Vega: «En mí ya no queda aquel ímpetu del suicidio por un ideal»

FUGAS

cedida

De entre cenizas de mil incendios ha brotado «Ignis», un disco que debería redimir a Vega. Por si acaso, se concede siete conciertos que son «siete caprichos». Uno de ellos, este sábado en A Coruña

13 mar 2025 . Actualizado a las 22:36 h.

Es tal la entidad de Ignis, el último disco de Vega, que bastaría para consagrar a cualquier artista. Pero es que Vega no es «cualquier artista». Su inquebrantable vocación de outsider y su condición de independiente activista no ha sido bien acogida por una industria que creyó ver en ella un goloso caramelito. Y desde entonces, en cada letra, cada canción y cada disco, Vega procura una redención tan merecida como improbable. Y en ello se va dejando la piel, algo de salud y sus royalties. De entre las cenizas que han quedado tras su último incendio interior ha brotado ahora un álbum de pop y rock visceral, tan conmovedor como intenso, que Vega presentará en directo en tan solo siete conciertos. Uno de ellos, este sábado en el Teatro Colón de A Coruña.

—¿Cómo te enfrentas a esta gira?

—Pues te diría que con bastante calma. Igual con demasiada calma [se ríe]. Quizá porque antes de hacer este disco he mirado mucho para adentro y he reflexionado mucho en torno a quién soy y qué quiero hacer en la música. Eso me ha requerido un trabajo de asimilación y de decirme a mí misma: «¿Qué prefieres: seguir peleando dentro una industria en la que no te sientes cómoda o hacer tu carrera como puedas y que salga como salga, pero desde la calma?». Y elegí lo segundo por aquello de que cero expectativas, cero frustraciones.

—Como dice Iván Ferreiro en «En el alambre», esa canción que reconoces que tanto te ha inspirado para este disco, ¿no te cansas de sentirte siempre fuera de lugar?

—Sí, claro. Después de Mirlo blanco pasaron muchas cosas a nivel personal y familiar y llegué a cogerle, no te diré asco, pero sí repulsa a cualquier cosa que tuviera que ver con la música. No era capaz de coger una guitarra, no quería acercarme a un piano, no quería saber absolutamente nada de nada ni de nadie. Y cuando escuché esa canción de Iván me sentí identificada en cada frase. Fue una catarsis total y me quedé con el «puede que al final tengamos que dejarnos caer». Y me dejé de caer. Y de repente un día, cuando iba a tocar En el alambre con la guitarra, ya pasó lo que me pasaba siempre: me puse a crear, salió Si los árboles bailan y hasta aquí.

—«Puede que al final todo sea un principio», dices. ¿De qué te sientes más cerca, de un principio o de un final?

—Siempre digo que conmigo nunca hay un final porque yo la certeza absoluta no la tengo de nada. Entonces, solo hay eternos principios. Esa es la sensación permanente que ha tenido en mi carrera. La de que llevo 22 años de principios. Y que cada vez vuelvo a empezar. Así que he asimilado que tengo que comenzar a disfrutar de los principios. Oye, pues mira, qué gusto que lo puedo volver a intentar. Y me preguntarás: «¿Intentar qué?». Pues no lo sé. Después de tantos años no tengo ni idea de qué es lo que tengo que intentar.

—La palabra que más repetías en «Mirlo blanco» era «renacer». En «Ignis» no la citas, pero ese concepto está absolutamente presente en todo el disco.

—Sí, está presente, pero porque Ignis es un disco que nació sin la pretensión de ser un disco. Por primera vez ha sido: «Mierda, tengo las canciones, ahora la pregunta es: ¿quiero hacer un disco?». Y ahí es donde aparecieron las líneas rojas que han marcado la forma de sacar este álbum. Porque son las que me dan calma y las que me permiten estar en la industria de una manera psíquicamente sana para mí, no tóxica.

—¿Cuáles eran esas líneas rojas?

—Empiezan por asimilar que yo, como independiente, no puedo entrar a intentar jugar en el tapete en el que venía jugando. Querer competir en una liga que no es la mía ha sido algo que me ha desgastado mucho. No sé hasta qué punto, con 46 años, es responsable o irresponsable seguir invirtiendo cada derecho de autor que percibo en algo que siempre se va a quedar corto en comparación con lo que puede llegar a invertir, por ejemplo, una multinacional. Pero aun así, al final decidí sacar este disco. Dije: «Voy a hacer la inversión más grande de mi vida, pero es la última». Y te lo digo tajantemente.

—¿Y por qué solo siete conciertos?

—Porque no acepto que para poder tocar, o tengo que pagar o tengo que ir mucho más mermada en medios que otros compañeros porque a mí no me pagan el caché. Si quien quiera tener a Vega no entiende que Vega con 22 años de carrera tiene estos costes para poder llevar la banda que lleva, para tocar a gusto encima de un escenario y dar el espectáculo que quiere dar a esta edad, pues no la tendrá. Y ya está.

—Y los festivales, ¿ninguno te ha echado los tejos?

