Raúl Garnil y Clara García dejaron hilo y aguja para aventurarse en la hostelería hace 37 años
07 abr 2013 . Actualizado a las 07:00 h.Raúl Garnil y Clara García Almuíña se conocieron en París. Ambos habían emigrado a la capital de Francia en busca de un porvenir laboral y coincidieron en uno de aquellos bailes en los que se relacionaba la comunidad española. En la capital gala ambos se habían situado en el sector textil. Raúl es de Vila de Cruces y Clara de Taboada, en Lugo, y nunca se les pasó por la cabeza que su futuro podía estar en Vigo, una ciudad que ni siquiera conocían bien. De hecho, cuando se plantearon que quizás podrían trasladarse aquí fue durante unas vacaciones. «Estábamos en Pontevedra visitando a la familia y vinimos a dar una vuelta a Vigo con un hermano mío, que fue el que nos animó a coger un negocio de hostelería», cuenta Raúl. «Nos decían que si ya teníamos hijos allí no íbamos a volver nunca», añade Clara. Al final, se convencieron.
Atrás quedó su etapa parisina, que para ella, que emigró junto a su madre, duró 9 años. Y para él, un total de seis. En su aventura francesa, él comenzó trabajando para una empresa de horticultura a 60 kilómetros de la capital. «Después me fui a París empleado como sastre en un taller. El oficio lo había prendido en mi pueblo con el señor Pampín, que aún vive», cuenta. Su mujer también trabajaba en el sector como costurera y llegaron a coincidir trabajando juntos durante un año.
Pero la decisión estaba tomada. Reformaron el local añadiéndole una planta superior y lo bautizaron con el mismo nombre del café de su hermano en Pontevedra. «Y otro hermano mío aún tuvo otro que se llamó igual», añade. En aquel momento, Vigo seguía su pujante ascenso como urbe industrial y el espacio al que habían echado el ojo estaba en una zona estupenda que prometía un brillante futuro. Se estaba terminando de construir el edificio del Concello y la Panificadora era el corazón de un barrio animado con mucha actividad comercial. El hostelero también recuerda que entonces iban a construir frente al ayuntamiento el Palacio de Justicia. «Tras las primera elecciones democráticas, que ganó Soto, se olvidaron del tema y en el solar plantaron unos carballos».
A unos metros de la fuente de la Falperra nació el tercer Orly de la provincia.
«Todo momento es difícil para empezar un negocio», reflexiona. «Yo tenía pensado montar un tallercito de confección. De hecho después, ya con el Orly abierto, puse una tienda de telas en la calle Triunfo, pero duró poco tiempo», explica. «Yo al principio lo pasé fatal», reconoce Clara, que se había amoldado a un París abierto y liberal para meterse en un bar y en un país aún cargado de actitudes machistas que acababa de estrenar democracia. «Pero luego nos integramos muy bien en el barrio con nuestras hijas y aquí ha transcurrido nuestra vida», explica.
Raúl recita de memoria todas las tiendas que funcionaban a pleno rendimiento hasta que la Panificadora dejó de bombear harina y, al extinguirse su latido, se fueron apagando los negocios adyacentes. La oficina de piensos Ganasa, bares como A Taciña o Áncora, la herboristería, alimentación Campos, la mercería de Marita, las droguerías Buenos Aires y Decogar, que antes era un establecimiento de papeles pintados, el estanco, la marmolería, el despacho de pan de la Panificadora, librería Galdós, una agencia de viajes, el taller de reparación de televisores, la imprenta Tipografía Regional, la Serigrafía Gallega y hasta un bajo en el que uno de los dueños de la fábrica de pan guardaba maquinaria de los tranvías.
Con un barrio en horas bajas, la cercanía del Concello, como al principio, sigue siendo la tabla de salvación del Orly, un café muy apreciado en la zona que aún frecuentan estudiantes y jugadores de cartas y dominó, que vivió años de intensa actividad, como aquellos en los que era famosos su abarrotado bingo de los fines de semana, que empezó para sufragar los gastos del equipo de fútbol sala que patrocinaban.