El colapso en los hospitales y en la atención especializada del Sergas pone en tela de juicio el funcionamiento de uno de los pilares del Estado del Bienestar
08 ene 2006 . Actualizado a las 06:00 h.Cuando un ciudadano comprueba que cuarenta mil gallegos están a la cola para una intervención quirúrgica, no puede más que confiar en la suerte para no tener que precisar un quirófano. Cuando sabe que cada médico del Sergas ve al día una media de 40 o 50 pacientes, empieza a pensar que la atención sanitaria adecuada es todavía una conquista por alcanzar. Y cuando le dicen que queda a la espera de entrar en la lista de espera, se desvanece toda creencia en el Estado del Bienestar. Ese grueso borrón en la gestión de la sanidad pública afea tanto el sistema que apenas nos permite valorar con ecuanimidad el alto nivel que ha alcanzado Galicia en la prestación de un servicio esencial para la sociedad. Quien tenga más de veinte o treinta años sabe muy bien qué había entonces y qué disfrutamos ahora. Pero de poco vale que la atención a la salud sea hoy un derecho universal, o que los centros de atención primaria florezcan por todas partes, si cuando un ciudadano requiere sus servicios se encuentra con que un sistema tan hermoso y avanzado no puede atenderlo porque está sumido en el colapso. Sintiéndolo mucho, por ahí no podemos pasar. Puede que falte personal, puede que el presupuesto no dé para más, puede que requiera un esfuerzo titánico luchar contra los intereses creados, que son muchos y poderosos. Pero es tan importante lograr que la sanidad funcione que se hace imprescindible convertir la gestión eficaz en un objetivo prioritario. Claro que para eso se requiere determinación. Y un planteamiento un poco más ambicioso que el que figura en el pacto de gobierno que suscribió el bipartito. No basta con expresar un vago compromiso de fijar anualmente los objetivos de reducción de las listas de espera. Es necesario invertir el modelo. Porque no es el paciente el que debe esperar por el médico, sino el médico el que ha de esperar al paciente. ¿Nadie cree ya en la utopía?