AL FINAL de Galicia se ha construido una metáfora de nosotros mismos. Los ciento treinta y dos nichos en once cubos de granito del cementerio de César Portela en Fisterra, premiado por los teóricos de la arquitectura moderna europea, permanecen vacíos desde que hace cuatro años los colocaron en una ladera sobre el mar, a medio camino entre el pueblo y el faro.
21 feb 2004 . Actualizado a las 06:00 h.Élites urbanas peregrinan los fines de semana en todoterrenos a observar la obra arquitectónica, elevada a categoría de tótem por los estetas del nacionalismo cultural, que lo hay de aquí y del otro lado. Los vecinos de Fisterra los ven pasar, pero los treinta y tantos que murieron el año pasado pidieron que los enterraran donde siempre; a la sombra de A Nosa Señora das Areas. Allí están recogidos. En cualquiera de los nichos del camposanto del camino al faro, la primera tarde de nordés echarían a volar las coronas y las almas. Con los habitantes mayoritariamente en contra, y mientras queden plazas en el cementerio de siempre, el Concello de Fisterra (PP) dilata en el tiempo la costosa urbanización del entorno de la obra de Portela, que fue financiada por la Diputación de A Coruña a propuesta del anterior alcalde, el socialista Insua Olveira. En el pueblo apelan al egoísmo de los muertos para explicar por qué le dan la espalda a un camposanto que otros visitan los fines de semana para tomar fotos. «Cando chega a hora, todos queremos que nos veñan botar un rosario ¿ou non?». ¿Y quién se anima una tarde de invierno a emprender camino al faro del fin del mundo con las cuentas del rosario pudiendo quedarse a las puertas del pueblo, junto A Nosa Señora das Areas? Si bien estetas extasiados contemplan en los nichos de granito al borde del Atlántico la simbiosis entre la arquitectura y la mística de la Costa da Morte, los vecinos de Fisterra prefieren descansar en paz más lejos del mar, pues las olas sólo les traen malos recuerdos. El genio del arquitecto concedió al cementerio el mérito de varios galardones europeos, pero su demérito radica en haber anulado la función para la que fue concebido. Los romanos, los mismos que hicieron calzadas que duraron dos mil años, tenían un mandamiento arquitectónico: toda obra ha de guardar el equilibrio entre la firmeza, la belleza y la utilidad. El cementerio del camino al faro de Fisterra es firme y bello, pero inútil. Como un puente muy hermoso que no se pudiera cruzar. Los ciento treinta y dos nichos huecos no son el problema, sino el síntoma de una moda: ¿cuántas obras inútiles proyectan o ya están financiando las Administraciones en Galicia, amparándose en un valor arquitectónico añadido que no siempre poseen? ¿cuántos euros se están enterrando en construcciones inútiles?