Esther García Llovet: «Seamos alegres aunque no seamos felices. La alegría es del día a día, la felicidad, del largo plazo»

FUGAS

La escritora malagueña Esther García Llovet.
La escritora malagueña Esther García Llovet. Alfredo Arias-Horas

«La jefa es esa clase de persona que te dice: ''Ya te llamo yo''», considera. Y se marca un alegre y melancólico «White Lotus» en Villajoyosa...

28 feb 2026 . Actualizado a las 15:07 h.

Es una jefa Esther García Llovet (Málaga, 23 de noviembre de 1963), pero no una de esas que te dicen: «Ya te llamo yo» y te despachan. Atiende con una voz dulce, cortada en rebanadas de risa, para hablar de y en torno a Las jefas, tercera entrega de una trilogía con el punto socarrat del este de España. Entramos en un hotel que solo podemos pagarnos en una novela. En él cuesta 700 euros la noche, verídico. Aquí se alojan una suerte de Kardashian que van dejando pufos, un aire de reel y algún corazón roto. Son «las jefas» de García Llovet en esta «película» mediterránea.

­—¿Es tan rápida y a machete como hace «Las jefas»? ¿Ese estilo tiene método?

—Método no sé. Yo quería hacer sketches, bosquejos muy rápidos. Quería hacer algo diferente que fuese un reto. En esta novela no quería trama. En mi cabeza, al ponerme a escribir me quedaba con ellos... Y lo hacían todo ellos. Me gustan los personajes que me invento. Son de por sí particulares. Yo les digo que se vayan a la calle y hagan lo que les dé la gana.

­—Son tan grotescos como humanos. Las Navarro, estas jefas, son unas Kardashian tróspidas. ¿Qué toma de la pura realidad?

—¿De la pura realidad? Suelo ver realities y un reality no es la pura realidad, ya lo sabemos. Pero normalmente, y esto ocurre en la realidad, la gente que tiene mucha pasta lo que quieren es drama, porque no tienen nada que hacer en todo el día. Para entretenerse se montan dramones, se pelean, hablan mal las unas de las otras... Me divierten un montón este tipo de realities. Hay una ingenuidad de fondo que me parece muy loca. Es yanquilandia; no creo que en España la cosa sea igual. Yo a ese hotel no fui nunca, costaba 700 pavos la noche.

­—¿El Zen Gardens de su novela existe?

—Está al lado de Terra Mítica. Es un hotel que te señalan cuando estás yendo en autobús, en el Alsa (porque tú no vas en helicóptero). Te señalan algo como si fuera el Vaticano. ¡Estoy esperando a que me inviten!

­—Frente a la frivolidad de esas chicas y sus drama de Juja, la inocencia enamorada del Primo, «el chico para todo» del hotel.

—Sí. Al Primo lo saqué de la serie The Bear, de Fak, el del mono azul. Todo el resto de la serie estaba en un tono shakespeariano, pero él estaba a la realidad, más prosaica. Ellas... son frívolas, pero no son tan tontas como parecen. Cuando estás jugando todo el tiempo, no sabes si el otro es inteligente o no.

­—Es un arte la frivolidad. Aun así, la veo posicionada del lado de los currantes, de la gente que está bajo el yugo de los caprichos de las ricas.

—La que me interesa es la gente que está en los márgenes. También la gente rica está en los márgenes. Me gusta la gente que está fuera de órbita, ya sea la que tiene 75 pisos en Madrid o la que vive bajo un puente. La gente desorbitada es la que me interesa.

­—Tiene unas naturalezas lorquianas.

—¿Lorquianas? Podría ser... Lo que hay es tramoya. Me gusta Josep Pla, que te mete mucho paisaje mediterráneo. Soy más joseplanesca. Me gusta la fotografía, la intuición de los fotógrafos para la luz. Soy más sensorial que otra cosa. La colorimetría de una película te dice el tipo de película que estás viendo. Por ejemplo, Spring Breakers. Yo quería decirle al lector dónde se está metiendo con esa colorimetría. En un lugar salvaje, y a la vez domesticado, porque es Europa.

­—¿El que juega es un tramposo?

—No. Hace trampas el que hace como que está jugando, pero en realidad no se implica. Como ese que se deja querer, que hace que está en la relación, pero no. Ellas [las protagonistas de Las jefas] se aburren, por eso quieren tener a alguien con quien juguetear, no jugar. Como si se les acerca un perrito y le tiran una rama. Y el Primo entra... Y él es listo y les da juego.

—¿Algo que ver «Las jefas» con «Los jefes» de Vargas Llosa?

—Nada que ver. Había un restaurante en Madrid que era La Jefa. Y pensé: «La jefa es esa persona que te dice: ''Ya te llamo yo''». Me gustan los títulos que son como la novela pero en pequeñito.

—¿La literatura sigue siendo su plan b, quiere ser todavía directora de cine?

—¡Olvídate!... Aunque hoy con el móvil se puede hacer una película. A veces con pocos medios salen mejor las cosas. Con más medios, lo indie se vuelve mainstream. Lo peor es ver una película de mucho presupuesto que quiere parecer indie.

—¿Es «Las jefas» un «White Lotus» a la valenciana?

—¡Me encanta la serie! También Nine Perfect Strangers. Me gusta eso, a lo Agatha Christie, de que se reúnan personas muy dispares, de un sitio del que no salen. Las jefas es whitelotesca, paraíso en la tierra.

—Paraísos pervertidos, infernales.

—Sí. Vender el paraíso a los turistas es algo muy español. Y no estoy en contra del turismo, siempre que sea algo bien gestionado.

—¿Qué pinta en su novela un mechero que dice: «Vota PP, vota Baltar»?

—Jajaja... Es una coña con Juan [Tallón] En Estados Unidos se esconden los huevos de Pascua, pues eso hacemos nosotros...

—¿A las personas se les conoce por sus wasaps: las que mandan diez palabras seguidas en diez mensajes y las que hacen en uno los episodios nacionales de Galdós?

—Total. Tengo amigos que mandan 17 sin que haya frase, como un trovador. Otro te los manda con comas y punto, ¡qué refinamiento! Y otros mandan un audio. No se ha escrito sobre esto. Sobre el tipo de mensaje que te llega y ya sabes quién es.

—¿Escribir es de tristes, como escribe aquí?

—Yo no me considero triste, pero escribir creo que tiene un punto de melancolía, por una vida que deseas y te la inventas. Es más melancólico que triste... escribir.

—Un poso de tristeza deja la conciencia de la alegría.

—Uno de mis lemas es «Seamos alegres aunque no seamos felices». La alegría es del día a día. La felicidad, del largo plazo.