José Luis Baltar, el ocaso del último todopoderoso

xosé manoel rodríguez OURENSE / LA VOZ

GALICIA

Vida política del expresidente de la Diputación de Ourense, del barón que tuvo en jaque a Fraga y no quiso a Feijoo

29 jun 2014 . Actualizado a las 06:00 h.

Cuando la política aún era una utopía en su territorio natural, en un concello de la Ribeira Sacra con un monasterio excavado en la roca y un camino trillado que llevaba a la capital de la provincia o a la emigración, José Luis Baltar se levantaba antes del alba para ir a tirarlle los escarabajos a las ramas de las patatas de la finca familiar y ejercía de revisor mocoso en los coches de línea que pasaban por su pueblo para ganarse algún dinero. Se convirtió en maestro y cerca de su Esgos natal, en Cerreda, ejerció de docente barbilampiño -en un blog creado por los vecinos en la emigración se podía ver hace años una fotografía de un profesor que poco más era que los alumnos mayores-. En Nogueira de Ramuín, municipio donde ejercía profesionalmente, accedió a la alcaldía en aquella tierra de nadie que era el año 1976: entre la muerte del dictador y la regeneración política.

Arrancaba entonces, hace casi cuarenta años, la trayectoria de uno de los políticos que fue cubriendo todas las etapas, y recogiendo todos los testigos, hasta convertirse en uno de los barones más influyentes del PP y el último de una estirpe, ya extinguida, que fue capaz de poner contra las cuerdas a presidentes de su partido, de la Xunta, o a algún poderoso ministro de Aznar, hoy con residencia en la Moncloa.

Baltar fue escribiendo todos los capítulos del manual para acabar convirtiéndose en el «cacique bueno», en sus propias palabras. Siguiendo el particular camino iniciático marcado por las huestes de Franqueira, con el ejercicio del poder por Santo Grial, pasó por UCD, Centristas de Ourense, Coalición Galega y Centristas de Galicia. Es ahí donde el tándem Núñez-Baltar corona la cumbre y cruza su particular Rubicón: el primero acaba de presidente del Parlamento y Baltar lo sustituye al frente de la Diputación. Y Centristas, el reducto ourensano al que AP era incapaz de hacer sombra, pasa a ser historia tras su integración en el PP.

Desde la todopoderosa silla de la Diputación de Ourense, a la que accedía en enero de 1990, Baltar fue convirtiéndose en el dueño y señor de su partido en la provincia, defenestrando a sus antiguos oponentes de AP -ahora compañeros- y ganando prácticamente todas las batallas de esa guerra real que nunca existió, saldándose en la finca ourensana con una goleada de las boinas en el partido que disputaron con los birretes.

En su afán por perpetuarse en el ejercicio del poder, Baltar derivó en una suerte de protagonista de las mejores entregas del realismo mágico: era el primero en llegar y el último en marcharse, sumaba victorias electorales como otros coleccionan sellos, recorría la provincia de extremo a extremo con un populismo y una cercanía que le reportaban sus buenos réditos electorales, y no había funeral, fiesta, acto social o encuentro que no figurase en su agenda. Convertido en pieza clave en el reparto de poder en Galicia -sus votos eran su póliza de seguro política- y en tiempos teniendo al fallecido Xosé Cuiña como aliado, el barón ourensano fue quien de desafiar a Fraga con el agravio territorial como lema, de obviar a Rajoy -en su papel de encargado estatal de velar por la disciplina y el orden en el partido- o de expedir a Feijoo para otra circunscripción cuando el ahora presidente de la Xunta optaba a encabezar la lista por Ourense.

El 15 de diciembre del 2009 el todopoderoso político, el cacique bueno, el cacique a secas para otros, el cargo público que más contratos suscribió en Galicia durante su carrera profesional, movía ficha para iniciar su particular partida de ajedrez contra su partido y contra Núñez Feijoo: anunciaba que no volvería a optar a la presidencia provincial del PP. Un gesto -apenas un adiós envuelto en las consabidas intenciones de compensar a la familia por los años robados- que abría una guerra no por sabida menos virulenta, la que marcaba la hoja de ruta de un Baltar, José Luis, para que otro Baltar, su hijo José Manuel, lo sucediese al frente del partido y de la Diputación. Compostela no quería una sucesión dinástica pero de nuevo el barón ourensano salió airoso.

O a lo mejor no, ya que algunos ven en esa desautorización al PPdeG y a Feijoo el origen de los males de Baltar. Y en los 104 contratos rubricados por él en plena campaña para la presidencia del PP de Ourense el instrumento para una derrota póstuma. Quizá la definitiva, aunque en la práctica no pase de ser testimonial una vez retirado de la primera línea política.