Juan Pablo II desarrolló el diálogo ecuménico abierto en el último Concilio.
03 abr 2005 . Actualizado a las 07:00 h.«Es la primera vez en la Historia que la acción a favor de la unidad de los cristianos ha adquirido proporciones tan grandes y se ha extendido a un ámbito tan amplio. Esto es ya un don inmenso que Dios ha concedido y que merece toda nuestra gratitud». Estas palabras escritas por Juan Pablo II en la encíclica Ut unum sint (1995) dan muestra del optimismo con que el Papa vio los progresos en el diálogo entre las Iglesias. La apertura de una vía hacia la unidad era anterior al último pontificado. Fue cimentada en el Concilio Vaticano II e impulsada por Juan XXIII, que acostumbraba a decir que lo que divide a los cristianos es mucho menos que cuanto los une. Las bases para el diálogo existían desde 1960, y Juan Pablo II supo cómo establecerlo. Wojtyla veía las divisiones como consecuencia de la convicción de poseer en exclusiva la verdad. Coincidía en su análisis con teólogos como Karl Rahner, pero las soluciones propuestas eran muy diferentes. Rahner apostaba por una fórmula rápida y práctica: pasar por alto las cuestiones teológicas, como si ya estuvieran resueltas, y declarar unidas las Iglesias. Juan Pablo II concebía el progreso ecuménico como una búsqueda conjunta de la verdad. Los modos diversos de entender o practicar la fe no se excluían, sino que se complementaban y enriquecían. Según dejó escrito en la encíclica Redemptor hominis (1979), «la verdadera actividad ecuménica significa apertura, acercamiento, disponibilidad al diálogo, búsqueda común de la verdad en el pleno sentido evangélico y cristiano, pero de ningún modo significa ni puede significar renunciar o causar perjuicio, de alguna manera, a los tesoros de la verdad divina, constantemente confesada y enseñada por la Iglesia». Visión positiva «Lo que une a los cristianos es más que cuanto los divide», glosaba el Papa con visión positiva en Cruzando el umbral de la esperanza. Pero al mismo tiempo enfocaba con precisión la naturaleza de esa división: con las Iglesias ortodoxas, la brecha doctrinal era poco profunda, pero la separación psicológica e histórica era abismal; sin embargo, con los cristianos nacidos de la Reforma, las divergencias teológicas eran tan grandes como su apertura al diálogo. En un encuentro con los representantes de las comunidades protestantes del Camerún le dirigieron a Juan Pablo II estas palabras: «Sabemos que estamos divididos, pero no sabemos por qué». Heridas de siglos Wojtyla dio mucha importancia a los contactos personales. En su pontificado no se han producido reunificaciones espectaculares, que quizá podrían haber generado traumas, pero sí innumerables pequeños gestos de acercamiento. Tanto en sus viajes apostólicos como ejerciendo de anfitrión en Roma, Juan Pablo II firmó declaraciones conjuntas y se reunió con delegaciones de todas las Iglesias y comunidades cristianas, incluida la Ortodoxa Griega. También empleó el rito de los católicos orientales en algunas ceremonias en San Pedro y convocó celebraciones ecuménicas, como la apertura de la Puerta Santa en el Jubileo del año 2000 con representantes de todos los credos cristianos, o las reuniones en Asís con miembros de todas las religiones para rezar por la paz. Joaquín Navarro-Valls, portavoz de Juan Pablo II, explicaba que, después de un milenio de división, el gesto más pequeño suponía avanzar un siglo.