Un día con la representante en Lugo de un cargo cuestionado por la oposición
16 may 2010 . Actualizado a las 02:00 h.Son las 8.30 horas en el edificio de la Xunta en Lugo. Allí, corazón del funcionariado autonómico de la ciudad, se vive un funeral. Es el día después del anuncio del recorte al sueldo de la función pública y la bomba está también sobre la mesa de la delegada territorial Raquel Arias. Periódicos, agendas y fotocopias de más periódicos alrededor de un zumo de naranja y tres asesores: el equipo que valora la respuesta de los medios y va cerrando la actividad. Contándome a mí, en la mesa somos cinco, y cuatro periodistas. Solo uno de ellos, Ernesto, es jefe de prensa. Los otros tienen otras funciones, pero Yolanda es periodista: «No se ocupa de la prensa, pero cuando elegí a mi equipo tuve en cuenta que podía aportar esa mirada», cuenta luego Raquel. Tal vez Feijoo pensó lo mismo cuando la eligió a ella, periodista, para ocupar el puesto de superdelegada en Lugo: «No pongas eso de superdelegada. Suena fatal».
Por la mesa se comenta el tijeretazo del Gobierno, pero pronto se vuelve a la valoración del día anterior: una firma de un convenio para mejorar el ADSL en la Ribeira Sacra y la reunión de Pilar Farjas con los alcaldes de la zona sur ante los tambores de guerra sanitarios. Se despachan desde notas de condolencia por un fallecimiento, hasta de felicitación por un premio; actos a los que acudir el Día das Letras y las reuniones que están al caer. La primera, con representantes de la cámara de comercio, que ya esperan fuera, en el modesto descansillo que les corresponde a las visitas dentro de un edificio, donde el espacio se pelea metro a metro. Pero primero se cuela el jefe territorial de Medio Ambiente a liquidar una consulta. Son, más o menos, como los delegados provinciales de antes, pero sin serlo. «Todos son funcionarios -aclara Raquel-. Antes estaba el delegado y el secretario. Ahora solo están ellos».
Hacia Ferrol
Tras el despacho con los comerciantes, salimos hacia Ferrol. ¿Ferrol? «Sí, suena un poco extraño. Pero estamos representados por el Puerto de Celeiro, que es Celeiro-Ferrol». Por el camino, el teléfono del coche y la Blackberry echan humo. Conversaciones con más confianza y con menos. Entre llamada y llamada, Raquel explica que el cargo, la nueva estructura, al principio fue un reto, pero que ahora ya está a pleno rendimiento. Detalla cómo se ha reorientado la distribución de cargos y está segura de que no habrá marcha atrás. Entre los mensajes que entran y salen uno da cuenta, precisamente, de que el PSOE ha vuelto a pedir la supresión de los superdelegados. «¿Qué quiere decir eso de comisario político?», me pregunta sin ingenuidad.
Llegamos tarde a Ferrol. Diez minutos. La delegada sube las escaleras de dos en dos y yo me quedo con el chófer, que confirma la media. «Sobre unos quinientos kilómetros al día». Ahí se incluyen los 150 diarios y obligatorios de Lugo a Sober, donde la delegada y ex alcaldesa no ha renunciado a vivir: «Si puedo hacer esto -confesará en algún momento del día-, está claro que es porque tengo un marido que ha asumido la mayor parte de lo que supone nuestra casa y nuestros hijos».
500 kilómetros al día
En Ferrol, tras una primera reunión en la sede de la Autoridad Portuaria, se celebra otra en el bar de al lado. Alcaldes, delegados y otros cargos bajan la formalidad del tono y comentan la jugada. Pese a estar fuera de su territorio, Arias se relaciona con casi todos, también con su homólogo coruñés, Diego Calvo. De vuelta, más teléfono. Alguna de las conversaciones acaba en una cita para comer y acabar de resolver allí.
La comida, con los jefes de Cultura y Presidencia. De menú y a escote pericote. Y, por la tarde a Guntín, a presentar un proyecto de ampliación de 12 kilómetros de carretera por 2,2 millones. El alcalde está encantado. «Esperemos que a Raquel nos bote unha man con outras cousas». Más carreteras, claro.
Por la tarde, a partir de las seis y con el edificio de la Xunta convertido en una tumba, hay más despachos. El alcalde de A Pontenova. Y la asociación Falcatrueiros, de Monterroso. Todos a pedir. Y ella, una suerte de virreina, a distribuir. Entre medio, se cuela una invitación para cenar en Pantón con los alcaldes de la Ribeira Sacra. Allí acabará una jornada de norte a sur, ni más larga que la de ayer ni que la de mañana.