UN joven de color acude a matricularse a una universidad gallega: -¿Qué rama va a estudiar?, le pregunta el funcionario. -¡De rama nada! En un pupitre como todos. El chiste es uno de esos clásicos del género que en Argentina se cuenta cambiando el sujeto: el negro por un gallego. El deseo de ser como los demás es un complejo insano, que Galicia lleva años sacudiéndose aunque no siempre lo parezca y aunque en Buenos Aires los libros de chistes de gallegos sean superventas.
09 dic 2006 . Actualizado a las 06:00 h.Si bien supone reivindicar lo contrario a los demás, presumir de la diferencia, la propuesta del Bloque Nacionalista para poner los relojes en hora con el sol también es buena chanza. Retrasar en sesenta minutos el huso horario del extremo peninsular más al oeste posee tanta base científica como el principio de Arquímedes, pero resulta una comicidad cuando se enarbola esa evidencia física para apuntalar el lema de su XII Asamblea: A nación en marcha. ¿Qué otra cosa se podría desear para ser nación que escuchar en los boletines horarios de Radio Nacional: «Son las ocho en España, las siete en Galicia»? El reloj mecánico fue una de esas innovaciones (siglo XIII) que con la pólvora, la brújula y la imprenta desencadenaron en el Renacimiento. Transformó la relación del ser humano con el tiempo, liberándolo de los ritmos de la naturaleza. Claro que quinientos años después la humanidad vive presa del tic-tac del minutero. Quintana no suele llevar reloj en la muñeca, aunque eso de nada lo libera porque le marca la hora el cronómetro del móvil. Casi nadie está libre. La propuesta -lanzada durante una asamblea de victoria amarga- para apuntalar la nación con un huso horario diferente al de Madrid ha supuesto una innovación en un discurso político predecible. El BNG exige retrasar las manecillas sesenta minutos y poner a Galicia en sintonía con la hora portuguesa, la inglesa o la canaria; los demás territorios del poniente europeo. El huso horario en cada uno de los 24 meridianos que con los paralelos dividen el planeta en una tabla de ajedrez, tiene su hora cero a partir de la línea imaginaria que une los dos polos y atraviesa por encima de Greenwich, un suburbio de Londres. Ese meridiano cero baja por Aragón y sigue por Argelia. Por tanto, no debiera de ser Galicia la que marcara la misma hora que Londres, sino toda la España peninsular y las Baleares. En cambio, desde hace un siglo, España utiliza la hora de Berlín, a pesar de que el meridiano que bordea la capital alemana y desciende por el Mediterráneo, pasa mucho más cerca de Sicilia que de la playa más oriental de las Baleares. Aunque Madrid ocupa la misma longitud geográfica que Londres, los relojes marcan la hora germana: una más que en Inglaterra, Portugal y Canarias. Como Galicia está 700 kilómetros al oeste de Aragón, y por tanto de Greenwich, no le correspondería en rigor retrasar el reloj una hora, como pide el BNG, sino casi dos. Los trastornos que produciría para las relaciones sociales y económicas con el resto de la Península sustituir el huso horario de Galicia, aunque sólo fuera en una hora como propone el BNG, son evidentes. A un poco de ingenio, surgirían decenas de chistes en torno a la confusión horaria que supondría en aviones, partidos de fútbol, comidas en Vegadeo... pasarnos a la hora portuguesa. El tiempo carece de ideología. Es hábito y Galicia lleva casi un siglo con un huso que le concede las tardes de reloj más largas y luminosas de Europa. Cuando en las playas lusas ya no se ve el mar, en Carnota aún no se ha puesto el sol. Eso tiene un valor incomparable con el de un discutible y supuesto ahorro energético al retrasar el reloj. De repente, las noches de diciembre empezarían a las cuatro y media y las de julio, a las ocho. Cualquier Xunta que retrasase los relojes sin consultarlo antes en un referéndum no llegaría a las siguientes elecciones. Porque las extensas tardes de luz son un rasgo de Galicia más diferencial -nacional si se quiere- que marcar una hora distinta a la de Madrid.