Quién protege a los acosadores

GALICIA

Las denuncias por malos tratos han llegado en Galicia a cifras espeluznantes, pero las víctimas continúan en muchos casos abandonadas a su mala suerte

12 feb 2006 . Actualizado a las 06:00 h.

Por una vez, la estadística es sobrecogedora. Cada tres horas, tres, se presenta en los juzgados una denuncia por malos tratos. No sucede allá lejos, donde están sin civilizar, sino aquí, entre nosotros, en la tranquila Galicia. Y las víctimas son siempre las mismas: mujeres. Mujeres para las que la palabra compañero se ha trastocado en enemigo y verdugo. Adónde hemos llegado. Bajo un manto de apariencia pacífica parece ocultarse, en realidad, una sociedad extremadamente violenta, que da los buenos días en la calle, sonríe a los vecinos y hace carantoñas a los niños, pero se convierte en aterradora y brutal nada más cerrar la puerta de casa. Esa es la doble moral del maltratador, incapaz de aceptar la idea de que las personas no se poseen y que los sentimientos no se imponen. Pero, pese a la reprobación que semejante conducta genera en las personas bien nacidas, lo cierto es que todo o casi todo continúa a favor de los acosadores. Y las víctimas quedan casi siempre abandonadas a su mala suerte, en una injustificada situación de desprotección e indefensión que abochorna a cualquier sociedad democrática. La prueba más evidente de la indefensión es que el calvario que tienen que sufrir las víctimas no termina cuando presentan denuncia ante la justicia, sino que se agrava. Y la muestra más enervante de la desprotección la aportan los terribles casos de mujeres que son asesinadas pese a haber denunciado reiteradamente amenazas de muerte. Detener esta avalancha de violencia no parece fácil. Sobre todo, si todo lo que se nos ocurre es endurecer las leyes, que suele ser la forma más expeditiva de dar carpetazo a un problema sin resolverlo. Sería mejor convencer a los jueces de que ellos tienen la responsabilidad de la seguridad efectiva de las víctimas. Y hacerles ver que no vale de nada dictar órdenes si no se garantiza estrictamente su cumplimiento. Pero, claro: cualquiera les dice a sus señorías lo que tienen que hacer.