Los gigantes con pies de barro empiezan a caer. Los castillos de naipes, a desmoronarse y los caprichos de la época de la Champions League de la economía mundial (Zapatero, dixit), a esfumarse. Ahí está, a nivel local, y por hablar sólo de noticias de esta semana, la agonía financiera del Instituto Ourensano de Desarrollo (Inorde) o el cierre del centro de día de Pereiro. Contó La Voz que el Inorde, ese organismo puesto en marcha en 1987 para impulsar el desarrollo económico de la provincia, necesita de urgencia un crédito para pagar sus gastos corrientes de agua, luz, sellos? ¡Qué imagen! Si no es capaz de generar dinero para papel higiénico, ¿cómo puede generarlo para impulsar la industria, el turismo, en definitiva la economía de Ourense? ¿Y qué decir del centro de atención a mayores abierto hace menos de un año en Pereiro con una inversión de un millón de euros para dar trabajo a cuatro personas y atención a una? Ambos casos ejemplifican una época en la que se gastaba el dinero de todos sin pensar en la utilidad de la inversión. Ourense está lleno de auditorios que se abren dos veces al año, polideportivos que no tienen usuarios y un largo etcétera de obras prescindibles que son ejemplos de una época de despilfarro que es necesario pagar ahora con sangre, sudor y lágrimas.
La enseñanza ¡Qué insensibilidad! ¡Qué falta de espíritu docente y pedagógico! ¡Qué comportamiento ruin! En el colegio de A Uceira de O Carballiño prohibieron la entrada a unos niños que habían perdido el transporte escolar y que, finalmente, tuvieron que pasar parte de la mañana en el cuartelillo de la Policía Local. Comportamientos como los de la directora («No, no pueden quedarse porque estuvieron toda la mañana fuera y ahora que se vayan con el policía», dijo según reza el atestado oficial), dan pie a pensar que el éxito o el fracaso de una ley de Educación no está tan sólo en el apellido de quien la apadrina y sí, y mucho, en los profesionales que la interpretan. Y da también pie a pensar sobre la intransigencia de la sociedad con los políticos y la permisividad con otros profesionales. ¿Y si hubiese sido un político el que prohibiese la entrada de los alumnos al centro? Partidos, sindicatos, asociaciones de padres, de estudiantes, de vecinos y de un largo etcétera pedirían dimisiones y expresarían las más enérgicas repulsas. Como no hay político, la indignidad parece menos indignidad.