EN GUARROMÁN, en la falda de Sierra Morena, ha pasado desapercibida la caída de uno de los hijos más poderosos que dio ese pueblo jienense: Francisco Cacharro Pardo (1936), de padre andaluz republicano y gallego de adopción desde niño.
14 jul 2007 . Actualizado a las 07:00 h.En cambio, el eco de las decisiones que tomó en los últimos veinticuatro años en el palacio de San Marcos alcanzó hasta la aldea más recóndita de Os Ancares. El final de su ciclo, aunque anunciado, provoca idéntica reverberación en Lugo. El sillón del despacho presidencial de la diputación al que supo atarse desde 1983 con la firmeza de un cinturón de hierro tiene nuevo huésped desde ayer, un socialista al que Cacharro casi dobla en edad. Sin él, ya sólo queda Baltar, curiosamente el último en llegar al PP de los cuatro que ostentaron título de barón -incluía hegemonía, huestes fieles y territorio propio-. Por entonces, Fraga levantaba en Santiago el muro de sus mayorías absolutas con los votos que recolectaban Romay en el norte, Cuíña en el sur, Cacharro en el noreste y Baltar en el sureste. Pero la entente que sostuvo aquella máquina electoral, comparable a la de Pujol en Cataluña, se desintegró como la URSS. A Cacharro, como a Cuíña, lo desgastaron más los de su partido que los de la oposición y que los fiscales. Paco y Manolo se tenían antipatía emocional genética. En el regreso a Galicia de Fraga, Cacharro lo forzó a presentarse por la provincia de A Coruña. Así, días después, el barón de Lugo pudo exigir por personas interpuestas la cuota de poder que le correspondía en la Xunta por su victoria electoral en su territorio. Cacharro siempre actuó con un fondo ideológico nacionalista: el peor enemigo de su poder era que menguase su autonomía territorial frente al PP regional. Pasaron diez años, y tras la debacle electoral en las ciudades de 1999, Fraga se envuelve en la bandera de la «renovación» y comienza la cacería de barones, con dos piezas mayores en el punto de mira: Romay y Cacharro. Otros dos antagonismos genéticos a los que su misma condición de piezas abatibles tampoco los amigó. Su último enfrentamiento todavía fue por el sucesor, porque Cacharro sólo vio en Núñez Feijoo al político acunado con mimo durante años por Romay para cuando llegase la hora. Parapetándose en San Marcos y cediendo la dirección provincial nominal del partido en Lugo a quienes no le hicieran sombra, Cacharro resistió las embestidas ordenadas por Fraga. Maligno para unos, inquietante para otros, y prototipo para una mayoría del cacique clásico, el único cargo que le queda al que fue todopoderoso barón es el acta de senador, la cual retiene desde hace treinta años. Paco y Manolo acaban sus ciclos en el Senado, despojados del poder y compartiendo los bancos de la oposición, para seguir demostrándose antipatía cordial. Como Fraga, Cacharro se creyó inmortal.