Los accidentes de tráfico están teniendo en Galicia los efectos devastadores de una guerra, pero todo se resuelve echando la culpa a los conductores
03 jul 2005 . Actualizado a las 07:00 h.Sabemos que jamás podremos librarnos de los accidentes de tráfico. Lo asumimos, porque el error humano es inevitable y nos acompañará siempre. Y porque nunca seremos capaces de reducir a cero las conductas temerarias. Pero lo que está pasando en las carreteras gallegas va mucho más allá de lo racionalmente explicable. ¿Podría alguien vivir inmerso en un clima de violencia que diese como resultado dos asesinatos como mínimo cada día? ¿No sería una situación más propia de una guerra que de una época de convivencia pacífica? Pues eso, y no otra cosa, es lo que nos está sucediendo. Cada jornada se producen decenas de accidentes con heridos, y el recuento -sobre todo los fines de semana- deja siempre amargas bajas. Amargas. Nada puede ser más desolador que la muerte fortuita en la carretera. Todo se trunca en un segundo: la vida de la víctima, desde luego, y la vida, la esperanza, el optimismo de toda su familia. Sin embargo, estamos ya tan acostumbrados a que los coches se conviertan en ataúdes, que los siniestros ya no son tragedias, sino simples y rutinarios cómputos en las estadísticas. Bien: ¿y qué hacer? Desde luego, todos los que conducen deberían tomarse en serio el respeto a las normas. Y cuantos asumen responsabilidades como padres o educadores, deberían enseñar con el ejemplo para que las carreteras no se conviertan en cementerios. Todo eso, indudablemente, es imprescindible. Pero insuficiente. Gran parte de la responsabilidad recae en quienes tienen la obligación de estrujar nuestros impuestos para dotar al país de carreteras seguras. No lo son la de Barbanza, ni la de O Salnés. Ni las autovías con curvas cerradas. Ni mucho menos las vías sin arcén, sin visibilidad, sin trazado ni firme en condiciones. ¿Y qué se hace? Ya está bien de echar siempre toda la culpa al muerto.