—Sí, claro, te echan los tejos pero quieren que vayas como si tuvieras un disco en el mercado. Y lo siento, pero no. También lo digo, es un privilegio que me tomo porque sé que en mi casa no va a faltar nunca un plato caliente. Tampoco quiero juzgar a quienes sí aceptan condiciones que no me parecen que son de recibo porque desde la necesidad cada uno es libre de tomar sus decisiones. El otro día en una asamblea de la asociación MIM [Mujeres en la Industria Musical] tuve que decir «¿podemos dejar de hablar de cuántas mujeres hay en los carteles de los festivales y hablar de la calidad en la que están?». Porque a mí, que tengan siete mujeres y estén mal pagadas y en malos horarios, no me sirve de nada. Creo que es pan para hoy y hambre para mañana. Lo que necesitamos es un trato exactamente igual que el de los demás artistas.

—¿Qué queda en ti de la «reina pez»?

—Uy, queda todo. En el activismo y la beligerancia ante las cosas que no me parecen justas, creo que, como nos pasa a todos cuando cumplimos años, me he vuelto más cascarrabias. Voy a peor. Lo que ya no queda es el ímpetu del suicidio por un ideal porque te das cuenta que no consigues nada y que lo único que te llevas es un mal rato que incluso te merma más en fuerzas. Es un desgaste innecesario.

—¿Es la rabia un motor para la creación?

—Totalmente. En Ignis hay una parte de duelo que luego se convierte en rabia. Y si eso no se hubiera dado, jamás habría escrito un disco como este.

—¿Y la nostalgia?

—Sí, la nostalgia también es un motor para la creación. Lo que pasa es que soy consciente de que aquello de lo que tengo nostalgia es una mierda. Eso no quita que no me duela y que no lo eche de menos.

—En «Crisantemo» dices que te niegas a ser parte «de este circo de necios».

—Sí, lo tengo clarísimo. Aparte los tengo a todos con nombres y apellidos. Algún día, si no vendo discos, igual me da por contárselo a alguien, porque creo que no sería capaz de escribirlo sin prenderle fuego a todo a la vez. Pero, sí, tengo mi propia lista Arya Stark.

—Esa «niña descalza corriendo entre escombros» de la que hablas en una de las canciones, ¿eres tú?

—Sí, totalmente. Es una canción muy gráfica, porque lo que quería representar es precisamente todas esas cosas por las que había pasado: el duelo, la decepción, la nostalgia, el amor a pesar del duelo, y al final decir «mira, es que tengo un instinto dentro, que es el de una niña que está tan desvergonzadamente acostumbrada a sobrevivir en términos musicales y personales a una industria, que me siento como esa foto en la que un niño va descalzo entre escombros en mitad una guerra y está loco por salir de allí.

—Hace unos días en tu canal de Instagram hablabas de las musas de la noche y de los egos del día. ¿Contra cuáles te cuesta más luchar?

—Contra los egos. Primero, contra los ajenos, que son tremendos. Cada día me miro menos las redes porque todo me parece de una irrealidad flagrante. Lidiar con toda esa información es supertóxico a nivel personal. Y luego, contra los egos propios. En mi caso, el ego solo me lleva a la autocompasión y no hay cosa que menos soporte que la autocompasión.

—Hablamos mucho de relaciones tóxicas, pero cuando la relación tóxica es contigo misma, ¿cómo se gestiona?

—Con humildad y sabiendo cuándo tienes que parar. Hay veces que uno se da cuenta y hay veces que, gracias a Dios, tienes amigos y gente maravillosa a tu alrededor que intentan ponerte los pies en el suelo.

—Ahora tienes siete oportunidades para resarcirte y devolverte la confianza en ti misma y hasta quizá en la industria.

—En la industria me va a costar porque, por desgracia, mis 22 años de carrera me hacen saber bien cómo funciona y saber que tiene poco arreglo. Y, sobre todo, que si lo tiene, el arreglo no está en mi mano. Que esto es otra cosa que he asimilado. Ya he dejado de ir de Juana de Arco. ¿Conmigo misma? A ver..., una gira como esta, con solo siete fechas, con las salas a las que voy y con 16 personas trabajando en el equipo, no se justifica. Es un poco un capricho. Es una gira en la que me regalo el ser feliz. En plan: «¿No me lo dan? Pues me lo doy yo». Y ya lo recuperaré con derechos de autor o ya lo amortizaré en otro momento. Pero por una vez voy a usar mi privilegio para ser feliz yo. Lo he dejado escrito en Ignis: este disco me lo dedico a mí por tantos años de esfuerzo. Y esta gira, igual. Está pensada en qué quiero hacer yo encima de un escenario que me haga feliz.

—Cuando publicaste «Mirlo blanco» decías que en aquel momento Mercedes y Vega eran idénticas, ¿cómo está ese tema ahora?

—Pues siguen igual, solo que Mercedes se ha dado cuenta de que Vega estaba haciendo un poco gilipollas (se ríe). Y la ha avisado. Simplemente le ha dicho, «chata, espérate, que somos la misma y tus decisiones me afectan. Así que vamos a una, pero vamos a ir bien y con una conversación previa antes de que vayas tú de importante lanzándote por ahí». Pero bien, seguimos a una y en una piña. Aunque eso suponga para Vega, asumir quién es, dónde está, qué es lo que hay, le guste o no, y afrontar las cosas como vienen.

  • A CORUÑA TEATRO COLÓN. SÁBADO 15. 21.00. DESDE 24,84 EUROS