Playas urbanas no tan tranquilas

susana basterrechea REDACCIÓN / LA VOZ

GALICIA

CESAR QUIAN

El Orzán y San Lorenzo, en Gijón, suman más ahogamientos que otros arenales del norte

08 feb 2012 . Actualizado a las 16:35 h.

En Islandia no lo saben, pero una borrasca al sur de ese país generó trenes de ondas de largo recorrido que la madrugada del pasado 27 de enero, hace casi dos semanas, acabaron golpeando con fuerza la costa coruñesa. Tras recorrer algunos pubs de la ciudad con sus amigos, Tomas Velicky, 23 años, estudiante erasmus de Eslovaquia, bajó a la playa del Orzán, en alerta naranja por olas de varios metros. No se sabe bien cómo, pero el joven acabó arrastrado y engullido por el mar. Detrás de él, al intentar rescatarlo, tres policías nacionales corrieron idéntica suerte. El océano ha devuelto ya los cuerpos de los agentes Javier López, Rodrigo Maseda y José Antonio Villamor, pero no así el de Tomas.

La del Orzán (700 metros de largo y 30 de ancho) no es una tranquila playa de ciudad. Sus particulares características morfológicas y su dinámica de oleaje ya la han convertido varias veces en una trampa mortal. Su primer problema, afirma Jorge de los Bueis, presidente de la Asociación de Oceanógrafos de Galicia (AOG), es la orientación de la ensenada, al noroeste, la misma dirección por la que entra el mar: «Es una puerta abierta, las olas llegan de frente con toda la energía». El segundo problema es su fondo: no es rocoso ni con una profundidad tan estable como la vecina playa de Riazor; sino que tiene una pendiente muy pronunciada que hace que las olas rompan muy cerca de la orilla y se forme el conocido escalón en el que se pierde pie. «Todo esto hace que las olas sean muy potentes. Los surferos van allí por algo», dice el oceanógrafo. A esto hay que sumar el paseo marítimo, que hace que la rampa de arena gane aún más verticalidad, y la fuerte corriente de retorno o resaca. «Con un mar de fondo fuerte la corriente te lleva para adentro», explica De los Bueis.

Así sucedió hace poco más de una semana. Y así pasó hace cuatro años, en diciembre del 2007. Dos madrileñas de visita en A Coruña para asistir a una convención pararon de madrugada junto a un compañero de camino al hotel para mojarse los pies en el Orzán. Una ola se las llevó a las dos. La más joven, de 27 años, logró salir. La otra mujer, de 32, no. Cuatro horas después se localizó su cuerpo sin vida flotando en el agua. Murió por hipotermia. Tampoco se pudo hacer nada por el hombre de 42 años de nacionalidad argelina que, a primera hora de la mañana del 24 de junio del 2011, día de San Juan, se ahogó, también en la playa del Orzán. Son tres casos con seis víctimas mortales desde el año 2005. «Por su dinámica de oleaje quizá requiera de una mayor prevención. El mar es imprevisible, pero con prudencia no tiene por qué ser una playa peligrosa», matiza María José Rodríguez, responsable de Protección Civil en A Coruña.

Con peligro en el Cantábrico

Ya fuera de Galicia, en el Cantábrico, hay otro arenal urbano, el de San Lorenzo, en Gijón, que suma casi tantos ahogamientos como el coruñés. Ambas playas son las que más casos contabilizan entre las más emblemáticas del norte. El arenal asturiano (escenario de una de las mayores tragedias en Gijón al ahogarse allí, en 1978, siete escolares de Zamora) ha registrado cinco ahogamientos desde el 2005: en julio del 2008, un hombre de 42 años; otro más mes y medio después; en enero del 2009, un francés que hacía fotos durante un temporal; en noviembre siguiente, una mujer de 36 años a la que arrastró un golpe de mar cuando llenaba unas botellas desde una escalera; y un vecino de 74 años el pasado septiembre. «Desde luego, no es una playa tranquila al cien por cien», asegura Flor Palacio, jefa del Servicio de Salvamento de Gijón, ciudad que tiene otros dos arenales -Poniente y Arbeyal- mucho más resguardados. El oleaje del de San Lorenzo (1,5 kilómetros de longitud) es del noroeste y oscila entre moderado y fuerte. «Es una playa abierta, muy influenciada por el estado de la mar y las mareas, tiene la desembocadura de un río, zonas de corrientes de salida y hay un pozo que a los dos pasos te cubre medio metro», resume Palacio. «Otras playas de la ciudad tienen bandera verde todo el verano; en San Lorenzo siempre hay más días de amarilla y roja», añade.

Vitrina con flotador y un cabo

Las medidas de seguridad en esta playa van desde las zonas acotadas para el baño, a socorristas, embarcaciones, motos acuáticas y una uci móvil. La de San Lorenzo es, además, la única gran playa urbana del norte peninsular con un elemento fijo de flotación para un eventual rescate, sea verano o invierno. «En la zona oeste, donde sube el mar hasta el paseo y hay corriente de salida, tenemos una vitrina con un aro salvavidas con cabo dentro», dice Flor Palacio. «El problema es que rompen el cristal o el flotador desaparece», agrega.

En A Coruña, aún no se plantea una medida similar. El teniente de alcalde de Seguridad, Julio Flores, pidió ayer tiempo para que los técnicos trabajen «sin presión ni precipitación», y apeló a la «responsabilidad individual» como «nuestro mejor mecanismo de seguridad». «Nuestra playa no tiene más riesgos que otras de sus características». «Hay que pensar -añade la jefa de Protección Civil- si una medida así puede funcionar o dará sensación de falsa seguridad, de 'me puedo bañar porque me van a rescatar'».