El hombre que moría demasiado

FUGAS

Julian Barnes hace unos días en Barcelona, en la presentación del que anuncia como su último libro, «Las despedidas».
Julian Barnes hace unos días en Barcelona, en la presentación del que anuncia como su último libro, «Las despedidas». Andreu Dalmau | EFE

Julian Barnes se despide pero se queda. El mago de los finales bromea con nosotros, novela lo que se fue y lo que nunca fue. Y nos da lo importante: una buena conversación

29 may 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

Ante tanta estupidez voluntaria en Instagram hay que apelar a la pereza sin oficio, al golpe de algún recuerdo involuntario (cual madgalena de Proust) y al sentido de un final. Al sentido Barnes de la literatura y de la vida, siempre consciente del memento mori, que es, en la visión entre líneas de la historia que da Barnes, como el torrezno en un gazpacho que sabe a poco pero repite. Con memoria involuntaria nos pellizca el gran Julian con una entrada desagradable que tiene quizá una intención de chiste para aliviar miedos y tensión en Las despedidas. Así que, en esta despedida anunciada, te ves no con pañuelo en la estación, sino en la sala de espera de urgencias con un paciente al lado que te cuenta pifias médicas con un involuntario sentido del humor.

Superado ese shock del comienzo de Las despedidas, Barnes es ya un convincente Barnes, un Jules que fluye tal vez como nunca en la anécdota, el humor, el absurdo, con swing para lo cotidiano esencial. Barnes no pierde facultades, sabe ganar la confianza del lector con una intimidad que mantiene las distancias. ¿Hablando de nada? Y de todo. Así es. Barnes anuncia que este será su último libro, nos recuerda que vivir es una broma infinita, que hay niveles de vida, de literatura y de verdad y, en su surtido de anécdotas va una de que a cierta edad no tienes ya la posibilidad de hacer «nuevos viejos amigos», solo amigos nuevos.

Barnes da el nivel Proust en la anécdota, es un mago de la paradoja, duelo que alivia, humor que entristece pero acompaña sea cual sea la situación. Y es el hombre que se va pero se queda. El hombre que se moría demasiado se precipita por la escalera del último acto de la vida como un Fred Astaire de las palabras.

Todo un detalle que mencione a la exjugadora del Villarreal Virginia Torrecilla como ejemplo de la fuerza a veces tan desgraciada del azar. La elegancia y los cambios de opinión de Barnes nos salvan, nos dan lo importante: buena conversación. De esta despedida con gato (o más bien perro) encerrado me quedo con un triángulo de la amistad que rememora Barnes en el corazón de la novela. Somos memoria, nos dice. También de eso que deseamos y nunca llegó a ser.