EL sueldo medio de los gallegos es de 1.496 euros brutos al mes. Lo dice el INE, experto en esa ciencia que determina que, si usted gana cero y yo diez, aparecerá en los periódicos un titular que nos atribuirá cinco euros a cada uno. Quiero decir que en este país hay muchos mileuristas de treinta y de cuarenta años que, extrañamente, procrean. Y que, además de procrear, hacen milagros. El Instituto de Política Familiar ha establecido que un hijo cuesta 21.000 euros durante sus tres primeros años de vida. O sea, que además de amor, ternura, de esa acongojante sensación de estar en paz con el universo, de la sencilla felicidad que proporciona verle los ojos a un hijo tras parirlo, un vástago aparece en el mundo con unas exigencias económicas de bigote. Algunas se las creamos nosotros, hasta convertirlos en los consumidores diana de este apabullante primer mundo. Y así tenemos cativos con un armario ropero tipo Kate Moss, cumpleaños que son minibodas, Barbies, Gameboys... Pero en esos más de 7.000 euros anuales que precisan los bebés van pocos excesos. Sumen pañales, leche, potitos, medicamentos y, sobre todo, la carísima conciliación de la vida laboral y familiar en un país en el que sigue sin haber guarderías para todos y el resultado es una cifra que quizás explique nuestro caquéctico índice de natalidad.