que se llama Roberto Carlos, pero no es cantante -matiza- un empleado que lleva 15 años, Jose, y yo. Para seguir en el mercado, competimos con el mejor servicio y no subiendo los precios». Aún así no se queja, porque confiesa que su trabajo le hace muy feliz. «Me levanto a las 6 de la mañana encantado», asegura.