EN menos que canta un gallo puede ocurrir que la Casa Blanca, el Elíseo y la Cancillería de Berlín coincidan en acento femenino.
27 ene 2007 . Actualizado a las 06:00 h.Angela Merkel ya gobierna sobre los alemanes; Hillary Clinton cuenta con el apoyo mayoritario de las bases demócratas para resultar elegida candidata de su partido a las presidenciales norteamericanas; y los franceses no están libres de creerse el discurso trivial de Ségolène Royal, la socialista entusiasta de Zapatero. Aunque Hillary caiga por el camino antes de que Bush entregue la llave de las bombas de Estados Unidos a su sucesor, aunque la francesa pierda ante Sarkozy y éste se convierta en el líder que añora Francia desde De Gaulle, por vez primera se han dado las circunstancias para que las mujeres gobiernen al unísono en tres de los ocho países más poderosos del mundo. Margaret Thatcher fue una revolucionaria. Una adelantada que no soltó ni lágrima cuando despidió a la Royal Navy hacia las Malvinas, que venció a los sindicatos en la mayor reconversión que recuerda Inglaterra y que tenía entre sus amistades peligrosas al mismísimo Pinochet. Ahora es diferente. Los nombres de Angela en Alemania, Hillary en EE.UU. y Ségolène en Francia no son una casualidad, sino una tendencia. La mujer emerge de las tinieblas y avanza hacia la igualdad de oportunidades entre sexos, también cuando se trata de la candidatura de un partido a la presidencia del Gobierno de alguna de las grandes potencias, término en desuso por belicoso. Porque es una tendencia -y aunque no somos potencia-, si a la oposición en España y en Galicia le va mal en las generales del 2008 y en las autonómicas del 2009, dos mujeres asomarán la cabeza por detrás de las barbas de Mariano Rajoy y las gafas de Núñez Feijoo. Como parece ser que será, si en mayo vencen en la Comunidad de Madrid y en Vigo, Esperanza Aguirre y Corina Porro serán firmes candidatas al recambio en el PP de allá y el de aquí.