Su fallecimiento por sobredosis aún sigue suscitando numerosas teorías sin aclarar La estrella apareció muerta en su cama el 5 de agosto de 1962.
04 ago 2002 . Actualizado a las 07:00 h.A Marilyn Monroe se la llevaron el hastío y la depresión, mayormente, junto a una buena dosis de somníferos, de la marca Nembutal, los que estaban de moda en aquella época; pero hay muchas personas que todavía afirman, con el escritor Norman Mailer a la cabeza, que el poderoso clan Kennedy seguramente algo tuvo que ver en su trágica desaparición. El mito erótico más perdurable del séptimo arte también había probado las sábanas del insaciable presidente John F., y su leal hermano Bobby no estaba dispuesto a que aquel desliz del prestigioso dirigente, si es que llegaba a hacerse público, pudiese resultar perjudicial para sus respectivas carreras políticas. Conjeturas. Lo cierto es que un 5 de agosto, Norma Jean Baker, desnuda sobre su cama -había confesado en una ocasión que sólo se ponía para dormir unas gotas de Chanel número 5-, dejó de existir. Sus imitadoras surgieron entonces en cascada (Jane Mansfield, Mamie Van Doren, Diana Dors, Anita Ekberg, ...), pero ninguna estuvo a la altura de la legendaria MM. Todas ellas fueron actrices mediocres. De Marilyn nunca pudo decirse lo mismo, ni tampoco exactamente lo contrario. Y esa duda la ha hecho todavía más grande. El prestigioso director George Cukor, que se ocupó de que la despidiesen del que fue su último rodaje, la incompleta película Something's got to give , dijo que no sabía actuar. Y Billy Wilder casi pierde la paciencia con ella mientras hacían Con faldas y a lo loco, donde su compañero, Tony Curtis, tuvo ocasión de comprobar que MM no usaba desodorante. Wilder le hizo repetir hasta sesenta veces una toma porque la actriz era incapaz de memorizar un sencillo diálogo de apenas unas palabras. Howard Hawks, en cambio, la adoraba. El director, que la tuvo a sus órdenes en Monkey business (Me siento rejuvenecer) y Los caballeros las prefieren rubias, decía que la cámara se enamoraba de ella y a través de la cámara, todos nosotros. Y la consideraba una actriz y una artista sobrenatural. Fritz Lang ( Encuentro en la noche ), John Huston ( La jungla de asfalto, Vidas rebeldes ), Otto Preminger ( Río sin retorno ) y Joseph L. Mankiewicz ( Eva al desnudo ), otros cuatro reputados maestros de la gran pantalla, también trabajaron en alguna de sus películas con la amiga de los diamantes. Como todos los grandes mitos, Marilyn, que procedía de un hogar roto, donde sufrió vejaciones, tuvo que inventarse a sí misma. Para empezar no era rubia, y su camino hasta la fama se lo tuvo que labrar, en buena medida, en las alfombras de los despachos. Hasta el punto de que cuando vio por primera vez la estrella colgada de su camerino, símbolo de su triunfo, dijo: «Ahora se lo voy a hacer nada más a quien me guste». Rubia de bote, tonta o no, lo cierto es que la adorable criatura que retrató Truman Capote se convirtió en el sueño húmedo de millones de hombres en todo el mundo, que veían en ella la encarnación del deseo, en estado puro, el objeto erótico más próximo, pero inalcanzable a la vez. El célebre crítico francés André Bazin escribió: «Después de la guerra, el erotismo cinematográfico se desplazó del muslo al seno. Marilyn Monroe lo ha hecho oscilar entre los dos». Si hoy alguien aún se acuerda de Niágara , más allá de los valores cinematográficos que pueda encerrar el filme de Henry Hathaway -que los tiene-, es seguramente por los sensuales andares de la diosa, aquellos mágicos golpes de caderas que, hoy lo sabemos, tenían su truco. Marilyn Monroe se hizo acortar un cuarto de pulgada uno de sus tacones para acentuar el efecto del contoneo. Sí, pero el resto era todo de ella.