Victoria Camps, filósofa: «Tenemos que aprender a envejecer»

La pensadora que elogia la lentitud publica hoy «Tiempo de cuidados», que invita a una pausa para repensar la vida. El área geográfica más longeva del mundo lo es por dos factores, apunta

La filósofa Victoria Camps publica «Tiempo de cuidados»
La filósofa Victoria Camps publica «Tiempo de cuidados»

Aún tenemos una concepción del trabajo de la época de la revolución industrial, «con mucha disciplina y mucho horario porque sí», y el valor del cuidado pendiente de convertirse en el asunto central que en realidad es, advierte Victoria Camps (Barcelona, 1941), catedrática de Filosofía Política y Moral, y consejera permanente del Consejo de Estado, que nos orienta en la búsqueda tranquila de la felicidad sin caer en el spa de la autoayuda. «La pandemia nos ha mostrado que hay otra forma de estar en el mundo», señala la filósofa, que publica Tiempo de cuidados. «Y esta forma de estar debería ser más cuidadosa y razonable, menos individualista y arrogante. Con la pandemia nos hemos dado cuenta de la importancia de cuidarnos y de cuidar a otros. Empezamos a ser conscientes de lo interdependientes que somos, y eso supone ya un cambio, una forma distinta de vivir, de relacionarnos con los demás, con nosotros mismos y también con la naturaleza», considera la que fue miembro del primer Comité de Bioética de España. «Cuidarse, ocuparse de uno mismo, es iniciarse en la filosofía», afirma. ¿Sabemos cómo somos, qué deseamos y pensamos, cuál es nuestro deber respecto a nosotros y los demás?

 -«Tiempo de cuidados» dibuja un mapa de cambios desde el sosiego, que persiguen una Administración «más cuidadora y cuidadosa» y un modelo socio-político más basado en la cooperación.

-En la cooperación y en la coordinación. Lo hemos visto con la pandemia: es mucho más difícil si no nos ponemos de acuerdo.

-¿Cuál ha sido la lección más importante de este año?

-Tomar conciencia de lo vulnerables y de lo frágiles que somos. La pandemia nos ha dado sobre todo una lección de humildad.

«Ha habido momentos en la pandemia, sobre todo al principio, de tener muy aisladas a las personas mayores. Eso no es cuidar»

-No todos somos igual de vulnerables...

-Claro que no, esa vulnerabilidad se cierne más sobre las personas que son vulnerables de por sí porque tienen más años. ¡Y me cuento, que ya he cumplido los 80! Ya estoy en esa edad... Hemos visto que no se ha atendido adecuadamente esta especial vulnerabilidad. Ha habido momentos en la pandemia, sobre todo al principio, de encierros excesivos, de tener muy aisladas a las personas mayores. Eso no es cuidar... Lo que refleja es una desidia de todos, en especial de las Administraciones.

-Muchos de esos mayores, dice, ya vivían «aislados» en residencias antes de que estallase la pandemia.

-Sí. Y es revelador el dato de que solamente un 4 % de los mayores que viven en residencias están allí por voluntad propia. Ojalá esto obligue a revisar el modelo de residencias, dependiente en muchos casos de intereses económicos, y el tipo de atención que tenemos, y no solo a los mayores, sino también a los discapacitados.

-¿Somos una sociedad que valora el coraje, pero no la sensibilidad, como señala José Antonio Marina?

-Pero el coraje es importante, ojo, y es una de las virtudes que más fallan en nuestro tiempo. Falla por parte de aquellos y aquellas que tienen poder, la valentía de hacer aquello que se debe hacer. Se nota en eso de «Debe hacerse, pero no hay voluntad política». ¿Qué significa «no hay voluntad política? Que no hay valentía, que no se atreven a hacer lo que tienen que hacer.

-Pero hay comportamientos temerarios que algunos toman por valientes.

-No me refiero a medidas efectistas. Valentía en política significa tomar medidas que a veces son impopulares y no dan votos, pero son las necesarias y son las que aportan más al bien común.

-¿Qué país o Gobierno es el modelo en este contexto?

-No lo sé. Hay fallos en todas partes. No hablaría de un país modélico.

-Asusta oír hablar, por ejemplo, de la consistencia y coherencia del modelo chino...

-Ah, entonces la pregunta es otra: ¿Estamos en una democracia o no? La democracia tiene sus fallos, es más lenta en la toma de decisiones, hay que recabar opiniones de todos los grupos, hay que discutir las cosas, pero hay menos limitaciones de la libertad que en los regímenes autoritarios. Parto del supuesto de que la democracia es el mejor régimen. China no es una democracia.

