Un mujerón (literal), Violet, protagoniza la primera ficción de la escritora que dio grandes zancadas de libertad en el siglo XX
10 may 2026 . Actualizado a las 17:31 h.No hay duda, este es un hallazgo feliz. Un cuarto propio para las personas que entienden la literatura a su manera. Me tomo la libertad de ser eco de lo que escribe Patricia Díaz Pereda, traductora y gran divulgadora española de Virginia Woolf (Londres, 1882-Sussex, 1941). Aquí Violet, mujerón que nació ya excepcionalmente grande de pie y titula un volumen de tres cuentos inéditos de Woolf hallados en una risa del azar por la profesora Urmila Seshagiri. «Había mujeres gigantescas, tumbadas en poltronas como mármoles griegos, vestidas con drapeados de forma que el viento descubría pequeños espacios brillantes en sus hombros, que reían mientras se servían fresas...», leemos volando al entrar en El jardín mágico, junto a damas aristocráticas que no son lo que parecen, que saben muy bien lo que necesita una mujer. Es el segundo cuento de los tres hasta la fecha inéditos que publica Páginas de Espuma. Chispeantes, libres, disfrutones y extravagantes, en ellos encontramos la semilla del pensamiento rompedor de la autora de Al faro y Orlando, una suerte de alpendre propio de esta pionera feminista en la primera infancia del grupo de Bloomsbury. Sorprende la edición, a lo Jane Austen. «Hay un cierto criterio historicista en esto. Partimos de una línea bisoña, con la idea de que al verlo te pudiera llevar a otra época. Es un libro tal como Virginia creemos que lo hubiera hecho de habérselo podido regalar a su amiga Violet», cuenta Paul Viejo, editor de Páginas de Espuma.
Violet es la amiga enorme, referente, de Virginia que protagoniza esta sorpresa de joya editorial. «Estos textos son el comienzo de una gran escritora, y también el comienzo de una gran editora. El inicio de Hogarth Press, sello en el que Virginia y su marido, Leonard, hacen cosas muy interesantes como editores. Eran otro tipo de libros los que circulaban en Inglaterra en ese momento. Desde la editorial nos pusimos a estudiar cómo era la estética en las ediciones populares, cuáles eran los libros que Virginia Woolf estaba viendo en ese momento, papeles, formatos y colecciones habituales... Nos fijamos en una colección preciosa de esa época, Little Britain, que dedicaba a los diferentes condados de Inglaterra un librito con características similares al que tenemos entre manos de Virginia», comenta.
¿Quién fue la enorme Violet Dickinson? ¿Qué tipo de amistad la unía a Virginia Woolf? «Violet fue una amiga con la que compartió intimidad, a una edad en la que se puede mezclar la amistad con la admiración y cierto tipo de deseo, o atracción, más bien... Y esto en medio de una sociedad que todavía Virginia no había hecho reventar», contextualiza Paul Viejo.
Violet es «una terrateniente inglesa con un interés cultural muy determinado». Con un desparpajo desafiante se toma la autora de La señora Dalloway una libertad, y un colegueo intelectual con el lector, que iba a serle tan característica. «Reunir estos tres cuentos es ofrecer la primera obra de ficción de Virginia Woolf», destaca el editor, que precisa que la autora concibió estos cuentos como un regalo para Violet, no con vistas a su publicación, una idea que destaca en el prólogo de la edición Patricia Díaz Pereda. Leonard, el marido de Virginia, no dio permiso a la muerte de la autora, para publicar los textos. «Injusta es la actitud de Leonard, tan injusta quizá como que editores del siglo XXI la rescaten», enfoca Paul Viejo.
El humor de la autora marca una aventura literaria «con párrafos maravillosos que cualquiera corregiría, en los que Virginia demuestra una lucidez bestial». «Es un ''yo sé dónde se ponen las comas, pero no las quiero poner bien''», comenta el editor.
Patricia Díaz Pereda, responsable de la edición y traducción de Una carta sin pedirla, selección de la correspondencia de Virginia Woolf, descubrió estas ficciones de la rebelde que defendió para la autonomía de la mujer la necesidad de un cuarto propio en un viaje a Londres en enero. «La primera versión sin corregir de los cuentos había circulado entre estudiosos y biógrafos. La profesora Urmila Seshagiri los encontró por casualidad buscando hacer una memoria de Violet Dickinson... Y lo más curioso del manuscrito es que en 1955, cuando los que gestionaban el archivo de Violet le ofrecieron al marido de Virginia comprarlo, él se negó». Leonard, explica, lo consideraba «un chiste privado y no muy bueno». El viudo tampoco dio su permiso al editor y amigo John Lehmann para publicar el manuscrito en el London Magazine. Y así quedó esta joya escondida.
El valor de la risa
Virginia publicó su primera novela, Fin de viaje, en 1915. Estos textos datan de 1908. «Ya era para entonces escritora profesional que publicaba en periódicos, pero no había publicado ficción», recalca su traductora. Violet baila entre la biografía y la ficción «con un tono humorístico claro». ¿El tono es lo más Woolf? «Virginia tenía una parte muy divertida, a veces muy ignorada en España. Gente que la trató te cuenta que era de partirse. En ella se combinaba esa parte con la depresiva. En estos cuentos es muy desinhibida. Antes había escrito un ensayo sobre el valor de la risa en el que ensalzaba la ironía, el absurdo y la parodia, todo lo que lleva a cabo en Violet. Pero el sentido del humor es algo personal y también cultural», aprecia Patricia Díaz Pereda, que refuta la visión de Virginia como una autora «lánguida, de torre de marfil». Es esta una visión «totalmente equivocada», remata.
Cuando Virginia tenía 20 años, Violet contaba ya 37, nos sitúa la traductora. «Violet siempre creyó en el talento de Virginia. Fue una mujer imponente que nunca se casó. Y viendo las cartas, es evidente que Virginia estaba enamorada y, probablemente, correspondida. Entre 1902 y 1907 tuvieron una amistad, una amistad íntima. Virginia siempre buscaba en las mujeres un rol un tanto maternal... Pero en las redes se dice que tenían relaciones y no, no fue así», corrige esta gran apasionada de Virginia Woolf.
Antes de un cuarto propio, una mujer ha de tener su propio cottage, piensa Virginia en estos cuentos, término que se rehúsa traducir. Que cada cual haga con piedras de la imaginación su propia cabañita de campo.