EL LUGAR que ocupa la mujer en una sociedad mide su grado de civilización. Quien piensa lo contrario no le interesa admitir que nadie es exclusivamente hombre o exclusivamente mujer.
19 mar 2005 . Actualizado a las 06:00 h.Los occidentales les llevamos ventaja a otras sociedades que todavía permanecen demasiado impregnadas por dictados religiosos ideados, por supuesto, por hombres. El tránsito hacia la equiparación de los sexos sufrió un parón en España frente a Europa porque el franquismo encorsetó a la mujer en señora de. Las primeras universitarias eran bichos raros, y como tales fueron tratadas por muchos en las aulas y en el trabajo. La igualdad entre sexos para acceder a la educación, primero, y a la especialización, después, es casi tan reciente como la democracia. Al fin, todas las titulaciones son asexuadas; en unas hay más mujeres y en otras hombres, pero no existen los vetos. La revolución cultural avanza a mayor velocidad que la transformación social. El presente todavía está plagado de agujeros negros para el sexo femenino. Cada mujer padece los suyos. Si a la política se le atribuye el fin de mejorar la vida de los ciudadanos, debe servir para acelerar el proceso inconcluso hacia la igualdad real. Desde los gobiernos de Adolfo Suárez, la composición de los consejos de ministros era una mera expresión de lo que ocurría en la calle. Con Suárez no había ministras; con Calvo Sotelo estuvo unos meses Soledad Becerril; Felipe González vivió varios años en Moncloa antes de incorporar a alguna; y luego Aznar superó en número a su predecesor. La paridad del Gobierno de Zapatero, en cambio, no es un reflejo de la relación entre sexos en España, pero en eso radica su virtud. Puede actuar de espoleta e imponerle velocidad a un proceso que no tendrá vuelta atrás. La adición a la pose estética del presidente hace dudar de hasta qué punto la paridad es convicción o interés por captar el voto de la mujer; de la mitad del electorado. El tiempo lo dirá. En Galicia, Touriño acaba de prometer que quiere presidir la Xunta con un gobierno paritario. No lo anunciaría con pompa y solemnidad si no creyese que le reportará beneficios electorales, lo que tampoco invalida su propósito personal de aplicar cuotas que favorezcan la discriminación positiva, mientras existan discriminadas. Por el momento, ha metido en un brete al PP, partido en el que tres de sus cuatro cabezas de lista provinciales serán hombres; Fraga y sus vicepresidentes. Sólo les queda la opción de convencer a Baltar para que coloque a una mujer por Ourense. Porque, por el momento, siguen siendo los hombres los que deciden dónde poner a las mujeres.