Álvaro Pombo: «El poliamor me parece una broma»

«Prefiero morirme yo a que se muera el gato», asegura el escritor y académico, que habla sobre su compañero de piso en la pandemia, de la amistad, el amor, la literatura y la vida

Álvaro Pombo, en su casa con su gato negro
Álvaro Pombo, en su casa con su gato negro

Don Álvaro Pombo (Santander, 1939) es «muy bueno por teléfono». Lo dice él mismo, que vive y escribe desde hace años prácticamente confinado con su gato negro, el original que inspira el personaje de Rudyard-Barraquito en su última novela, El destino de un gato común. «Yo es que he sido telefonista durante años, telefonista del Banco Urquijo de Londres. Cuando terminé la carrera de Filología me fui a Londres e hice cuatro años en Birkbeck. Después de conseguir el título de Bachelor of Arts in Philosophy, estuve trabajando en unas cosas y otras, y me tenía que colocar. Seguí en Londres por un tiempo más... Esto hace muchos años, en 1970, me parece», empieza a tirar del hilo del ovillo de su vida el escritor y académico de la RAE. «Y así me surgió lo de telefonista. Por eso soy muy bueno por teléfono».

­-Es una cualidad en estos tiempos.

-Sí. Ahora todo el mundo vive por teléfono. Pero hay gente que se queda cortada por teléfono. A mí no me pasa...

­-Tampoco le pasa escribiendo. Su literatura tiene zarpa para todo: la nostalgia militar, la nueva maternidad, las sombras familiares, la erosión del matrimonio...

-A mi edad, no me corto yo fácilmente.

­-Nos hace disfrutar de un modo felino con «El destino de un gato común».

-¡Eso está bien! A veces empiezas a leer a la fuerza y luego te encanta. Otras veces, ¡empiezas a la fuerza, sigues a la fuerza y terminas a la fuerza! Jajajaja.

­-¿De niño empezó a leer la fuerza?

-No. De niño, Alcázar y Pedrín era lo que leía. Y El guerrero del antifaz. Chistes, que los llamábamos entonces... ¿Cómo le llaman ahora? Cómics. Leer es un hábito adquirido. Muchas veces me preguntan: ¿Qué hay que hacer para que lean los niños? Pues empezar pronto, y por cosas como las que digo, aunque sean bobadas. Fue más adelante cuando empecé a leer a Verne, o La isla del tesoro. ¿Sabes qué pasa? Que antiguamente o leías o jugabas al fútbol. Pero hoy en día tienen los niños tantas diversiones...

­-O mucha PlayStation, de la que habla también en esta novela.

-Y es una opción tentadora, creo yo. Yo no juego a la Play, pero comprendo que a la gente le divierta. Pero hablar, hablo de casi todo, con más o menos acierto.

­-Este gato que es la majestad de su novela es común y no tanto.

-Es un gato común porque es un Felis catus de la calle. Es un gato muy madrileño.

-¿El gato de su novela es real?

-Sí. Me lo regalaron unas chicas que lo encontraron por el puente de Segovia. Era un gato asilvestrado y sigue siendo un poco asilvestrado. Ahora está subido al armario. Está siempre en las alturas, donde controla, ¿sabes? Aunque en este momento no controla, está dando la cabezada de después del desayuno.

-¿Y esa dimensión metafísica que la da usted al gato?

-Yo no soy lo que llaman ahora «animalista», pero soy aficionado a los gatos de toda la vida. Lo encuentro un animal perspicaz. Con ese punto que tienen de independencia. Los gatos son cariñosos cuando lo quieren, pero también muy independientes, hay que dejarlos un poco a su bola. Esto hace que sean buenos compañeros para convivir. Yo soy sedentario, estoy en casa mucho tiempo y la vida es fácil con un gato. Es muy ágil, está muy pendiente, tiene ojos muy cambiantes, persigue a los pájaros (¡eso es muy horrible!). Aparte del gato, cuando es verano a casa vienen los vencejos. Hay unos agujeros en casa que alquilo a los vencejos que vienen de África. ¿Te acuerdas de los vencejos?

­-No. Yo por aquí veo sobre todo gaviotas...

-La gaviota se ha estropeado con la civilización, antes era muy divertida. Ahora son un horror porque van a los basureros. ¿Vives en La Coruña? «Dicen que La Coruña es fea porque no tiene balcones, ¡pero tiene unas rapazas que roban los corazones!». Coruña es muy bonita, muy marinera.

-¿Se parece a su Santander?

-Sí, pero tiene otro aire porque da a Atlántico. Torrente Ballester decía que era más fácil ir a Nueva York que a Coruña. Yo he empleado toda la noche en llegar de Madrid a Coruña, hace años, en un tren que se llamaba El Rápido. ¿Rápido? ¡De eso nada! Se paraba en todas las estaciones: ¡bluuu pa! El sueño que habías cogido se te quitaba.

-¿Esos dos gatos de la novela, Rudyard-Barraquito, somos todos? ¿Son como un espejo?

—Son un solo gato. Los gatos van acumulando nombres a lo largo de la vida. Prefiero morirme yo a que se muera el gato, los gatos. Este es un gato Austria, que va de negro hasta los pies vestido, ¡como don Felipe IV! Se llama Rudyard por Kipling y Barraquito por Lorca. Es grande el misterio de los animales de compañía. Llega un punto en que nosotros nos acercamos al animal y el animal a nosotros.

«¿Cualquier tiempo pasado fue mejor? Aunque lo diga Jorge Manrique, yo no lo creo»

—Su literatura araña con humor, pero también nos atrae hacia la melancolía.

