La poesía troquelada

Lamazares presenta en la galería compostelana Trinta «San Juan de la Cruz (Alfabeto Delfín)»

El cartón con el que habitualmente trabaja Lamazares acaba siendo su «piedra Rosetta», un lugar donde la pintura se encuentra con una escritura primitiva
El cartón con el que habitualmente trabaja Lamazares acaba siendo su «piedra Rosetta», un lugar donde la pintura se encuentra con una escritura primitiva

La obra reciente de Antón Lamazares está tomada por la servidumbre tenaz a un misterioso código creado por el autor: el Alfabeto Delfín. Su propio abecedario. No es extraño que Lamazares acabase creando sus propias letras para comunicarse con el mundo, y menos aún lo es que para imaginarlas buscase su génesis en el padre, en el origen, en la tierra. La aldea es donde nace toda la riqueza oral. Primero aprender a hablar, después aprender a explicarse.

En los cuadros el Alfabeto Delfín se revela en un conjunto de ideogramas que horadan el soporte, como caracteres troquelados en un precioso magma de un color espeso, rico como el ámbar.

El significante llega a nosotros a través de unos signos primordiales, de naturaleza rupestre. Como un niño que traza con un palo sus anhelos en la arena de una playa. Su tipografía solo puede ser manuscrita porque se nutre de un dibujo pictórico, un trazo libre con el que el demiurgo mitiga la oscuridad de la cueva. Cuando deletreamos en Alfabeto Delfín las palabras están construidas con la luna, con la hoja, con el pájaro y el cesto; con el clavo y con la hoz; con los pechos de una mujer o con el patio de una casa. Sobre todo con el corazón, la última letra. Es ahora cuando el significante se carga como el mejor conductor y libera toda su energía.

Para el significado Lamazares se empapa de poesía. El pintor es el traductor del mundo y en su reciente exposición en la galería Trinta, que podrá verse hasta el 6 de Septiembre, Lamazares traduce a San Juan de la Cruz. El desmayo y el azoramiento ascético se entienden muy bien en Alfabeto Delfín. El fraseo corto y sincopado del santo parece haber sido compuesto para el nuevo abecedario. Los apetitos espirituales encuentran acomodo en las nuevas letras porque las nuevas letras están escritas en la misma fuente. El respeto a lo sagrado, la necesidad de ser bendecido. En una palabra, la fe.

En el margen de los márgenes, ajeno al mercado y a las modas, Lamazares camina por un recio deambulatorio en el que caben cada vez menos elementos. Desnuda la verdad de cualquier rastro de habilidades o trucos. Fuertemente comprometido con la práctica diaria de la pintura, el silencio de la noche es el momento elegido. Es cuando mejor susurran los poetas. En la vigilia acecha la santidad y las rutinas acaban por convertirse en liturgia. El cartón con el que trabaja es ungido con innumerables manos de esmalte. Cuando se graba la letra, en el cartón lacerado aflora una bella cata de todas esas capas.

La mancha es densa y sabia porque la pintura a veces solo tiene que ver con su simple aplicación. Una obra puede contener una sustanciosa carga literaria o una temática muy característica, pero hay algo que es únicamente propio de la pintura y es en esas calidades donde el autor se la juega. Un pintor puede hablar de muchas cosas, puede poner su pincel al servicio de cualquier causa, pero siempre tiene que hablar, además y sobre todo, de pintura. La impronta de Lamazares es industrial pero a la vez extremadamente refinada. Utiliza materiales corrientes por razones de humildad. Pero las tintas ordinarias acaban siendo redimidas por la mano del autor.

Las obsesiones producen una extraña pureza en la que se penetra muy despacio. En realidad no se trata de un cuadro, se trata de entrar en una realidad nueva, en habitar un espacio que el autor ha creado para nosotros. Con el Alfabeto Delfín, Lamazares construye un puente o abre una puerta. Nos invita a su casa. Nos abre su corazón.

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