Camilo: «Busco ser singular para poder ser inolvidable»

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cami j fatat

Cultiva Camilo, también en su charla, la imagen del antidivo, a pesar de los abrumadores números que sus canciones generan. El 19 de agosto actúa en el festival Costa Feira, en Sanxenxo

01 ago 2025 . Actualizado a las 05:00 h.

Ni una salida de tono, ni un alarde innecesario, cero ostentación y siempre un agradecimiento y una sonrisa. A pesar de su condición de estrella planetaria, Camilo (Medellín, 1994) se refugia del bullicio que le rodea en su condición de padre de familia. Viaja siempre que puede con su mujer —la también cantante Evaluna— y con sus hijas, de 1 y 4 años, y esquiva el afán exhibicionista que tanto atrae y fascina a muchos de los artistas latinos de su generación. Como también esquiva sus sonoridades, acercando los ritmos tropicales y caribeños a la orilla del pop. Hace unos días emprendió una gira por la península que el 19 de agosto lo llevará a Sanxenxo. Galicia es un territorio que conoce bien. Y no solo por los conciertos que ha ofrecido aquí. En el 2021 llegó a Compostela tras recorrer el Camino del Norte. «Galicia me resulta un atajo al sosiego interior», comenta. «Me acuerdo mucho de lo que me impactó la vegetación del último tramo del Camino. Y es una sensación que me acompaña cuando quiero recordar un lugar donde mi interior puede aquietarse».

—Quizá eres el cantante latino más difícil de encasillar.

—Eso me lo tomo como un halago. De todos los rasgos de mi obra y de mi personalidad, el que me hace sentir más orgulloso es la diversidad. Busco ser singular para poder ser inolvidable. Soy consciente de que nado a contracorriente, porque rehúyo alinearme con lo que es uniforme. Pero es que somos seres múltiples. Somos un montón de gente dentro de cada persona y yo quiero que todas esas personas que están dentro de Camilo se expresen a través de mi obra y de mi persona.

—Siempre se dice que somos lo que comemos, y yo creo que también somos lo que escuchamos. Tú creciste entre discos de The Beatles, Mercedes Sosa y Pink Floyd. ¿Cómo te influyó eso?

—Yo le agradezco mucho a mis papás que hubieran grabado casetes y guardado los vinilos de tantas cosas tan diferentes. Eso me llevó a abrir puertas a sensibilidades múltiples. Y yo hoy no puedo sentarme a escribir música sin constantemente montarme en ese barco de la diversidad.

—¿Y entre qué discos van a crecer, o están creciendo, tus hijas?

—Mis hijas tienen una relación con la música que yo no tuve, una relación ininterrumpida. Su primera salida de casa fue para montar en un avión para ir a un concierto de su papá. Yo todavía no tengo manera de saber de qué manera va a impactar eso en su vida, pero en términos de música, en mi casa se escucha absolutamente de todo. Procuro exponerlas a músicas que considero excelentes. Incluso a músicas que a mí no me encanten, pero que creo que es importante que las escuchen. En mi casa todo el día se escucha de todo. Puede sonar desde flamenco a música llanera, rancheras, corridos o Wagner.

—¿Eres de los que todavía compran discos?

—Sí, sobre todo, vinilos. Me gustan por su calidad, pero sobre todo por el ritual de sentarme a permitir que un fenómeno acústico análogo me exponga a una pieza de trabajo completa como un álbum.

—¿Cuál es el último que has comprado?

Clics modernos, de Charly García.

—¿Y eres de los que van a conciertos?

—No voy a muchos porque siempre estoy o de gira o en mi casa, queriendo no salir de ella después de una gira. Entonces, voy a menos conciertos de los que quisiera.

—¿A qué artista te gustaría ver en directo?

—Nunca he visto en vivo a C. Tangana. Me gustaría verlo.

—Tu nuevo sencillo se titula «Maldito ChatGPT». ¿Qué te pasa con él?

—La contradicción que quiero remarcar en esa canción esla ambigüedad que hay entre lo que lo que sentimos y lo que pensamos de lo que sentimos. Hay una gran dualidad ahí que hoy, a la luz de la inteligencia artificial, se hace muy evidente, pero es una dualidad que nos viene acompañando desde siempre.

—Te he escuchado decir varias veces que el amor es la más grande de las revoluciones, ¿pero qué otras revoluciones te quedan pendientes?

—Uy, muchas. La revolución de la inocencia, por ejemplo. Me aburren los expertos que lo saben todo. Desde que soy papá, vuelvo a ver el mundo a través de los ojos de mi hija, que aún no sabe hablar, y digo: «Guau, qué increíble es volver a ver este mundo con ojitos virginales». Eso es algo revolucionario y creo que no lo hemos explorado lo suficiente.

—Da la sensación de que cultivas la imagen del antidivo.

—Lo que a mí más me gusta es la esencia que anima eso que yo hago. Para mí, lo más interesante es lo que yo vivo, no el reflejo exterior de lo que yo vivo. Lo que más me gusta de mi oficio es el movimiento interno que se genera antes de que una canción se haga canción. Me gusta mucho más eso que todo lo que pasa después, afuera. El verdadero tesoro es interior. Es cierto que me identifico poco con las métricas de vanidad que vienen de la mano de la carrera que vivo.

—Titulaste tu gira colombiana como «Nuestro lugar feliz». ¿Cuál es el tuyo?

—Mi lugar feliz es el único lugar en el que yo he estado desde chiquito, que es aquí y ahora. Luego las cosas que pasan por ese lugar feliz cambian, pero el lugar es el mismo.

—¿Y tu rincón secreto, ese al que te vas de vez en cuando para sentirte bien?

—En mi caso, ese rincón es portátil. Es donde sea que yo esté, quietito, sentado, mirando para dentro. Ese rincón va conmigo.

—¿A qué le dices siempre «kesi»?

—A la incomodidad creativa.

—¿Y a qué le dices siempre «keno»?

—A repetir cosas por miedo a lo que es diferente. A eso le tengo un miedo tremendo.