—¿Y a quién no le atrapa la melancolía? Una cosa es la melancolía y otra la nostalgia del pasado. Yo de esto no tengo, vivo muy en el presente. ¿Cualquier tiempo pasado fue mejor? Aunque lo diga Manrique, no lo creo. Vivo el tiempo de un hombre de 81 años con achaques y movilidad reducida... Pero cuando me preguntan qué paisaje me gusta más, digo el de mi terraza. Me dicen: «¡Qué pesao, ¿no lo ves todos los días?». ¡Por eso! Me gusta la repetición, soy kierkegaardiano. Cuantas más veces estoy con una persona, más interesante me parece. Me gusta la gente con quien estoy, poca, no todo el mundo. Nadie tiene millones de amigos.

—Quizá en Facebook...

—Pero no son amigos. Hay gente que en redes tiene 300 contactos, ¡infernal! Jajaja. Porque no puedes llegar a hacer esa cosa fundamental que es la conexión real.

—No es algo exclusivo del mundo virtual, pasa en el matrimonio que retrata en la novela. Están pero no conectan.

—Fue un matrimonio que empezó bien y luego se cansó. Eso también ocurre.

—Ya que dispara al poliamor, ¿la literatura de hoy la ve poliamorosa?

—Yo la idea del poliamor me la tomo un poco en broma. Viene de Bauman y los amores líquidos. Y José Antonio Marina habla de los sentimientos mercuriales. Son esos amores que no duran. El poliamor me recuerda a esa canción: «Soy capitán de un barco inglés y en cada puerto tengo una mujer...».

—¿No se puede amar a dos o más personas a la vez?

—Yo no puedo. Se puede ampliar el panorama afectivo, pero nos divierte demasiado la frivolidad. El amor necesita, como la cristalización de los minerales, espacio, reposo y tiempo. Sin eso, se queda en nada.

«Antiguamente, los matrimonios aguantaban, las mujeres aguantaban... Eso no era un bien, pero contenía un bien»

—A veces uno resiste por costumbre.

—Es cierto... Antiguamente, los matrimonios aguantaban. Las mujeres aguantaban mucho; eso no era necesariamente un bien, pero contenía un bien, la idea de que las personas no somos perfectas y tenemos que aguantarnos los unos a los otros. Veo que todo el juego amoroso hoy se ha simplificado y vulgarizado.

—«El regreso es la infidelidad más profunda», escribe. Explíquenos.

—¿Es posible volver cuando te has ido? A veces te vas por cansancio y vuelves por cansancio. No siempre es bueno volver, hay que seguir adelante. ¡Sigue, sigue, sigue! Siempre adelante, no regreses, decía Cernuda. En el regreso hay cierta concesión a la derrota. Pero los gallegos tenéis toda una lexicografía de la nostalgia, de la morriña de la tierra. No me refería yo a volver a la tierra, que es otra cosa, sino a volver con una pareja que se ha roto.

—En su literatura también hay morriña.

—Sí, soy un poeta norteño. Soy de Santander, pero a los 16 me fui a Castilla, y me he vuelto muy de secano.

—Hace combinaciones insólitas con las palabras, es poco ortodoxo con el lenguaje.

—Para mí ha sido importantísimo don Ramón María del Valle-Inclán. Él tenía el ritmo de la viva voz. La viva voz es arbitraria. En la familia hablábamos raro. Somos laístas sin querer. Tengo esa especie de incorrección santanderina, montañesa. Yo no soy purista.

—¿Qué rareza tenía de niño?

—No me gustaban los macarrones... ¡y ahora puedo comerlos días y años!

«Uno puede mejorar, como el vino, dejar a un lado la basura biográfica»

—Le hago una gran pregunta de su novela: ¿«Puede cambiarse el corazón, la sensibilidad, más allá de los 70»?

—Sí. Uno puede mejorar con el tiempo, como el vino. Puede afinar lo que es, refinarse, dejar a un lado la basura biográfica. Hay una ascética de la madurez en la cual uno va dejando un poco atrás la basura, las tonterías de la vida, como las envidias, las impaciencias...

—También se puede embrutecer una...

—¡Hombre, puede volverse uno una bestia! Puedes volverte una persona obsesiva, egoísta y medio sorda al mundo. La vejez puede ser un momento bestial. A mí el reuma me puede inmovilizar el alma. Hay un reuma del alma también...

—Dispara con acierto a la maternidad superflua, delegada, de muchas mujeres de hoy.

—A la maternidad rechazada, sí. Pero una madraza puede ser un horror, un infierno. Las madres que lo viven todo a través de sus hijos creo que cometen un error.

—Somos hijos de nuestro tiempo, muy vulnerables a la presión social del momento.

—Todos somos vulnerables a esa presión, incluso yo, que vivo prácticamente aislado.

—En esta novela hay una escena maravillosa que dibuja la felicidad como una tarde de domingo en casa, juntos abuelo, nieto y gato, sin tener nada que hacer. Feliz e improductiva compañía.

—Eso es la felicidad si estamos pendientes. Los momentos de plenitud tranquila. No es una cosa romántica lo que digo. Es importante que la vida sea ordenada, llena de afectos reales, con esos momentos de calma. «Alciónicos» se llaman cuando el nido del alción está metido en el mar. Yo llamo felicidad a esos momentos de paz, una felicidad que no exige unos ejercicios espirituales perpetuos, pero sí laborear sobre nosotros mismos.

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