La expresión «dormirse en los laureles» se remonta a las guirnaldas que adornaban la cabeza de los emperadores. Era un aviso, inútil en la mayoría de los casos, para que no vivieran de las rentas del pasado dejando que las hojas se marchitaran. Se conoce que los antiguos romanos ya detectaban el mal que acecha a todo líder que lleva un largo tiempo en el poder y va perdiendo poco a poco la pasión de los primeros momentos, cuando llega exhausto pero exultante a la cumbre tras una emocionante lucha contra sus adversarios en los campos de batalla de las Galias o en las urnas de Galicia.
Al no ser emperador (tal cargo no figura en el Estatuto) Feijoo no estaba vacunado contra este síndrome. Lleva muchos laureles en la cabeza y sobre todo carece de rivales que le produzcan insomnio. En Galicia se cumple la ecuación elemental según la cual cuanto más sólido es un liderazgo, más anémica es una oposición que finalmente fía su suerte futura a alguna oportuna catástrofe o a que el rival se vaya a Madrid. En el caso del presidente, al tratarse de alguien que tiene vida propia al margen de la sigla y posee devotos que emigran hacia él desde otras marcas, ese principio se acentúa. Aunque aparentemente eso es bueno para él, tiene también el inconveniente de perder un aliciente que antes lo mantenía en forma sobre el ring.
Sin embargo, no es del todo cierto que carezca de una oposición temible. La tiene, si bien no es humana ni gallega, ni siquiera cuenta con partido propio, sino que procede de China y se llama covid-19. He ahí el verdadero líder de la oposición. Carece de escaño, no se le conoce declaración alguna y llegar a algún pacto con él es más complicado que con Mohamed VI. En sentido literal y figurado, es un bicho (el virus, no el rey) con el que la oposición galaica ha intentado algún tipo de alianza para desgastar al poder, sin conseguirlo. Si los laureles empezaban a tener un efecto narcótico sobre Feijoo, la pandemia le da alas como el famoso brebaje.
Todas las teorías sobre su decisión de permanecer al timón de la sigla son plausibles. Una asegura que mantendrá las riendas para evitar que cualquier bandazo de Casado socave la pax albertina. Otra podría recordar lo caras que se han puesto las herencias en vida. Sin olvidar que la entrega del testigo, en atletismo y en política, es un trance peliagudo. Aún así no se olvide el papel del coronavirus. Los llamados cisnes negros, acontecimientos insólitos e inauditos que ningún futurólogo predice, paralizan a algunos laureados y sirven de trampolín para otros como Feijoo. Con el Prestige empieza el naufragio del fraguismo, mientras que la crisis económica primero y la sanitaria después tienen sobre el presidente de la Xunta un efecto vitamínico. El virus como vacuna política contra el sueño de los laureles.
Oriol Mandela
La energía no se crea ni se destruye. Tampoco algunos errores que solo se transforman. Los indultos llegan precedidos por la misma lírica que adornó aquel Estatut con el que Zapatero prometió resolver el conflicto. En ambos casos se cae en un síndrome de Estocolmo, o de Barcelona, para adoptar ese razonamiento según el cual el culpable del desencuentro está en España y a sus gobernantes corresponde la cesión, la generosidad, la rectificación. Al otro lado nunca hay ningún gesto, sino una apuesta mayor que desconcierta a quienes creían haber encontrado la piedra filosofal. Ahora se convierte a Junqueras en Mandela, lo cual hace verosímil que el Gobierno presente su candidatura para el Premio Nobel de la Paz y lleve al Tribunal de la Haya a policías como el gallego Ángel Manuel Hernández, retirado prematuramente a causa de las agresiones de los amigos de los indultables. Con estas premisas en la mesa de diálogo no habrá dos partes sino una sola porque en ella nadie representará la legalidad que se está derogando.
¡Hágase la luz!
Sin compañías eléctricas ni facturas, la luz se hizo. Adán y Eva pudieron disfrutar de una vida doméstica sin horas punta ni valle, hasta que decidieron desobedecer ocasionando una serie de catástrofes que todavía soportamos. Entre las consecuencias de su rebeldía está la de tener que pagar esa energía que el Creador les había regalado en el Génesis. Ahora se quiere hacer una transición ecológica que no es otra cosa que un intento de aproximarnos al paraíso perdido. Lo malo es que ese retorno a todo lo natural es gravoso, no es gratis y para pagarlo se hace un prorrateo que figura en forma de jeroglífico en la factura. El último golpe nos sitúa ante el dilema de dormir o ahorrar. Tras varias campañas que animaban a seguir costumbres europeas, se establece el noctambulismo. Seremos los extraños en la noche de Sinatra, parientes de búhos y vampiros que nos verán trajinar con los electrodomésticos en la oscuridad. Seremos la España que bosteza que decía Machado. Háganle caso al folklore. Apaga o candil que ten moita lus.