Las diferencias políticas están dando paso a una lucha exacerbada e irracional, alimentada por proclamas apocalípticas que fomentan el antagonismo
11 dic 2005 . Actualizado a las 06:00 h.España, esa maravilla, siempre se ha llevado un poco mal consigo misma. Absolutistas y liberales, monárquicos y republicanos, clericales y anticlericales, rojos y azules. Así siempre. Ya desde los moros y cristianos. O incluso antes, desde los celtas y los iberos. Ahora, el enfrentamiento que está en boga -sin haber superado completamente casi ninguno de los anteriores- es el de los nacionalistas y los antinacionalistas. Primero ocuparon el papel de malos los vascos -todos los vascos- por sufrir en su seno la zarpa del terrorismo. Ahora los denostados son los catalanes, por plantear reivindicaciones que a una gran parte del país le parecen inaceptables. Cada uno puede pensar lo que quiera, porque las dos posiciones ideológicas son legítimas. Es legítimo entender España como un Estado centralista, al estilo de Francia, en el que el poder central ejerce de unificador. Y es legítimo (o de-?bería serlo) en-tenderla como una confluencia de diversidades -de nacionalidades-, que?hacen casa común en un Estado federal. El problema, de momento, es que las pretensiones de unos son consideradas por los otros como inaceptables. Peor aún: como si fuesen alta traición. Y ahí es donde surge el viejo fantasma de la división irreconciliable. Ahora se expresa fomentando el odio a los catalanes, simplemente porque nada menos que el 90% de sus representantes han planteado otra forma de ser y estar en España. O lo que es lo mismo: otra forma de reparto del poder. Lo peor de todo es que sus propuestas no se combaten con propuestas; sus ideas no se rebaten con ideas. Se impone la lucha exacerbada, con proclamas apocalípticas que fomentan el antagonismo y el odio. Alguien ha decidido que las piedras para sumarse a esa guerra primaria e irracional hay que buscarlas en las estanterías de los centros comerciales. Se trata, al parecer, de defender España dejando de comprar productos catalanes. ¿Puede alguien imaginar un despropósito mayor? Resulta difícil entender que sea posible defender cualquier idea positiva de España atacando a una parte de sus integrantes. Y todavía está por demostrar que con las armas del odio y la confrontación se haya construido alguna vez algo que merezca la pena. Como, afortunadamente, vivimos en democracia, cada uno es muy dueño de comprar lo que quiera. Pero el sentido común dice que para estas fiestas las mejores opciones son estas: el marisco, de Galicia; los pescados, del Cantábrico; las carnes, de la mitad norte; el jamón ibérico, de cualquier parte de la Ruta de la Plata; los vinos tintos de la Rioja o la Ribera del Duero; los finos, de Andalucía; los mazapanes, de La Mancha; los plátanos, de Canarias; el turrón, de Alicante; la sidra de Asturias, y el cava de Cataluña. ¿Ha visto mayor riqueza? Este cronista, desde luego, brindará con cava. Pero sólo para mojar los labios. Porque el alcohol, como la política, hay que tomarlo con mucha moderación.