«La obligación de cuidar no puede recaer solo en la familia, que es la principal cuidadora, ni solo en la mujer. El cuidado hay que repartirlo»

-De los años 80 al 2000 el rumbo lo marcó un progreso con espacio grande para la libertad. ¿Quedaron en el camino valores importantes, como el tiempo en familia o el cuidado lento de los nuestros?

-Poner de manifiesto el cuidado como un valor esencial ha de ir de la mano de una obligación: repartir el deber de cuidar. Hace 50 años los cuidados eran en el hogar y de ellos se ocupaban en exclusiva las mujeres. Pero la obligación de cuidar no puede recaer solo en la familia, que es la principal cuidadora, ni solo en la mujer. Y si recae solo en la familia, acaba recayendo casi siempre en la mujer, que ha asumido ese papel tradicionalmente por amor, como si fuese su destino. El cuidado hay que redistribuirlo. Es un derecho ser cuidados, y esto engendra unas obligaciones: de unas debe hacerse cargo la Administración y de otras la familia. Pero volver al mundo de nuestras abuelas no es la solución. Si hemos caído en la cuenta de que el cuidado supone un valor y un problema es porque la mujer ha salido de casa a trabajar fuera. Pero la obligación de cuidar sigue ahí. Hay que atenderla. El cuidado debe tener un valor político.

-¿Nos ha dejado más cojos social y humanamente la pandemia?

-No, no estamos más cojos socialmente. Más que la gente, ha fallado el sistema.

­—«Cuidar no es una mercancía más sometida a las leyes de la oferta y la demanda», «cuidar no es rentable», escribe. ¿Cómo podemos resolver de manera justa el conflicto del amor y la profesionalización del cuidado?, ¿qué es cuidar?

—Pagamos cuidadores, pero somos conscientes de que no todo se puede delegar. Tampoco queremos delegarlo todo. La relación entre padres e hijos ha cambiado mucho respecto a hace años, en la forma de estar. Cuidar es, en cualquier caso, algo imprescindible y lleno de imprevistos, en el que lo afectivo no deja de estar. Cuando se te pone un niño enfermo a las tres de la mañana, eres tú quien debe hacerse cargo, y si tus padres están mal, el primero que debe responder es el que está más cerca. El cuidado no es un producto que hay que comprar y vender, pero esto no quiere decir que se deba volver atrás, y abandonar todo a la espontaneidad de aquel que diga: «Yo me hago cargo». La responsabilidad del cuidado, insisto, hay que repartirla. El cuidado no es una cuestión privada, es una cuestión de interés público.

«Ser madre es una carga que las mujeres llevan, por más que lo deseen o que les guste»

­—La maternidad ahonda la brecha laboral, ¿entiende al Club de las Malasmadres?

—Sí. La maternidad es un tema que ni el feminismo había abordado; lo había dejado de lado porque era un problema que se resolvía, y aún se resuelve, mal. Ser madre es una carga que las mujeres llevan, esto es así, por más que lo deseen o que les guste.

—El problema es político y social, pero también hay un reparto desigual, muchas veces asumido por inercia y amor, en casa.

—Y ahí no hay ley que valga, por mucho que quieras legislar... En el libro lo resumo en que hemos dado mucha importancia a la vida productiva y poca a la vida reproductiva. Pero la productividad no se sostiene sin cuidados. Lo plantea bien Katrine Marçal en ¿Quién le hacía la cena a Adam Smith? ¿Quién cuidaba al padre del liberalismo para que pudiese producir? Sin esos cuidados «invisibles» habría escrito menos... o peor.

­­—Advierte la gran paradoja del cuidado: algo de tanto valor y tan mal pagado.

—Lo ha puesto de manifiesto la pandemia con los trabajos esenciales. Son los peor pagados, justo aquellos de los que no se puede prescindir, sanitarios aparte. En el cuidado de la gente mayor gobierna la improvisación, son trabajos en los que crece la demanda pero no se valoran. Suelen estar desempeñados por mujeres, muchas veces inmigrantes, que realizan un trabajo equiparable al de las empleadas del hogar. 

­—Las movilizaciones feministas han ido a menos, ¿también la conciencia de la desigualdad? ¿Daremos un paso atrás?

—Yo espero que no. Quizá nos quedemos igual. Las prioridades de casi todo el mundo han cambiado este año, empezando por darnos cuenta de que hay cosas esenciales a las que no dábamos importancia o no la importancia que tienen, como la salud. Esto nos debe hacer exigentes con los Gobiernos, con la necesidad de mantener un sector público potente. Y ya hay gente que ya no quiere vivir en grandes ciudades, sino en lugares más amables, sin tanto coche, tanta necesidad de transporte... Puede llevar a un cambio en la manera de vivir, ¿no?

