Jessica Gómez, la novelista que cambia dramas por croquetas: «Pasados los 40 suele caer un mensaje de un novio de la adolescencia... ¡Cuidado!»
FUGAS
Cuando se quedó embarazada del mayor de sus tres hijos, su empresa cerró. Salió a emprender en redes, escribió «un cuentito» y Planeta llamó a su e-mail cuando estaba con gripe viendo «La La Land». Es la Nora Ephon de Langreo y cambia dramas por croquetas
30 dic 2025 . Actualizado a las 09:12 h.Se acabó el pastel, sentenció Nora Ephron (Nueva York, 1941-2012). Y nos dejó la guinda en una macedonia de relatos que nos reafirman en la idea de que lo mejor es pifiarla con gusto... ¡y no acordarse de nada! A seguir con el cuento. Como a Nora Ephron, Jessica Gómez (Langreo, Asturias, 1983) odia su bolso, y el humor se le sale por la cintura del pantalón de la rutina. Nuestra Ephron, la que mezcla a Galileo e Hipatia con el Minecraft, es de un pueblo de Gijón, donde vive con sus tres hijos «y un montón de animales». Acaba de publicar Cambio dramas por croquetas, para sumar unos kilillos de alegría a su obra... Y la báscula de este ligero malestar con que llega el Fin de Año.
No sabe planchar, se peina regular y es más de «sala'o». Es ya un secreto a voces, que ha contado ella.
—«Come chocolate y no discutas con idiotas», «Mamá en busca del polvo perdido»... Un recorrido (de titular) interesante.
—Lo que me van dejando... Cuando me quedé embarazada de mi hijo mayor la empresa en la que trabajaba cerró y monté un comercio de cosas de maternidad. En redes, a la gente le gustaba lo que ponía. Y me animé a escribir un cuentito y autoeditarlo (Una teta, una naranja, una aceituna). Tuvo una acogida bastante buena. Pero no me cambió la vida, eso llegó más adelante...
—¿Los editores fueron a buscarla a casa?
—Un día abrí el correo y tenía en mi bandeja de entrada un mensaje que decía: «Soy Olga Adeva, editora de Planeta, y quiero publicar algo tuyo. Llámame». ¡Esto la mañana que yo, con gripe, me había quedado en el sofá viendo La La Land! Olga se fue a Harper y me quise ir con ella.
—¿Cierto sabor a nostalgia, tipo Cinzano, llega sí o sí al pasar los 40?
—Una amiga a la que cito, pero no nombro en el libro, decía: «Ya no es que quiera volver atrás para hacer algo distinto, es que quiero volver para hacerlo todo distinto, ¡a ver si acabo en cualquier otro sitio!». A veces la vida te aplasta de una manera... ¡Hace 15 años que no veo más de cinco minutos seguidos de una serie! Después de ser madre he tenido diez años de vacío cultural. ¡Si no llega a ser por Twitter, no sé si Pérez Reverte sigue vivo! Intento ponerle comedia al drama.
—Ser madre tiene su esperpento...
—Hace poco mi hijo pequeño se desapuntó de piano. El niño se quedó atrás porque no me llegaban a tiempo los mensajes del Classroom... Hasta que dije en voz alta: «Me he cargado la carrera de pianista de mi hijo de 7 años», no me di cuenta del absurdo. Me sentía la peor madre del mundo por no estar atenta al Classroom. Escribo de mí, y de lo que tenemos en común todos, del «me sobrecargo de trabajo, me atropello... Queremos llegar a todo, y no puede ser. ¡Lo del cambio de armario me tiene fascinada! ¿Pero qué cambio? ¡Yo solo tengo un armario!
—¿Cualquier tiempo pasado fue mejor?
—Yo como Les Luthiers: «Cualquier tiempo pasado fue anterior».
—A los 40 no vuelve la adolescencia, pero sí algún ex, nos cuenta...
—A todas mis amigas pasados los 40 les ha escrito un novio de la adolescencia. ¿A ti te ha pasado? [No] ¡Cuidado! Tengo una amiga de Asturias que se reencontró por internet con su novio adolescente y lo dejó todo para irse con él a Canarias. Pero espera, espera... Mi amiga a los tres meses estaba de vuelta en Asturias, tras verse allá Canarias pensando: «¡Pero qué coño pinto yo aquí con un niño de 40 años que en realidad está enamorado de su madre!». Lo que pasó en la adolescencia se queda en la adolescencia. No te flageles, no te flageles que con ilusiones de lo que atrás se quedó...
—¿Sabes qué pasa? La vida es breve y las ilusiones son bonitas...
—Eso sí, no te voy a decir que no.
—¿De las ilusiones imposibles nos salva Nora Ephon?
—Justo. Alguna vez me han comparado con ella, ¡y me encanta! No sé si has leído el libro No me gusta mi cuello. Yo con el segundo relato, Odio mi bolso, lloré... todavía no sé si de alivio o de risa.
«Cuando nació mi hijo pequeño, que tiene ahora siete años y medio, una amiga vino a verme con 30 croquetas de arroz con leche (sin freír). Esta es la gente que una necesita en su vida»
—¿De las ilusiones imposibles nos salva Nora Ephon?
—No se me ocurre decir que mi infancia en los 80 fue mejor que la de mis hijos porque entonces sabíamos lo que era jugar en la calle, despellejarnos las rodillas, volver a casa llorando con el pantalón roto ¡y que tu madre te soplara una hostia! De la infancia hay cosas bonitas y cosas que no. Esto lo decía Milan Kundera: «Hay cosas que son bonitas porque se terminan», porque son breves». Yo lo que echo de menos de mi infancia es la sencillez con la que lo veía todo. En la vida adulta nos complicamos, pero creo que es algo inherente al ser humano. Lo hemos nosotros, la generación anterior, y lo harán las siguientes...Es ahí donde tenemos que atacar, no en mantener las cosas como están, sino en saber mantenernos en lo básico, sencillo y esencial; que es, al final, lo que hacen los niños.
—¿Les complicamos hoy más la vida a los niños con nuestras prisas y expectativas adultas?
—Claro... Mira mi hijo, que iba a ser un gran pianista con 7 años. Es como que queremos hacerlo todo y tan bien que pretendemos que los hijos sean exitosos en todo lo que hagan, porque eso será un reflejo de nuestros éxito como madres. Entonces, acabamos cargándoles con nuestras propias expectativas como madres. ¡Esto es un caos! Es un circo que, en algún momento, hay que frenar, y hay que frenarlo desde la risa.
—«Si yo no estoy, os come la mierda», frase lapidaria de madre que recoges en este libro y no caduca con el paso de las generaciones. ¿La incorporamos a los episodios nacionales de la maternidad?
—(Risas) Creo que con esta frase nos podríamos remontar al siglo XIII ¡Cada vez que me oigo hablar con frases de mi madre me da no sé qué! Sucede, y es esta arma de doble filo: al final acabas comprendiendo a tu madre repitiendo sus frases sin darte ni cuenta.
—¿Nos da su receta de croquetas?
—Yo no tengo receta de croquetas. Las croquetas las hago a ojo. Y hago como 17 kilos de bechamel, ¡pero me sale rica! Las hago de un montón de cosas... Las que no he conseguido hacer bien, pero si las encuentras en algún sitio que las hagan bien son una delicia son las croquetas de arroz con leche. Cuando nació mi hijo pequeño, que tiene ahora siete años y medio, una amiga vino a verme con 30 croquetas de arroz con leche (sin freír). Esta es la gente que una necesita en su vida.