Senén Pousa Soto es un anacronismo político, un verso suelto e incómodo dentro del PP que nadie se atreve a dominar, quizás porque él mismo es incapaz de contenerse y cumplir con la promesa que alguna vez le han arrancado desde el partido de no generar polémicas.
Llegó a la alcaldía en la agonía del franquismo (1974) y, como demostró recientemente, mantiene la lealtad al dictador, al que conoció en El Pardo cuando Pousa tocaba en la Banda Militar de Melilla. No hace exhibicionismo gratuito de sus filias, aunque su nula diplomacia y su carácter hacen que entre a todos los envites que se le pongan delante: organizó las misas anuales por Franco sin parafernalia de ningún tipo, hasta que se armó la polémica por la presencia de filiaciones extremas para defender sus postulados, amenaza de bomba incluida. Le plantó cara a todo el mundo y solo pudo con él su capacidad innata para buscarse problemas: un desencuentro en el día a día con el párroco de Beade hizo que se acabaran las misas por el dictador -pasados los años ya se hablan, pero no hay misas-. Pousa es más que directo: no huye de ninguna pregunta, durante años se movió por carreteras secundarias para no entrar en Ribadavia por un contencioso político. Cuando el PP habló de relevo, él sentenció que el partido no le hacía falta para ser alcalde... Solo faltó a su palabra cuando dijo que se retiraría al irse su ídolo, Manuel Fraga.
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