«Triste tigre»: las caricias que humillan a un niño

FUGAS

Neige Sinno rompe el relato establecido en torno a las violaciones de menores con una joya rebelde que nace del calvario infligido por su padrastro

18 oct 2024 . Actualizado a las 05:00 h.

Entender a las víctimas es fácil, todos podemos ponernos en su lugar, dice Neige Sinno (Vars, Francia, 1977), la escritora que ha desatado un fenómeno literario tronzando el molde del relato establecido sobre la violación y el abuso sexual de niños. De una valentía inédita en el fondo y en la forma, Sinno ha convertido la denuncia de las agresiones sexuales infligidas por su enérgico padrastro de los 7 a los 14 años en una obra maestra, que no es fácil transitar desde el principio.

Sinno no esconde intenciones. Es cruda, desconcertante, cruel como el pensamiento helado al abordar el proceso desde los primeros episodios que recuerda (otros en la nebulosa se irán desbloqueando con ayuda de su madre y el tiempo bien empleado) hasta construir una familia sin lograr desalojar el peso de la herida.

Neige venga el dolor de modo estoico e implacable, con denuncia, con literatura, con templanza, con vulnerable  humanidad, con rigor e ironía, una ironía enraizada en el dolor sin salida de asumir que hay seres que quedan dañados para siempre, porque hay quienes disfrutan del daño perpetrado como escuela de vida. Dañan porque pueden, a quien pueden, ¿a quién se daña si no? La forma de poder más monstruoso se desnuda, con carnívora tristeza, en Triste tigre, de Neige Sinno, pero es la base de toda una cultura, del sistema, del lenguaje, de esa épica del horror que fascina a una parte de la humanidad quizá en secreto.

A ver si eres hombre para soportar la inocencia, la voz que se emancipa al hacer este relato del infierno.

Sinno tiene la bomba en la mano desde el principio de Triste tigre. De partida, no nos deja ponernos en el lugar de la víctima, no nos deja estar cómodos, desplomarnos en el cliché con las mentes fláccidas, hacer en él nuestra casita de muñecas con muebles diminutos y habitaciones cerradas. Cerradas incluso a nuestras certezas y miedos. Sinno abre los trasteros, revienta el miedo a la oscuridad y el silencio, el pensamiento paradójico, dejar salir las arañas, acaricia los muebles gastados y obliga a mirar donde el pensamiento racional de los adultos que mandan no llega. Y nos lleva a ese continente por hacer que es la cabeza de un niño, de una niña.

«¿Por qué preguntan a un niño violado si ha tenido placer? (...) A un niño maltratado le humillan los golpes, a un niño violado, las caricias», nos tambaleamos. Es una de las muchas veces en que nos cuesta mantener la cabeza en pie en el relato de Sinno.

Lees y ves y no ves, y entras con resistencia en la cabeza del monstruo, de un monstruo vestido de triunfador de la vida, de tipo montañero sin debilidad aparentemente, que a la vez que viola sueña con hacer una familia numerosa. Y la hizo. Es difícil mirar a los ojos de descaro de una niña. Es un dolor difícil de localizar este libro, una hemorragia interna de las ideas.

El tigre tan monstruoso como banal que merodea las certezas plasticosas en Triste tigre, que revisita el canon literario de la herida desde Nabokov a Carrère, pasando por William Blake (con su poema del tigre, página 165), te pone sobre aviso: «El cuarto de un niño siempre está abierto». ¿Entiendes? La libertad de un niño, su identidad, su intimidad, su futuro, no se protege cerrando los ojos o cerrando puertas, sino estando atento a la posibilidad de un tigre que nunca está contento. 

¿Qué necesidad hay de leer esto? Que suceda menos. Romper el relato confortable que mira para otro lado. Oír la voz del niño que no escuchamos a tiempo. Entender que esa voz puede llegar a descongelar el tiempo y hacer que el adulto destrozado libere al niño que fue de su pequeño pero absoluto infierno.

Triste tigre no cura, pero ayuda a comprender. Triste tigre es un acto valiente, solidario y preventivo.