La publicación de «Apuntes para John» (Random House) reabre el debate sobre la intimidad del escritor y el legado literario. ¿Cuánto de esta Joan inédita necesitábamos conocer?
08 ago 2025 . Actualizado a las 11:32 h.Apuntes para John (Random House), de Joan Didion (Sacramento, California, 1934), es un libro que no fue escrito para ser leído. No hay en sus páginas voluntad de estilo, ni deseo de complacer ni tampoco el pulso narrativo con el que la autora compuso obras capitales como El año del pensamiento mágico. He aquí una escritura en estado primario, notas que redactó para su marido, el también escritor John Gregory Dunne, tras sus sesiones con el psiquiatra Roger MacKinnon entre finales de 1999 y principios del 2003. Las encontraron tras su muerte —en diciembre del 2021—, 150 páginas sin numerar resguardadas en un archivador portátil en el escritorio de su estudio.
De Didion sabíamos que perdió antes de tiempo a su esposo y a su hija, dos sucesos traumáticos que gestionó de la única forma que siempre había digerido todo, haciendo de ellos material de trabajo. De ahí salieron El año del pensamiento mágico y Noches azules, hoy clásicos de la literatura del duelo. En ellos adivinamos que Quintana, adoptada por el matrimonio, era puro tormento, un inflamable desorden emocional. Lo que no conocíamos los lectores de Didion era su adicción al alcohol y sus ideas suicidas; tampoco, claro, cómo ese halo oscuro mantenía a la escritora en un constante estado de ansiedad y alerta, sintiéndose siempre al borde del desastre. Esta sensación no era nueva para ella. Resulta que pasó toda su vida anticipando las pérdidas de quienes la rodeaban.
Dice su editora en España, Roberta Gerhard, que con este volumen, más que con ninguno, Didion consigue convertir la memoria en literatura. Lo hace intentando entender lo que sucede a su alrededor, lo que observa, lo que piensa al respecto, tratando de desentrañarse, de comprender sus contradicciones, lo que —en definitiva— hacemos todos. Didion, lúcida, poniendo negro sobre blanco, nos sirve una doble terapia: la suya y, también, la nuestra. Imposible no reconocerse en ese rumiar y rumiar, en esa intrusión de hipótesis, en esa exhumación para hallar el origen del trauma. En ese, claro, dos más dos son cuatro.
Ojo, porque lo que aquí se ofrece no es literatura en su sentido clásico, sino otra cosa: el esqueleto del fraseo, la voz antes de vestirse, la palabra aún temblando por la urgencia de ser dicha. Lo intuimos en cada línea mal hilvanada, en cada repetición, en cada frase que se descompone antes de encontrar forma: estos apuntes no eran para nosotros. Eran para su compañero de vida, un interlocutor ausente, pero siempre presente, y quizás también para sí misma, una manera de sostenerse, de no dejarse ir por completo en el vendaval de emociones que la arrastraba.
La que escribe en Apuntes para John no es la cronista precisa, la Didion que siempre miraba de reojo, acercándose oblicuamente al objeto de su atención. Es una mujer exhausta, obsesionada con el desconcierto que le produce su hija y la culpa que siente por no haber sabido —o no haber podido— protegerla del desastre. Quintana aparece en estas páginas como una figura escurridiza y vulnerable, henchida de silencios densos y presta al reproche velado. ¿Es una enferma crónica, como defiende la filosofía de Alcohólicos Anónimos, o una persona que atraviesa un bache, capaz de salir del agujero, como cree firmemente su madre? ¿Somos el resultado de lo que vemos —lo que oímos, lo que intuimos— en casa o venidos programados genéticamente para arruinarnos la vida? ¿Pesa más lo escrito en nuestro ADN o la tirada de dados?
Es este el alambre que atraviesa estas páginas, la culpa persistente de una madre que se interroga sin descanso sobre en qué momento comenzó a perder a su hija o si, en realidad, alguna vez la tuvo. La voz de Didion se mueve entre el amor feroz y la condena, entre la necesidad de proteger a Quintana y el reconocimiento de que ese mismo instinto tal vez haya sido un peso insoportable para ella. Anota, a veces con frialdad quirúrgica, las crisis de su hija, sus ingresos hospitalarios, sus cambios de humor, y lo hace con el registro de quien necesita dejar constancia, muy probablemente para no perderse en su propia confusión.
La terapia le sirve también a Didion para destapar capas de su propio pasado: su infancia en Sacramento, la sensación de estar siempre fuera de lugar que nunca la abandonó, el alcohol como recurso social y, al mismo tiempo, como arma de doble filo. Aparecen discusiones con John, momentos de silencios densos en casa y pequeñas rutinas domésticas que revelan mucho más de lo que aparentan. Incluso en lo más banal —una llamada telefónica, un viaje en coche, una cena en un restaurante— se cuela el temblor de una mente analítica, que hace sin descanso inventario. La pregunta es quién es el lector para asistir, desde una esquina de la habitación, a esa intimidad que no le pertenece, que Didion nunca quiso que le perteneciese. La materia bruta, la piedra antes de ser esculpida, con todas sus aristas y su peso, es también parte de su legado. En esta honestidad radicaba su fuerza.