Teoría de la usurpación

GALICIA

No entiendo nada Los intereses políticos y partidarios son tan ambiciosos y omnipresentes que ni siquiera respetan los sentimientos colectivos más solidarios y nobles.

06 mar 2005 . Actualizado a las 06:00 h.

El 12 de marzo del año pasado, viernes, centenares de miles de personas de todas las clases e ideologías tomaron las calles de Madrid, conmocionadas hasta el extremo por el dolor. De sus bocas salió un emocionado grito que retumba todavía hoy en las conciencias de la gente honrada: «Todos íbamos en ese tren». Todos. Quién no lo recuerda. Fue una manifestación suprema de solidaridad. Pero, apenas un año después, de esa frase que acabo de escribir sólo queda una palabra: fue. Desde mucho tiempo antes, el terrorismo execrable de unos fanáticos enloquecidos, que consideran enemigo a cualquier español indefenso, ha llenado de sangre, de horror y de dolor a miles de familias inocentes. No hay barbarie más repugnante que la que practican esos asesinos, ni sentimiento de proximidad más fuerte que el que nos une a las víctimas. Por eso es imposible aceptar que el dolor colectivo se esté utilizando tan descaradamente y con tanta bajeza como una sucia moneda de cambio. La Asociación de Víctimas del Terrorismo que preside Francisco José Alcaraz ya no es una institución civil y humanitaria con la que todos los ciudadanos nos podamos sentir solidarios. La Asociación de Víctimas del 11-M, que dirige Pilar Manjón, ya no acoge a todos por igual. Se ha dicho siempre que nada une más que el dolor. Pero la lucha partidaria, pendiente de sus fines electorales, no respeta siquiera los sentimientos más honorables de los seres humanos. Así que nos obligan a elegir entre un dolor de derechas y un dolor de izquierdas. Nos obligan a poner cara de estupefacción y a hacernos escépticos cuando vemos que la principal actividad de la AVT es oponerse al Gobierno. O cuando sabemos que la del 11-M rechaza un duelo porque lo organiza la Comunidad de Madrid. Alguien se está equivocando. Nada hay más innoble que usurpar nuestro dolor para jugar con él al ventajismo político.