Transcurridos seis años desde su anterior viaje a la ciudad, los Príncipes de Asturias aterrizaron ayer a las diez y media de la mañana en Santiago, de donde despegaron rumbo a Madrid poco después de las cinco de la tarde. El tiempo transcurrido entre la conclusión de la misa a la que asistieron en la catedral hasta que partieron en coche hacia el aeropuerto de Lavacolla, desde las 14.35 hasta las 16.25 horas, lo pasaron casi todo en el Casa Sixto, un restaurante de la concurridísima Rúa do Franco, en pleno casco histórico. Una vez entraron allí, el acceso al local quedó prohibido, pero ninguno de los clientes que ya se encontraban dentro fueron siquiera invitados a apurar sus consumiciones. De hecho, algunos pudieron almorzar en mesas situadas a escasos metros de la ocupada por el matrimonio. Este último compartió mantel con seis comensales, entre ellos, Feijoo y el canónigo a quien el arzobispo Julián Barrio ha confiado la organización de la visita que el Papa realizará a Galicia en noviembre, Salvador Domato.
Comieron de tapas, picando pimientos de Padrón, zamburiñas, lacón, pulpo, calamares, empanada de maíz con berberechos y chuletón de ternera fileteado, además de tarta de Santiago. Doña Letizia, no obstante, prefirió reducir a testimonial su degustación del menú convenido para ordenar un plato que tenía ganas de tomar: caldo gallego. A los postres, Felipe de Borbón se encargó de finalizar la preparación de una queimada que, aún en llamas, el personal acababa de brindar a la comitiva. Mientras él rebajaba la graduación alcohólica de la bebida removiendo el contenido del gran pote, un camarero del establecimiento leyó de cabo a rabo el tradicional conjuro. Su esposa, entretanto, sonreía a la par que inmortalizaba la escena tomando fotografías. La pareja no abandonó el negocio sin acceder a retratarse con los empleados del mismo, incluido el propio cocinero, quien por unos instantes abandonó su puesto de trabajo para posar con el resto.
A las puertas del bar, el heredero de la Corona y su mujer saludaron a las decenas de curiosos que, con paciencia supina, llevaban allí aguardándolos desde hacía más de una hora.