Marina Perezagua: «A los 14 años mis padres se separaron, vendieron la casa y se fueron, salí adelante con mis amigos»
FUGAS
La autora de «Don Quijote de Manhattan» es una sevillana audazmente literaria en una Nueva York «decadente» donde la pena te hace reír. «Esta ciudad es como Luna Pak, un parque de atracciones abandonado en invierno», observa
10 ene 2026 . Actualizado a las 11:48 h.Es sevillana, lleva 20 años en una Nueva York que cuenta como nadie y ha vivido lo suyo en Japón. «Me traje bastantes cosas de allí...», revela la autora de los cuentos de Luna Park, entre otras, el concepto tsukumogami y el tacto del alma de los objetos domésticos. Doméstico es el arte de contar de esta pensadora crítica desde la ternura, capaz de reconstruir la infancia, la maternidad o reescribir la amistad. Escribe enfocando el centro del conflicto y sus ángulos muertos. Su pensamiento indaga en el mecanismo de la atracción, de eso que se nos vende de manera masiva.
Licenciada en Historia del Arte por la Universidad de Sevilla y doctorada en Filología en Nueva York, Marina Perezagua (Sevilla, 1979) muerde la Gran Manzana para dejar salir el gusano sin gran drama. Premio Sor Juana Inés de la Cruz por Yoro, la autora de Don Quijote de Manhattan y Seis formas de morir en Texas muestra la belleza de las personas rotas. Su literatura tiene algo de origami que reúne los pedazos sueltos de la gran ciudad. En Luna Park brillan restos de lo que fue. Por ejemplo, los de un parque de atracciones de Coney Island, que abrió en 1903, un incendio destruyó y reabrió al público en el 2010.
—La maternidad es una noria averiada que vuelve a funcionar en estos cuentos. ¿Cómo consigue ese punto intermedio entre crudeza y ternura en el relato?
—En el momento en que lo escribí, no pensaba en hacer un libro de cuentos. El primer cuento, Violeta no tiene porqué, fue también el primero que escribí. Estaba atravesada por mi experiencia dramática con la maternidad, por las circunstancias que me rodeaban de niña. Empecé a escribir más cuentos y me di cuenta de que había un eje en todos ellos: la maternidad desde diferentes ángulos, la infancia desde diferentes miradas. Todo desvertebrando asuntos que me preocupan, que me preocupan especialmente desde que vivo en Nueva York, una ciudad decadente.
—La pérdida del hogar es la primera semilla. Es un suceso que rompe ya el confort familiar, y sucede en Sevilla. ¿Real?
—Sí. Yo tenía 14 años. Mis padres se separaron, vendieron la casa y se fueron. Y me quedé, básicamente, en manos de mis profesores y amigos. Era buena estudiante, me tenían cariño y sabían que estaba sola. Salí adelante. Ni siquiera tengo mal recuerdo... Perdí un arraigo familiar que es importantísimo, pero mis amigos y sus padres me sacaron de ahí; mis amigos y los padres de mis amigos.
—Nos lleva del desamparo a la belleza de la reparación. En estos cuentos se rompen cadenas familiares, se entiende la maternidad como esperanza. ¿Nos dice que es posible curarse y reparar el relato familiar con los hijos?
—Sí, totalmente. Yo he tenido la autoestima muy baja, porque no he tenido circunstancias fáciles. Pero tener a mi hija y, como mínimo, tratarla lo mejor que puedo me da una sensación grande de orgullo. No voy a ser la madre perfecta, pero siento que al menos no repito patrones.
—¿La maternidad la hizo escritora?
—Una escritora diferente. Es una experiencia tan radical que sientes que algo muy importante ha cambiado.
—¿Luna Park es un parque de atracciones reabierto, pero abandonado? ¿Se trata de una metáfora?
—En verano es un parque que funciona, pero en invierno está, como dices, abandonado, ¡parece que eso no va a volver a funcionar nunca! Destartalado, sucio, oxidado... Una piensa: «Yo no voy a montar ahí ni en verano cuando lo abran...». Es una metáfora de la decadente Nueva York.
—¿También es el parque una metáfora de la infancia de esta madre de los cuentos?
—No lo había pensado, pero tiene lógica.
—Con humor alivia el drama. No sabemos si reír o llorar con esa desconocida que planta la toalla al lado de otra en una playa desierta. ¿Eso le sucedió?
—No así... En Estados Unidos si alguien se acerca demasiado, se ve algo ofensivo. De esa realidad surgió la idea de la persona que necesita acercamiento, de dos soledades que acercan y se acaban juntando.
—Se atreve a remover prejuicios en torno al pedófilo. Cuesta entenderlo.
—Claro, a mí también. En EE.UU. hay aplicaciones de móvil que te dicen dónde está el pederasta más cercano, el nombre de los padres, de sus hijos, dónde vive... Pienso: «Estas personas tienen unos padres que no tienen culpa, y también unos hijos que van a colegios donde les pueden maltratar por ser ''hijos de''...». Me ocasiona este conflicto. El 90 % de los pedófilos reinciden, así que las normas son útiles, pero a sus padres les pinchan las ruedas del coche. Hay demasiada información.
—Manda la pulsión vital, pese a todo, incluso en ese cuento con nota en el abrigo del suicida: «Si una sola persona me sonríe en el camino, no me suicidaré».
—También es algo real. La nota, y la historia de esa mujer que se tira del puente justo después de que los niños de una escuela hayan pasado por ahí de excursión.
—¿Es la escritura un hogar?
—Sí. Al escribir me siento muy poco sola. Para mí, es un refugio amable. Al principio decía que lo que escribía era ficción, pero mucha gente sabía lo que pasó. Al final, mi madre decidió romper cuando conté la verdad en un cuento.
—¿La verdad es, finalmente, un consuelo?
—Una liberación. Y yo soy una persona que, si cree que algo es justo, lo defiendo hasta el final, aunque me quede sola.
—El cuento «Matar niños» es una respuesta a «El señor de las moscas» y a «República luminosa». ¿Lo podemos ver así?
—Sí. En el caso de El señor de las moscas yo era consciente cuando escribía. Totalmente. En República luminosa no pensé en el momento, pero puede ser, sí.