—¿Al sistema capitalista le quedan unos años, colapsará, tal como prevén algunos expertos?

—En parte se está viendo. Que en España se haya aprobado un ingreso mínimo vital es un paso adelante. El capitalismo no colapsa, se corrige sobre la base de cambios como este y una redistribución fiscal más justa.

—¿Seremos más ecológicos?

—¡Lo estamos siendo! Hay políticas que nos obligan a contaminar menos. Ya sabemos que no podemos seguir depredando igual. Aunque, claro, están también los negacionistas y los extremistas. Este es un mundo muy polarizado. Pero el cambio vendrá por la moderación; la moderación es la que hace que se vaya transformando la realidad.

­—¿Se están desinflando los populismos?

—¿Podemos ser más populistas de lo que lo hemos sido? Cuando hay crisis, los grupos populistas dan soluciones fáciles que tienen éxito porque introducen certidumbres sin fundamento, pero que la gente busca por comodidad. El populismo a algunos les da confort, buscar culpables es una manera de despejar la inseguridad.

«Lo que más tememos es tener que vivir el final en soledad, tener que arreglárnoslas solos, ser invisibles»

—¿Envejecer es no estar en Instagram?

—Envejecer no es una fiesta. Es duro.

—Pero antes de la pandemia sí lo habíamos convertido en una fiesta...

—Convertir la vejez en una fiesta es engañarse.

—¿Nos atormenta envejecer? Antes se asumía con mayor naturalidad.

—Hoy, más que envejecer o morir, nos atormenta sufrir. Lo que más tememos es tener que vivir el final en soledad, tener que arreglárnoslas solos, ser invisibles. Tenemos que aprender a envejecer sin sufrir.

—Cita a Ramón y Cajal para explicar que «el viejo es desgraciado porque no puede crear». ¿Cómo podemos hacer más creativa la vejez, cómo envejecer mejor?

—Hay un eslogan de la OMS sobre envejecimiento activo: que los mayores sigan siendo activos para no quedar apartados, para no ir perdiendo la curiosidad, la conexión. ¿Cómo se consigue? Dejando que la gente se jubile cuando quiera, por ejemplo, no cuando lo prescribe una ley. Luego con una buena oferta cultural, mantener las actividades intelectuales, si el alzhéimer no lo impide, claro.

—Revela que el área geográfica más longeva del mundo es Okinawa y lo es por dos factores.

—Sí, en Okinawa los centenarios llegan al 20 % de la población, y se debe, además de a la alimentación, al sentido de pertenencia que tienen sus mayores.

—Hoy no se interna a los niños ni a los jóvenes, pero sí a los mayores. «Los centros de día y los asilos geriátricos son algo equiparable a lo que fueron los internados», apunta. ¿Percibe aquí gerontofobia, como señala Adela Cortina?

—No, yo no veo odio hacia los mayores, pero sí veo una cierta indiferencia, un «¿para qué sirven?». Cuando uno se hace mayor, pierde la conexión con cambios que van demasiado deprisa para su ritmo. Esto es lo que hace que los mayores se vayan quedando fuera de un mundo que ni les pertenece ni sienten que pertenecen a él. Okinawa lo ha resuelto con la buena alimentación (solo consumen fruta, verdura, pescado, soja y el alga kombu) y con tener a los mayores muy integrados (lo que aumenta sus ganas de vivir).

—Hay varias referencias para anotar en «Tiempo de cuidados», entre otras el libro «Si puede no vaya al médico», de Antonio Sitges-Serra, que contrasta con la tendencia de hoy a medicalizarlo todo, de la infancia a la ancianidad.

—Es un bestseller estupendo, para tener en cuenta. Lo que señala es que el cuidado está medicalizado en exceso, sobre todo en la vejez. Demasiadas pruebas, demasiada medicación... y esta es, al final, una de las principales causas de muerte: ir sumando medicamentos que al final ni son compatibles entre ellos ni son buenos para la persona.

—¿A qué llama «morir bien»?

—No a la eutanasia, sino sobre todo a acompañar en el proceso final a una persona. Hay que aliviar no solo el dolor físico, los cuidados paliativos funcionan bien. Pero hay más, hay que aliviar el sufrimiento psíquico, a menudo invisible, de verse aislado o absolutamente dependiente de otros. Aliviar esto al máximo es cuidar.

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